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Authors: Jaime Rubio Hancock

Tags: #FA

El secreto de mi éxito (2 page)

BOOK: El secreto de mi éxito
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–No. No es por eso. En absoluto. Lo que queremos es que sigas con nosotros, que sigas formando parte de nuestra familia, que sigas aprovechando las oportunidades que se te han dado a lo largo de estos…

Y ya no escuché nada más, aunque la conversación siguió durante unos minutos. Volví a mi cubículo y pensé en las oportunidades que se me habían dado en ocho años. Dos aumentos para los que había tenido que suplicar de rodillas. El nombramiento como jefe financiero de un proyecto que no salió adelante. Aparte de eso, poca cosa. Un trabajo como cualquier otro. Demasiado parecido a cualquier otro. Del que no me había movido por pereza.

–¿Qué ha pasado, qué te ha dicho? –Preguntó Sergio, asomando su cabeza por encima del cubículo.

–Nada, que no puedo ir de voluntario al Ere.

–Joder, ¿y por qué no?

–Porque soy muy importante para la empresa.

Nos reímos a carcajadas. Nuria y Sonia también se asomaron con un qué pasa qué pasa y también acabaron riéndose de mí, de Soriano y del sobrino de Soriano, que llevaba tres días sin aparecer por la oficina, justo desde que se había anunciado que de los setenta y dos empleados de la empresa, iban a despedir a unos treinta, dependiendo de cómo fueran las negociaciones con los trabajadores.

Quien no se rió tanto fue Rebeca, cuando se lo conté.

–Pero qué hijos de puta.

–Ya.

–¿Y qué piensas hacer?

–Es que no puedo hacer nada. Se lo comenté a los del comité y lo pueden hacer.

–¿El qué, pueden hacer?

–Si alguien se presenta voluntario a un Ere la empresa lo puede sacar de ahí sin problemas. Se supone que te están haciendo un favor si no te despiden.

–En ese sitio siempre te han estado dando por culo. Llevas años ahí y no te han valorado nunca como deberían.

–Ya…

–En cualquier otro sitio no serías sólo un contable.

–Bueno, ser contable no es nada m…

–No, ya está bien. Búscate otra cosa porque con esa gente no vas a llegar a nada. Deberías ser el jefe del departamento y no el payaso ese que trajeron hace tres meses.

–Ya, sí... Pero es que…

–Y empieza ya porque eso tiene mala pinta. Van a cerrar.

–No, si ya…

Dicho lo cual, recogió los platos y se los llevó a la cocina, dispuesta a fregarlos con rabia y energía.

–No, si me toca a…

–¡No, ya lo hago yo!

Había llegado un punto en el que incluso cuando Rebeca intentaba ser amable me sentía como si me estuviera riñendo.

Se acordó una indemnización de treinta días por año trabajado a cada uno de los veintisiete compañeros que finalmente fueron despedidos. Hice cálculos de lo que me habría correspondido a mí. Metía los números en la hoja de excel salivando y con las pupilas tan dilatadas como si me hubiera tragado un par de setas alucinógenas. Me hubiera podido ir a casa –¡a casa!– con el sueldo neto de unos once meses y hubiera podido seguir pagando mi parte de los gastos y de la hipoteca durante ese tiempo. Y eso sin ni siquiera comenzar a tocar el subsidio de desempleo. Es que incluso hubiera podido ahorrar.

Obviamente era un plan que no le podía comentar tal cual a Rebeca, porque Rebeca en seguida me miraría así como de lado y diría algo como “pero tendrás que trabajar, ¿no?”, y en fin, sí, claro, tendré que trabajar, pero también me lo puedo tomar con calma. Llevaba en total más de un decenio currando y si la empresa estaba tan mal gestionada que no podía aguantar ni una mísera crisis, ¿por qué no podía llevarme lo que me correspondía por ley y tomarme dos o tres meses de vacaciones? ¿Era tanto pedir? Tres meses, como cuando era estudiante. Despertándome con Rebeca para hacerle el desayuno. Quedándome en bata por casa. Duchándome a las doce para volver a ponerme el pijama. Decidiéndome finalmente a cambiar la bombilla del lavadero, entre otras arriesgadas labores de bricolaje casero, como por ejemplo ir a comprar perchas o llamar al electricista para que cambiara el enchufe del lavabo. En el lavabo hay agua, no voy a arriesgarme a morir electrocutado por un enchufe que ya nos habíamos acostumbrado a ignorar.

Ah, pero eso no eran más que sueños, metas inalcanzables. Algunos querían ser escritores, otros pintores, alguno puede que actor y ganar un Oscar. Yo me conformaba con tres mesecitos de paro, afeitarme una vez a la semana, ir a alguna que otra entrevista de trabajo y rascarme mucho, por el mero placer de hacerlo y sin que nada me picara.

