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Authors: Enid Blyton

Tags: #Infantil y Juvenil, Aventuras

Los Cinco y el tesoro de la isla (9 page)

BOOK: Los Cinco y el tesoro de la isla
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—¡Es una taza vieja! —exclamó Ana, cogiéndola—. También hay una salsera, rota. Supongo que el capitán estaría aquí tomándose una taza de té cuando el barco se hundió.

Todo parecía muy extraño. El camarote era húmedo y maloliente y el suelo estaba muy resbaladizo.
Jorge
empezaba a pensar que su barco parecía mucho más atractivo cuando estaba bajo el agua que ahora que había salido a flote.

—Vámonos ya —dijo con voz ligeramente temblorosa—. No me gusta mucho esto. Desde luego, es un barco muy interesante, pero también me da un poco de miedo.

Decidieron marcharse. Julián, por última vez, iluminó todo el camarote con su linterna. Se disponía ya a apagarla y reunirse con los demás cuando vio algo que le hizo detenerse. Llamó a los otros.

—¡Eh, aguardad! ¡Hay aquí un armario incrustado en la pared! ¡Voy a ver si dentro hay algo!

Los otros regresaron y a las indicaciones de Julián pudieron ver lo que parecía un pequeño armario cuya puerta se hallaba al nivel de la pared del camarote.

Julián dirigió en seguida la vista al ojo de la cerradura: no había llave en él.

—Dentro del armario puede haber algo interesante —dijo Julián. Intentó hacer palanca con los dedos para abrir la portezuela, pero no lo consiguió—. Está cerrado con llave —dijo—. Era de suponer.

—Tal vez no funcione muy bien la cerradura ahora —dijo
Jorge
, intentando a su vez abrir la pequeña puerta. Entonces sacó de su bolsillo un recio cortaplumas, lo abrió e introdujo la hoja entre la puerta del armario y la pared. Hizo fuerza con el mango, porfiadamente, hasta que por fin la cerradura cedió. Tal como había dicho, ésta se encontraba en mal estado: estropeada y mohosa. Abrió la portezuela. A la vista de los chicos apareció como una especie de estante que contenía cosas extrañas.

Había una caja de madera, hinchada por la humedad de muchos años. También había algo que parecía un libro, así como un vaso roto y dos o tres cosas más, a cuál más curiosa, pero todas tan deterioradas por la acción del mar que no podía adivinarse qué eran.

—Lo único que hay verdaderamente interesante es la caja —dijo Julián, sacándola del armario—. Aunque, de todos modos, supongo que lo que haya dentro estará estropeado o destruido por el agua. Pero nada nos impide intentar averiguarlo.

Él y
Jorge
emplearon todas sus fuerzas en procurar abrir la vieja tapa de madera, donde estaban grabadas las iniciales H..J. K.

—¡Supongo que éstas serán las iniciales del nombre del capitán! —dijo Dick.

—¡No! ¡Éstas son las iniciales de un antepasado mío! —dijo
Jorge
, con los ojos repentinamente brillantes—. Se llamaba Henry John Kirrin. Este barco era suyo, como sabéis. Seguramente esta caja tiene cosas muy personales de él: papeles manuscritos o diarios. ¡Oh, abrámosla en seguida!

Pero era enteramente imposible levantar la tapa con las escasas herramientas de que disponían. Pronto abandonaron el empeño y Julián cargó con la caja para llevársela al bote.

—La abriremos en casa —dijo excitadamente—. Con un martillo o cualquier otra cosa conseguiremos abrirla. ¡Oh,
Jorge
! ¡Esto sí que ha sido un hallazgo!

Todos los chicos tenían la sensación de que algo muy interesante habían encontrado. ¿Qué habría dentro de la caja? Se les haría muy largo el tiempo hasta llegar a casa.

Subieron a cubierta por la escalerilla de hierro. En cuanto llegaron pudieron darse cuenta de que el barco había sido descubierto ya por otras personas. Su secreto había terminado.

