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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

La primera aventura del Coyote / Don César de Echagüe

BOOK: La primera aventura del Coyote / Don César de Echagüe
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Episodios 11 y 12 de las aventuras de don César de Echagüe, un hombre adinerado, tranquilo, cínico, casi cobarde. Oculta así su otra personalidad: él es el héroe enmascarado «el Coyote», el justiciero que defenderá a sus compatriotas de los desmanes de los conquistadores yanquis, marcando a los malos con un balazo en el lóbulo de la oreja.

José Mallorquí

La primera aventura del Coyote/Don César de Echagüe

Coyote 011 y 012

ePUB v1.2

Cris1987
30.11.12

Título original:
La primera aventura del Coyote/Don César de Echagüe

José Mallorquí, 1945.

Ilustraciones: Julio Bosch y José Mª Bellalta

Diseño portada: Salvador Fabá

Editor original: Cris1987 (v1.2)

ePub base v2.0

Capítulo I: Un californiano vuelve a Los Ángeles

El
Alicia
echó el ancla en el fangoso puerto de San Pedro y los pasajeros se agolparon en la borda para contemplar la tierra de California. Un hombre y una mujer que se encontraban en la parte de popa, de pie junto a la bandera mejicana que ondeaba a impulsos de las caricias del viento, cambiaron una mirada.

—¡Qué poco ha cambiado todo! —murmuró el hombre.

—Hemos cambiado mucho más nosotros —replicó la mujer, que no representaba más de treinta y seis o treinta y siete años—. Cuando salimos de aquí tú tenías veintidós años.

—Y tú dieciocho —sonrió el nombre—. Pero tú no has cambiado nada. Si acaso estás más joven.

—Gracias por tus lisonjas; pero no son más que palabras hermosas. La verdad no está con ellas.

—Sí que está. No hay mujer más hermosa que tú, ni más joven, ni más amada. Volverás a ser la más bella de Los Ángeles.

—Tendré que competir con las bellezas modernas y con las que habrán traído los yanquis.

—Veremos qué han hecho esos yanquis de nuestro querido Pueblo de Nuestra Señora de Los Ángeles.

—De momento le han acortado el nombre, y me extraña que no le hayan aplicado una de sus horribles denominaciones.

Un oficial del barco acercóse en aquel momento a ellos.

—Señor Segura, la lancha que ha de llevarles a tierra está ya preparada. Su equipaje ha sido colocado en ella.

—Muchas gracias —replicó don Adolfo Segura, que con su esposa había ocupado el mejor camarote del barco que hacía la travesía entre Mazatlán y Los Ángeles, Monterrey y San Francisco.

Descendieron a la lancha y partieron hacia el tosco embarcadero, en el que ya esperaba un coche tirado por cuatro mulas, y en cuyo techo fue colocado todo el equipaje de los viajeros, en tanto que éstos se acomodaban en las dos acolchadas banquetas del interior. Cuando terminó la carga, el cochero y el chiquillo que le ayudaba sentáronse en el pescante y comenzó el viaje hasta la ciudad de Los Ángeles, distante unos veintitrés kilómetros de su puerto.

Teniendo enfrente un par de horas de monótono recorrido, el cochero decidió invertirlas en averiguar lo posible de sus viajeros. El hombre vestía una severa levita negra, pantalones a cuadros oscuros y corbata de plastrón. Con las enguantadas manos sostenía sobre las piernas un elegante sombrero de copa. Su cabello era negro y rizado, y se advertían algunas hebras blancas. La mujer, en cambio, conservaba intensamente negra toda su abundante cabellera, y aunque no debía de ser muy joven, era hermosa, de cutis terso, vestida de negro y luciendo en las orejas dos hermosos diamantes que parecían hermanos del que adornaba su mano izquierda.

—¿Conocen la ciudad los señores? —preguntó el cochero, volviendo la cabeza hacia el interior del vehículo.

—Estuvimos en ella hace muchos años. Antes de que la ocupasen los… los americanos.

El cochero adivinó que su oyente había estado a punto de llamar a los americanos por el nombre más habitual de «los yanquis», pero que se había contenido, temiendo, acaso, que el cochero fuese partidario de los conquistadores.

—La encontrarán muy cambiada —dijo el conductor—. Ha crecido algo, hay muchos yanquis y las buenas familias se han mezclado un poco con ellos.

—No deben quedar muchas de las antiguas —comentó Segura, cambiando una rápida mirada con su mujer.

—¡Ya lo creo que quedan! Los Picos, lo Garfias, los Varela, los Echagüe.

—¿Vive aún don César? —preguntó, con fingida indiferencia, el viajero.

—¿Don César de Echagüe? ¡Ya lo creo que vive!

—¿Es posible? —preguntó la mujer.

—Ustedes quizá pregunten por don César, el viejo. No, él no vive ya. Murió hace mucho tiempo. Viven su hijo y su nieto.

—¿Se casó César de Echagüe? —preguntó Adolfo Segura.

—Con Leonor de Acevedo. La última de los Acevedo. La pobre murió hace unos años. Dejó un hijo llamado también César.

—Los Echagüe eran muy ricos —comentó la mujer.

—¡Seguro que sí! —exclamó el cochero—. No ha habido fortuna mejor que la de ellos. La conservan aumentada. Ahora se han juntado las fortunas de los Echagüe y la de los Acevedo. Además, don César compró muchas tierras, y como su hermana se casó con uno del Gobierno; pues nadie los ha molestado mucho. Ni
El Coyote
.

—¿Aún existe
El Coyote
? —preguntó Segura.