Pero en fin, parecía que no iba a poder ser. Todo por culpa de una empresa que no quería despedir a uno de los pocos que quería irse. Si les estaba haciendo un favor. Si la gente normalmente pone pegas en estos procesos. Yo iba a darles las gracias y a estrechar sus manos con una sonrisa prácticamente partiéndome en dos la cabeza.

En todo caso y como es natural, el día en que mis compañeros firmaron el despido y fueron desfilando por el pasillo camino a casa, muchos no entendieron que les felicitara, e incluso a alguno el rostro compungido se le crispaba, como preguntándose y este imbécil de qué va.

–No, es que él hubiera querido irse –intervenía entonces Sergio, calmando los ánimos y también por cierto despedido, porque toda la buena suerte siempre les toca a los demás.

–Sí, pero no me dejaron.

–¿Que no te dejaron?

Y aquí aprovechaba para relatar mis desventuras, buscando compasión, comprensión o como mínimo atención.

Los cuatro contables de a pie y un par de comerciales –los habituales del café de las mañanas– nos fuimos a tomar una cerveza ese mismo día. Para celebrarlo. A Sergio y a Sonia les habían despedido. Nuria temía que cuando se le acabara el contrato, simplemente no la renovaran.

–Tendré derecho a paro, pero no indemnización.

–¿Cuándo se te acaba el contrato?

–Dentro de tres meses. A ver si encuentro algo antes.

–La cosa está muy mal.

–¿Tú qué vas a hacer?

–Pf –fue mi respuesta. No añadí nada más, aprovechando que los tenía pendientes de mis palabras.

–No, en serio, ¿qué vas a hacer?

–De momento, aguantar, qué remedio. Pero voy a ir buscando trabajo porque esto tiene muy mala pinta.

–¿Tú crees?

–¿Un Ere para echar a la mitad? Mira, no creo ni que lleguemos al verano.

–Yo te aseguro que los supuestos clientes nuevos no acaban de firmar –dijo Toni, uno de los comerciales.

–Yo no recuerdo que nadie haya vendido nada nunca en esta empresa –intervine yo.

–Iba a llevarte la contraria –intervino Sandra, la otra comercial–, pero sinceramente, yo tampoco.

–¿A vosotros también os han diezmado el departamento?

–Yo me voy –contestó Susana.

–Yo me quedo –dijo Toni–, pero vamos, de los seis, nos quedamos dos. Así no vamos a conseguir más clientes. Bastante tendremos aguantando las quejas de los que tenemos.

Yo tenía la sospecha de que en los veintidós años que llevaba aquella empresa en pie nadie había vendido nada y que en realidad aquel sitio no era más que una oscura tapadera de la mafia calabresa. O de la napolitana. O incluso puede que la china. Incluso había un cliente o algo parecido que era chino. Un señor. Que pasaba por ahí. De vez en cuando y sin estar en nómina. Se suponía que era cliente. Desde antes de que entrara yo en la empresa. O cualquiera. Como todos los supuestos clientes. Ya. Y yo me lo tengo que creer.

No, pero en serio, las nóminas habían pasado durante una época por mi mesa y apenas recordaba ningún bonus por cliente nuevo.

–La verdad es que casi mejor irse ahora, que aún tienen pasta para pagar.

–Coño, por eso quería irme. Además, es que nos quedamos dos con el imbécil de Marc, haciendo el trabajo de cuatro.

–Yo todavía no sé qué hace Marc.

–Dar por culo.

–En fin. Aquí hace falta una cervecita más.

–Qué menos.

–¿Qué hora es?

–Las ocho y cuarto.

–Podríamos pedir algo para picar, ¿no?

–Venga.

–Voy a avisar a casa de que ceno fuera.

–Tchas…

–Sergio, ¿eso era el restallar de un látigo?

–Tchassss…

–Necesitas practicar un poco más.

–No lo oigo a menudo.

–Una de las pocas ventajas de llegar virgen a tu edad.

Llegué a casa a la una y media de la mañana, algo tocado por el alcohol, con media camisa por fuera del pantalón y la corbata asomando por el bolsillo de la chaqueta. Intenté no despertar a Rebeca al quitarme el traje y dejarlo en el suelo. Casi conseguí acostarme sin que ella se inmutara, de no ser porque estaba en mi lado de la cama y por poco me siento encima.

–Ay, me debo haber movido mientras dormía.

–Perdona, no quería despertarte.

–Es igual. ¿Y tu pijama?

–No quería buscarlo para no…

–¿Mañana no trabajas?