—¡Cáspita! ¡La mitad de los pequeños pesqueros han descubierto ya el barco! —gritó Julián, viendo por todo el contorno pequeñas naves que osadamente se acercaban al barco de
Jorge
. Los pescadores contemplaban admirados el navío. En cuanto vieron a los chicos a bordo empezaron a gritar fuertemente:

—¡Eh, los de ahí! ¿Qué barco es éste?

—¡Es aquel que estaba hundido! —respondió Julián—. ¡La tormenta lo sacó del fondo del mar!

—No les digas nada más —dijo
Jorge
, frunciendo el ceño—. Este barco es mío. No tengo ganas de que empiece a registrarlo todo el mundo.

No volvieron a decir nada más. Los cuatro bajaron al bote y remaron en dirección a casa lo más aprisa que pudieron. Ya había pasado la hora del desayuno. Menuda regañina les esperaba. Hasta podría ser que el terrible padre de
Jorge
los enviara a la cama. Pero ¿por qué preocuparse? Habían conseguido su objetivo: explorar el barco. Habían traído una misteriosa caja en la cual, ya que no muchas, ¡podría tal vez haber una barra de oro!

La regañina que esperaban no tardó en producirse y, además, se quedaron sin probar la mitad del desayuno, porque tío Quintín dijo que los chicos que llegan tarde a casa no merecen tomar huevos ni jamón. Fue algo calamitoso para ellos.

Escondieron la caja debajo de la cama en el dormitorio de los chicos. A
Timoteo
lo habían dejado en casa del pescador, atado en el corral de la parte trasera. El muchacho había ido de pesca y a aquella hora estaba contemplando, maravillado, desde el barco de su padre, el extraño navío.

—Sería un bonito negocio dedicarse a llevar curiosos a ver el barco —dijo Alfredo.

Antes de que acabara el día, el barco había sido visto ya por multitud de personas desde sus canoas y queches de pesca.

Esto ponía furiosa a
Jorge
. Claro que no se podía hacer nada para evitarlo. Al fin y al cabo, como había dicho Julián, ¡todo el mundo tenía derecho a verlo!

CAPÍTULO IX

La caja que había en el barco

Lo primero que hicieron los chicos después de desayunarse fue, por supuesto, coger la preciosa caja y llevarla al cobertizo del jardín para tratar de abrirla. En ello tenían centrado todo su anhelo. Todos mantenían la esperanza de que en su interior hubiese un pequeño tesoro o algo parecido.

Julián buscó una herramienta. Encontró un cincel que le pareció el instrumento más adecuado para forzar la tapa de la caja. Lo intentó, pero el cincel resbalaba fácilmente. Lo sujetó bien y manipuló con más firmeza, pero la caja se resistía obstinadamente a ser abierta. Empezaron a desanimarse.

—Lo que deberías hacer —dijo Ana al final— es subir al piso más alto de la casa y echarla desde allí. Supongo que entonces no tendrá más remedio que reventar.

Los otros reflexionaron sobre la idea de Ana.

—Es muy arriesgado —dijo Julián—. Si dentro hay algo de valor, a lo mejor se rompe o se estropea.

Sin embargo, a nadie se le ocurrió una idea mejor para abrir la caja. Por tanto, Julián se decidió a llevarla al piso más alto. Entró en el ático y abrió la ventana. Los demás quedaron abajo, esperando. Julián lanzó al suelo la caja con todas sus fuerzas, desde la ventana. La caja cruzó rápidamente el aire y se estrelló contra el suelo produciendo un violento ruido. Entonces se abrió de repente la puerta de abajo, apareciendo la figura del tío Quintín tan rápida y furiosamente como sale una granada del cañón.

—¿Qué diablos estáis haciendo? —gritó—. ¿Os estáis dedicando a tirar cosas por la ventana? ¿Qué es eso que ha caído al suelo?

Los chicos miraron la caja. Ésta, con la caída, se había abierto y mostraba lo que había en su interior: un viejo cofre de metal a prueba de agua. ¡Era seguro que su contenido no podía estar estropeado! ¡No se podía haber mojado!

