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Authors: Jaime Rubio Hancock

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El secreto de mi éxito (3 page)

BOOK: El secreto de mi éxito
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“¿Y ahora de qué habla? Desde aquí no oigo nada”.

“Ah, querida Nuria, eso que te ahorras, gracias a apenas un cubículo de distancia. Está hablando de logotipos. Pero no para esta empresa. Es que está montando otra. Porque nosotros no hacemos cajas, ¿no? Bueno, pues él ahora parece que sí. Aunque no personalmente, imagino. Sería demasiado esfuerzo para él”.

Durante tres meses habíamos ido más o menos sobreviviendo. Las reuniones de jefazos y jefecillos se iban multiplicando y por supuesto los rumores corrían por toda la empresa. Cerramos. No llegamos al verano. Esperemos que al menos paguen. ¿Tú tienes una entrevista de trabajo? Sí, mañana. A ver si me sale algo a mí también porque esto se acaba. Y no me extraña, joder, que aquí no trabaja nadie. Bueno, yo ahora sí, como somos la mitad en el departamento. En contabilidad aún hacéis algo, pero ya te digo yo que en marketing no hacemos mucho. Joder, como siempre. Pero peor.

Tres meses casi justos después del Ere, Romeu entró en la sala grande, donde estaban la mayoría de cubículos de los que no habíamos tenido la suerte de ser despedidos y nos pidió un minuto de atención. Al final fueron más, claro.

–En las empresas hay momentos buenos y momentos malos –comenzó–. Hoy por desgracia me ha tocado uno de los malos –nos supo muy mal por él; pobre, justo después del divorcio que le había dejado soltero con 45 años y la mitad de varios millones en el banco, ahora tenía que dar malas noticias, como si fuera pobre–. Como ya sabéis, la empresa no pasa por uno de sus mejores momentos, hace unos meses incluso tuvimos que presentar un Ere, y hoy, justo hoy, tanto Soriano como yo nos hemos visto obligados a presentar voluntariamente concurso de acreedores.

A partir de ahí se armó un tímido revuelo. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y los sueldos? Pero bueno. Pero esto. Pero en fin.

Obviamente, la noticia no me sorprendió. Coño, que soy contable. Vale, eso no impresiona mucho, al menos de entrada. Ni de salida. Ni aunque diga “administrativo” como en los años noventa. Pero bueno, aquí no estoy intentando impresionar a nadie: el tema es que por mi trabajo sabía perfectamente cómo estaban las cuentas. Y hacía mucho tiempo que no entraba dinero de ningún sitio, incluidos los clientes que yo sospechaba imaginarios. Es más, teniendo en cuenta que además no había dudado en ir comentándolo por la empresa, estaba convencido de que en realidad aquello no había sorprendido a mucha gente. Igual a Marc, que no se enteraba de nada y que incluso un mes después de aquel anuncio, cuando ya habíamos dejado de cobrar el primer sueldo a pesar de que se habían presentado allí nuestros tres administradores concursales nombrados por el juzgado, seguía confiando en lo que explicó Romeu:

–El concurso no se ha presentado con voluntad de liquidar la empresa, sino con intención de superar este bache, reorganizar la deuda y continuar trabajando.

Claro. Señores clientes potenciales, dos puntos, estaríamos encantados de trabajar con ustedes. Y ahora es su oportunidad: estamos desesperados. Tenemos un problema en el otro lado, con los proveedores, pero nada que no podamos solucionar. Simplemente no les estamos pagando. Si nos hacen el favor de firmar aquí y poner las iniciales en todas las páginas de este documento. Muchas gracias. Una copia es para ustedes. Y aquí están los detalles para hacer el primer pago y las transferencias mensuales. Quedarán encantados con nuestros servicios. Sí, los que difícilmente podremos seguir ofreciendo porque dentro de poco los proveedores van a dejar de darnos servicio a nosotros. Pero es sólo temporal. Luego ya ni difícil, ni fácilmente, ni de ninguna otra manera. Simplemente, no.