—¡Ya lo creo que existe! —exclamó el cochero—. ¡Y que no se mueve poco desde hace algún tiempo! Aún no hace nada que terminó con la banda de la Calavera.

—¿Y no se ha descubierto en todos estos años la identidad del
Coyote
?

—¿Cómo se va a descubrir?
El Coyote
no tiene rival ni hay quien se atreva a medir sus fuerzas con las suyas. Los de la Calavera lo intentaron y los exterminó a todos.

—Es extraño que operando siempre en Los Ángeles no hayan conseguido aún descubrirle —dijo el viajero.

—Pues no han podido. Supongo que habrá muchos que le conocerán; pero ésos saben callar y no dicen nada que pueda poner a los yanquis sobre la pista del
Coyote
. Claro que algún día le cazarán… Pero Dios quiera que antes de que ocurra eso pase muchísimo tiempo.

—Observo que continúa siendo el ídolo de los habitantes de Los Angeles —comentó Segura.

—Pues, ¿cómo no? Si no hubiera sido por él, los yanquis hubieran cometido muchísimas tropelías con nosotros; pero aunque dicen que nos tienen miedo, en cambio al
Coyote
sí que le temen de veras. Y por miedo a su venganza se moderan un poco.

—Veo que, por lo menos, la fama del
Coyote
no se ha reducido y sigue siendo la misma. En eso Los Ángeles no ha cambiado. ¿Y qué tal está de posadas?

—El señor Yesares estableció una muy buena en la plaza. La del Rey Don Carlos. Siempre la tiene llena de clientes. Se sirve muy buena comida, buen vino y excelentes atracciones. Dicen que es la mejor posada de toda la costa del Pacífico.

—¿Quién es ese Yesares? ¿Algún mejicano?

—No, señor. Es alguien de Paso Robles, de muy buena familia; pero dice que hay que vivir y que no se pueden sentir repugnancias cuando el hambre aprieta. En la ciudad le aprecian mucho; pero los verdaderos señores opinan que no debía haberse rebajado hasta ejercer el oficio de posadero y admitir en su casa a toda clase de gente. ¡Y si el señor no ha estado en Los Ángeles en veinte años, no puede imaginarse lo que quiere decir aquí eso de «toda clase de gente».!

—Ya supongo que con lo del oro no habrán venido personas muy recomendables.

—Nosotros hemos sufrido poco a los buscadores de oro. Nuestras tierras son más agrícolas que otra cosa; pero también han llegado algunos matachines que nos hubieran hecho la vida imposible si
El Coyote
no los hubiera metido en cintura.

—¡Siempre
El Coyote
! —rió Adolfo Segura—. Es casi la divinidad protectora de Los Ángeles.

—Más de una vez nos hemos preguntado todos qué hubiera sido de nosotros sin él, señor —replicó el cochero—. ¡Oh!

—¿Qué sucede? —preguntó Segura, inclinándose hacia el hombre, que acababa de detener sus caballos.

—¡El… el…
Co… yote
!

Un jinete acababa de surgir de entre unos floridos arbustos y con dos negros y largos revólveres apuntaba a la vez al cochero y a los viajeros.

—Buenos días, Gregorio —saludó—. ¿A quién traes ahí dentro?

—A… a…

Segura asomóse a la ventanilla y anunció:

—Don Adolfo Segura y su esposa, doña Adelaida González de Segura, señor
Coyote
. ¿Desea saber algo más?

El jinete que ocultaba sus facciones con una negra máscara, sonrió y, saludando con una inclinación de cabeza a Adela, replicó:

—Sólo deseo saber de dónde vienen.

—De Mazatlán, Méjico.

—¿Y antes de embarcar en Mazatlán dónde vivían?

—Es mucho preguntar, señor —replicó Segura, aunque, por algún motivo, en su voz no vibraba la irritación que hubiera debido acompañar a sus palabras.

—Creo que puedo hacerlo, ¿verdad? —sonrió el enmascarado, haciendo girar sus revólveres en torno a sus manos—. ¿De dónde proceden?

—De ciudad de Méjico. ¿Está usted satisfecho?

—¿Y a qué vienen a Los Ángeles?

—A visitar la ciudad. Y ahora, ¿puedo preguntar a qué obedece su interés por nosotros, señor?

—Puede hacerlo; pero yo no le contestaré. Buen viaje, señor Segura. A sus pies, señora.

Enfundando sus revólveres,
El Coyote
tiró a las manos de Gregorio una moneda de oro y, saludando con una inclinación a los viajeros, picó espuelas y desapareció en dirección a Los Ángeles.

—¡Qué susto! —exclamó el cochero, secándose el sudor.

—Pues no le ha ido mal —comentó Segura—. Por el brillo me ha parecido una moneda de oro, y por el tamaño la juzgué de a veinte pesos.

—Sí; pero el susto…

Crujieron los muelles del coche, restalló el látigo y prosiguió el viaje. Adolfo Segura volvióse hacia su mujer y comentó en voz baja:

—No nos ha conocido.

—Tal vez no sea él —replicó, con voz igualmente baja, su esposa.

—¿Crees que en tanto tiempo no habría podido subsistir?

—Creo que, lógicamente, no puede ser éste el mismo
Coyote
cuya primera…

—Silencio —recomendó Adolfo Segura, indicando con un movimiento de cabeza al cochero. Y agregó—: Se está esforzando por oír lo que decimos.

Prosiguió el viaje y, sin nuevos tropiezos, se llegó a las calles de la población, a ambos lados de las cuales se levantaban las típicas construcciones de una planta o las más ambiciosas de planta baja y un piso en torno del que corría una galería o balcón que rodeaba toda la casa y a la cual daban las habitaciones.

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