Dick corrió a recogerlo.

—He dicho que qué significa eso que hay en el suelo —dijo el tío, acercándoseles.

—Pues es... es una cosa nuestra, una cosa que nos pertenece a nosotros —dijo Dick, poniéndose encarnado.

—Pues bien, ahora mismo os la voy a quitar. ¡Qué manera de hacer ruido! Dadme eso. ¿De dónde lo habéis sacado?

Nadie contestó. Tío Quintín frunció tanto el ceño que las gafas estuvieron a punto de caérsele.

—¿De dónde lo habéis sacado? —bramó, encarándose con la pobre Ana, que era la que tenía más cerca.

—Estaba en el barco —balbució la muchachita, aterrorizada.

—¡La habéis sacado del barco! —exclamó su tío, sorprendido—. ¿Ese viejo barco que salió a flote ayer? He oído hablar de eso. ¿Queréis decir que habéis entrado en él?

—Sí —dijo Dick. Julián reapareció angustiado. Sería demasiado terrible que su tío les quitase la caja justo cuando acababan de abrirla. ¡Pero eso fue precisamente lo que hizo!

—Bien. Esta caja puede contener algo importante —dijo, quitándosela a Dick de las manos—. Vosotros no tenéis ningún derecho a andar registrando ese barco. A lo mejor os lleváis por ahí cualquier cosa importante y la perdéis.

—Pues ese barco es mío —dijo
Jorge
, desafiante—. Por favor, papá, devuélvenos la caja. Acabamos de conseguir abrirla. ¡Seguramente dentro hay algo de valor, una barra de oro o algo así!

—¡Una barra de oro! —dijo su padre, sarcásticamente—. ¡Qué criatura eres! Dentro de ese cofre tan pequeño no cabe una cosa así. Es mucho más verosímil que lo que haya dentro sean noticias de lo que ocurrió con las barras de oro. Siempre he pensado que el oro lo pusieron a buen recaudo en algún sitio antes de que se hundiera el barco a la entrada de la bahía.

—¡Oh, papá, por favor, por favor, devuélvenos la caja! —imploró
Jorge
, casi a punto de llorar. De pronto comprendió que su padre tenía razón: que lo más probable era que dentro del cofre hubiera documentos donde se indicara qué había ocurrido con las barras de oro. Pero su padre, sin decir más palabras, se volvió a meter en la casa, llevándose la caja rota y abierta, con su cofrecillo impermeable a la vista de todos.

Ana rompió a llorar.

—¡No me regañéis porque dije que la habíamos sacado del barco! —sollozó—. Por favor, no. No tenía más remedio que decírselo. Me lo había preguntado.

—Está bien, pequeña —dijo Julián, poniendo la mano en el hombro de su hermanita. Parecía furioso. Pensaba que lo que había hecho su tío, quitarles la caja de esa manera, era muy poco noble—. Esto no pienso aguantarlo. Tenemos que recuperar la caja y abrir el cofre —dijo—. Estoy seguro de que tu padre la olvidará en seguida. Ya tiene bastante trabajo con sus libros y no se va a dedicar ahora a preocuparse de ella. Aguardaré la primera oportunidad, me meteré en su despacho y me haré con la caja, ¡aunque a lo mejor me descubre y me da una paliza!

—Muy bien —dijo
Jorge
—. Vigilaremos para ver cuándo sale papá del despacho.

Todos se dedicaron por turno a la vigilancia, pero tío Quintín, con gran enojo de los chicos, se pasó encerrado toda la mañana. Tía Fanny estaba sorprendida de ver de vez en cuando a uno o dos de los chicos en el jardín, lo que suponía que no habían querido ir a bañarse a la playa.

—¿Por qué no vais todos a cualquier sitio, a la playa por ejemplo? —les dijo—. ¿Es que habéis reñido?

—No —dijo Dick—. Claro que no.

Pero se guardó mucho de decir por qué estaba en el jardín quieto y sin hacer nada.