“¿En serio? Pero cómo se puede tener tanto morro. Aunque no sé de qué me extraño. Por cierto, ¿qué te han pedido los administradores?”

“Nada, una lista de acreedores y el importe que les debemos. Algo que Marc tendría que haber hecho hace un par de semanas, pero no le ha dado la gana. Que está muy liado, dice. Ahora que lo tienes al lado, ¿qué hace? Porque yo no le he visto hacer nada nunca. Nada de verdad. Sé que está siempre haciendo exceles absurdos, pero no sé para qué sirven.

Y lo del sobrino, pues sí, va en serio. El señorito Pol por supuesto sigue sin tener ni idea de cómo se gestiona una empresa. Se ha pasado quince minutos hablando del logo. Es lo único que le interesa. Ahora que pienso, yo le oigo, que es malo, pero tú le ves, que es peor. Está gordo, el cabrón, ¿eh? Además, lleva las mismas camisas que cuando pesaba quince kilos menos. Será porque no se puede pagar otras, claro. Parece un salchichón. En serio, va a reventar. Y aún te sacará un ojo con uno de los botones”.

La búsqueda de trabajo había resultado infructuosa hasta el momento y además estábamos entrando en un periodo ya complicado. Y no sólo por la crisis. ¿Qué era mejor? ¿Esperar a que los administradores dijeran algo y confiar en que al menos pudiera cobrar parte de mi indemnización, aunque fuera del Estado y dentro de medio año, o largarme pitando en cuanto encontrara algo que me prometiera cierta estabilidad?

Entre mis amigos y mi familia había posiciones encontradas aunque yo siempre me manifestaba a favor de la segunda opción. Al fin y al cabo, siempre es mejor tener algo más o menos seguro de forma más o menos indefinida, que una cantidad que podría agotarse relativamente pronto. Hay que pagar una hipoteca y aunque Rebeca cobra bien no puede llevar ella todo ese peso. Además, aquí ya no queda un duro, a no ser que saquen dinero de vete a saber dónde. Que podrían, porque este par (Romeu y Soriano) no creo que estén pasando hambre y antes de declarar concurso se habrán hecho con un colchón para pasar la mala época. Pero en secreto prefería la primera opción. Unas semanitas más ahí hasta que cerraran –siempre he sido un iluso– y luego el tan ansiado paro y los días en pijama.

“Jajaja… Qué malo eres. Pero lo peor es el pelo. Lo tiene lleno de grasa. Bueno, es que todo él está lleno de grasa. Si lo tocas, debe resbalar, ¿no?

Ah, y no me preguntes qué hace Marc. Eso es un misterio sin resolver. Aún sigo sin entender por qué le contrataron. Bueno, porque tú te ibas a otro departamento, ¿no? Porque por experiencia deberías ser el jefe”.

“No me hagas la pelota, que precisamente no soy el jefe y no hace falta. Ni creo que lo hubiera sido jamás. Aquí me toman por tonto. Como no me quejo nunca. Llevo más de siete años de pringado y ahora eso no iba a cambiar”.

–¿Tienes un momento?

¡No! ¡No! ¿Qué podía contestar a esa pregunta? Porque precisamente lo tenía. ¡No! ¡Cielos, no! Ah bueno, sí, antes de que se me olvide: quien me había preguntado eso era Pol Martín Soriano, empresario de cajas.

–Er… Sí...

–Venga, que te invito a un café.

Igual quería que trabajara para él en su nueva empresa (risas).

Me levanté lentamente. Mientras me puse la chaqueta le lancé una mirada pidiendo auxilio a Nuria, que me miró a su vez simulando pena y aguantándose, poco y mal, las ganas de reírse de mí en mi propia cara. Gracias. Qué amable. Ten compañeras para esto.

Ya apoyados en la barra del bar, Pol comenzó con su típico compadreo: qué tal la mujer; no, si no estamos casad…; bueno, es lo mismo, ¿ya tocan los hijos, no? Ay mujeres… No podemos vivir con ellas, pero tampoco sin ellas; sí, ya… Biológicamente sería imposible; JAJAJA, biológicamente, qué cabrón, jejeje, esa es buena…; je…

–Bueno, ahora en serio.

No, por favor.

–Ya me contó mi tío que no querías seguir con nosotros.

–Bueno, no es eso, y fue hace me…

–Me decepcionas. Ya sé que no soy tu jefe directo ni nada, pero no sé, quería hablarlo porque seguimos contando contigo para aquel proyecto.

–Pero ese proyecto…

–Sí, claro, ahora está parado porque la situación está como está. Pero la idea es retomarlo y para eso contamos contigo.

–Ya, pero…

–Sí, ya sé lo que le dijiste a mi tío, que necesitas hacer cosas nuevas, pero ahora en este momento lo que hay que hacer es sudar la camiseta y trabajar duro y me temo que muchas horas para intentar sacar esto adelante. Estoy seguro de que dentro de unos meses habremos pasado por este bache, estaremos en beneficios y podremos volver a plantearnos nuevos proyectos en los que desde luego estarás presente.

–No si…

–Y nada. Sólo quería comentarte eso. Que estés tranquilo porque seguimos contando contigo.

–Pero es que… Ni siquiera hemos cobrado este mes…

–Por eso no te preocupes. Los administradores acaban de llegar y están mirando las cuentas. Pero si no habéis cobrado el 31, cobraréis el 15, porque dinero hay…

–Hombre…

–Sí, sí, no te preocupes por eso, que dinero hay.

–Pero las cuentas…

–Ya, pero por eso no te preocupes: se pueden vender acciones de la empresa, puede entrar un inversor. Se están buscando soluciones. Tú hazme caso. Pero ahora necesito que estés al ciento diez por ciento.

–Pero tampoco hay más trab…

–Al mil por ciento.

–Eso es mucho.

–Jajaja… Qué cabroncete estás hecho. En serio, os necesitamos a todos centrados. Y no lo estás.

–No, pero…

–Estás todo el día leyendo periódicos por internet, entrando en el facebook, en tu correo personal, llegas tarde…

–Pero es que ahora…

–Ahora tiene que ser igual que antes. O mejor. La empresa está en un momento complicado y si no somos capaces de darlo todo, nos vamos a quedar todos en el paro. Todos. Tú, yo, todos.

–Sí, pero.

–Y estar en el paro es lo peor que le puede pasar a alguien.

–Ya, eso sí.

–A mí se me rompió el corazón cuando tuvimos que despedir a toda esa gente. Porque yo no sé en qué situación están. Vale, la media de edad de la empresa es joven, veintipico, treinta, pero no todos vivirán con sus padres. Muchos tendrán hipotecas, alguno sé que tiene hijos… Y hacerle eso a la gente es una putada, es dejarla sin nada. Y me gustaría que tuvieras en cuenta y que agradecieras el hecho de que seguimos contando contigo.

–Si yo lo agradezco, pero…

–Lo sé, no lo pongo en duda.

–No, pero es que yo cuando el Ere quería…

–Que sí, que te entiendo.

–No, pero…

–Que ahora no es tan fácil, que todo se hace cuesta arriba, que hay dudas acerca de lo que va a pasar. Pero ¿qué es mejor? ¿Intentar arreglar algo? ¿O desistir de entrada y ya pasar?

–Depende.

Ahí se quedó un poco pillado. Había decidido que como no me dejaba decir más de tres o cuatro palabras seguidas, intentaría responder sólo con una. Tuviera sentido o no la pregunta. Tuviera sentido o no la respuesta.

–Aquí no hay dependes. Hablamos de la empresa. O estás o no estás.