—¿Es que tu padre nunca sale de casa? —preguntó a
Jorge
cuando le tocó a ésta el turno de vigilar—. No creo que eso le siente muy bien a su salud.

—Los hombres de ciencia nunca salen de casa —dijo
Jorge
, como si conociese al dedillo todo lo concerniente a los hombres de ciencia—. Pero sí podría ser que esta tarde durmiera un rato la siesta. A veces lo hace.

Aquella tarde Julián se apostó en el jardín. Se sentó bajo un árbol y empezó a hojear un libro. No mucho después oyó un curioso ruido que le hizo levantar la vista. ¡En seguida se dio cuenta de qué se trataba!

"¡Es que tío Quintín está roncando! —se dijo, excitado—. ¡Es eso! ¡Oh, ahora podré meterme en la casa por la puerta-ventana y rescatar la caja!"

Se acercó sigilosamente a la puerta-ventana. Estaba ligeramente abierta. Pudo ver a su tío recostado en un confortable sofá con la boca entreabierta y los ojos cerrados. ¡Estaba completamente dormido! Cada vez que inspiraba lanzaba un profundo ronquido.

"Parece que está enteramente dormido —pensó el chico—. Y ahí está la caja, justo detrás de él, en aquella mesa. Apuesto a que si me sorprende me voy a llevar una gran paliza, pero no tengo más remedio."

Se metió en la habitación. Su tío seguía roncando Se acercó sigilosamente a la mesa que había tras el y cogió la caja.

Entonces un trozo de madera de la caja rota cayo al suelo con gran estrépito. Su tío se removió en el sofá y abrió los ojos. Rápido como una centella, Julián se agazapó tras el sofá, conteniendo la respiración a duras

—¿Qué ha sido eso? —oyó que decía su tío. Julián permaneció quieto. Luego su tío volvió a acomodarse en el sillón y a cerrar los ojos. Pronto volvieron a oírse los acompasados ronquidos.

"¡Hurra! —pensó Julián— Ya esta dormido otra vez."

Sigilosamente volvió a coger la caja y se dirigió a la puerta-ventana. Al poco estaba ya paseando tranquilamente por el jardín. No pensó en ocultar su trofeo. Su mayor ilusión era enseñárselo a los otros para que admirasen la proeza que había llevado acabo.

Fue corriendo a la playa, donde los otros estaban tomando el sol sobre la arena.

—¡Eh! —gritó—. ¡Eh! ¡Ya la tengo! ¡Ya la tengo!

Los chicos se incorporaron rápidamente, muy contentos de ver la caja en manos de Julián. Olvidaron completamente que en la playa había muchas personas que podían verlos. Julián se dejo caer en la arena.

—Tu padre se durmió al final —le dijo a
Jorge
—. ¡
Tim
, no me muerdas el traje de baño! Fíjate,
Jorge
: me metí en la habitación por la puerta-ventana y cuando ya había cogido la caja se cayó un trozo de madera y el ruido despertó a tu padre.

—¡Cáspita! —dijo
Jorge
—. ¿Y que paso luego?

—Me escondí detrás del sillón y estuve allí, agazapado, hasta que volvió a dormirse —dijo Julián—. Luego me escapé. Ahora vamos a ver lo que hay dentro del cofre. No creo que tu padre lo haya tocado siquiera.

Así era, en efecto. El cofrecillo estaba intacto, aunque enmohecido por la humedad de años. Y la tapa estaba tan oxidada que parecía imposible que el cofre pudiera abrirse.

Sin embargo,
Jorge
empezó a raspar el óxido con su cortaplumas y a poco la tapa empezó a ceder. ¡Antes de un cuarto de hora, estaba ya abierto el cofre!

Los chicos se inclinaron todos sobre él, observándolo con interés. Dentro había unos cuantos papeles viejos y una especie de libros con las cubiertas negras. Pero nada más. Nada de oro. Nada de tesoro. Todos se sintieron algo decepcionados.

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