–Depende –la repetición ya completamente fuera de lugar le calló unos segundos, así que opté por añadir unas palabras–. Yo tampoco sé cómo está la empresa, pero las cuentas…

–Olvídate de las cuentas. Créeme. Cobraréis.
No le creí. Hice bien. Pero poder decirme a mí mismo “ja, lo sabía, sabía que no iba a ver un duro” fue un consuelo un poco ridículo.

–Un cortado y… Ehm… ¿A ver qué tienes?

–Em queda un croissant de xocolata.

–Va, venga.

–Té, maco.

Me había acostumbrado a ir solo a tomar el café de media mañana. Era aburrido, pero más aburrido era quedarse arriba, mirando el techo, respondiendo a mails con evasivas y descolgando el teléfono con miedo a escuchar la bronca de un acreedor o peor, el encargo de alguna tarea idiota por parte de alguno de los administradores.

–Necesitamos la lista actualizada de los acreedores.

–Necesitamos la lista de las facturas que seguimos pagando: agua, luz, alquiler…

–Necesitamos saber si hay pagos pendientes de clientes, que sólo lo tenemos a fecha de hace un mes y medio.

Y así.

Las camareras de la cafetería me miraban con cara de pena. Unos cuantos habíamos ido cada día allí a tomar el cortado cada mañana desde hacía años y habían visto cómo cada vez bajábamos menos. Obviamente, les explicábamos qué iba pasando, así que al menos no sospechaban de asesinatos ni abducciones por parte de extraterrestres. Y al final me había quedado yo. Me trataban de forma casi maternal. Más bien como unas tías mayores y solteronas, que sabían que yo, el hijo adolescente, no me llevaba bien con mis padres, pero seguía siendo su sobrino favorito y me invitaban a merendar. En este caso, a desayunar. Y pagando, claro. O sea, que no me invitaban.

Nadie tiene ninguna piedad.

–Hoy es mi último día.

–Ja està? Ja tanqueu del tot?

–Pues sí.

–Ai, que ja no vindràs més per aquí.

–Hombre, de vez en cuando, igual. Si estáis en el cen…

–Mira, allà tens una taula lliure.

–Gracias.

Sí, eso, gracias. Porque soy ciego. En fin. Me senté dispuesto a disfrutar de mi café y de un croissant de chocolate que sospeché que había motivos para dejar el último cuando casi me rompí un diente al llevarme un trozo de uno de los cuernos.

Desde que estaba solo en la oficina tenía que tomar el café solo y además me apetecía comer solo. Antes me traía un tupper y comía en el office, con los compañeros, o a veces quedaba con Rebeca, que no trabajaba muy lejos. Pero ahora la cosa había cambiado e ir a casa de mis padres a comer resultaba un poco deprimente. Como volver a casa de mis padres después del trabajo. O volver allí un sábado a las tres de la mañana medio borracho. Después de cuatro años independizado, bueno, o dependizado de Rebeca y no de mis progenitores. Me sentía como si hubiera vuelto a los veintipico o incluso a los diecitantos, pero con mi cuerpo de treinta y pocos, maltrecho y poco resistente a las resacas. Y más con lo que me había costado salir de casa, que siempre que me iba de viaje temía que al volver mi padre hubiera cambiado la cerradura.

Pero ahora no tenía más opción. Rebeca me había echado –porque me había echado– y yo encima seguía pagando la mitad de la hipoteca –porque la seguía pagando. Por supuesto, tirando de ahorros, porque en el último año apenas había cobrado cuatro sueldos, gracias a la eficiencia de los administradores concursales. Qué tíos más vagos. Como que aún seguía en aquella oficina para un centenar de personas, pagando ocho mil euros mensuales de alquiler, con atrasos, por supuesto, y ni siquiera se habían planteado la posibilidad de alquilar otro sitio más pequeño. Otro sitio para uno. Para mí.

Y al final el que no podía ni siquiera plantearse la posibilidad de buscar un alquiler era yo. Así que hala, a vivir con mis padres. Como cuando tenía veintinueve. Sí, sí... Reconozco que me costó salir de casa.

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