–Sí, claro, es jueves.

–¿Y cómo sales hasta tan tarde?

–Bueno, celebrando que…

–Ah sí, no me acordaba. Anda, ponte el pijama, que te resfrías en seguida.

–No es verdad.

No era verdad. Bueno, un poco sí.

–Como quieras.

–Podrías aprovechar que estoy sin…

–¿Con lo borracho que estás?

–No estoy borracho.

No lo estaba. Bueno, un poco sí.

–Estoy durmiendo.

–Ya que te he desp…

–Deberías beber agua, porque si no mañana tendrás el resacón del siglo.

–¿Ahora?

–Yo lo digo por ti.

–Sí, bueno, igual…

Fui a la cocina y me bebí tres vasos de agua. Aproveché para coger una rebanada de pan. Abrí la nevera. No había chocolate. Mi vida iba dando tumbos de decepción en decepción.

Claro, Susana. La Virgen era...

CLARO, SUSANA. LA VIRGEN ERA Susana. Con perdón. Había caído en aquello justo en el segundo viaje al contenedor. Al normal, ni siquiera había puesto todos esos papelotes a reciclar. Aquel día me sentía ya prácticamente un proscrito: casi parado, infractor de las leyes de protección de datos y además sin conciencia medio ambiental. Eso por no hablar de haberme convertido en un orgulloso sufridor de experiencias místicas. O psiquiátricas. Cualquiera de esas dos cosas sonaban fatal, casi dignas de un terrorista. Veo a la Virgen, quizás porque estoy loco.

Pero estaba hablando de Susana: Susana era rubita, casi castaña, con los ojos de un azul muy claro, alta y delgada. De piel blanca y guapa como ella sola, sobre todo cuando no se quedaba dormida en sofás ajenos con una capa de maquillaje a brocha en la cara. Normal que se me apareciera una mujer con su cara. Y su cuerpo. Primero porque hacía mucho que no tenía una mujer cerca, dado que Rebeca me había dejado hacía meses. Y segundo porque puestos a escoger una mujer de entre todas las que conocía, con excepción de Rebeca, supongo, nadie mejor que Susana.

Qué chica más maja. Ahora hablo de Susana. La conocí la noche del perro. La noche que acabamos en casa de Pol. Hacía ya semanas que no sabía nada de ella. Y era todo culpa mía. Había huido como una rata cuando debería al menos haberme quedado de pie como un hombre. Pero en fin. Y luego me había refugiado en aquella empresa vacía, en los mails de quejas a los administradores exigiendo que me pagaran algo, o algo más, porque de vez en cuando iban soltando sueldos o trozos de sueldo, mejor dicho. También estaba lo de Rebeca, que no me había puesto las cosas fáciles, precisamente. Pero todo eso eran excusas. Excusas con las que enmascaraba mi miedo y lo que era peor, mi pereza.

Igual aún no era demasiado tarde. No había mucho que podía hacer, pero al menos podía volver a presentarme. Hola, estoy aquí. No puedo exigirte nada, ni mucho menos, pero simplemente quiero hacerte saber que estoy aquí. Cual farola alumbrando tu regreso a casa.

Más adelante, por qué no, podría explicarle todo lo que me pasaba, lo del trabajo, lo de Rebeca, aunque en gran parte ya lo sabía. Sin intentar que pareciera que me justificaba, sólo buscando que me entendiera, que confiara en mí. Susana merecía la pena al menos el esfuerzo, al menos intentarlo. Y no era mala idea aprovechar mi último día para decirle hola qué tal. Nada más, simplemente eso, un saludo, el estoy aquí que comentaba. No sé, podía ser que la visita que esperaba fuera la suya y digo yo que no tendría nada de malo más o menos forzar el asunto.

Hola qué tal, le escribí, siguiendo la tradición, e incluso añadí aquello de cómo va todo, hace mucho que no hablamos. Yo sigo aquí solo y etcétera, pero hoy es mi último día. Ya lo tengo todo recogido y tal y cual, y después de comer iré a ver si Romeu o Soriano me firman todos los papelotes y me puedo largar, jaja, qué ganas etcétera, bueno coma que vaya todo muy bien blablablá un besote y a ver si nos vemos.

Algo así. Amistoso. Típico y tópico. Para tantear el terreno. Ep. Estoy aquí. Somos amiguetes, ¿no? Y en todo caso no me comprometía a nada. Ni a ella. Ni siquiera le había propuesto quedar. Eso más adelante, ¿por qué no? Pero de momento, sólo un saludo. Inocuo. Como si se lo enviara a un tío. Un tío con un buen par de tetas, eso sí.
“Yo creo que viene aquí a hablar por teléfono porque no paga él. De hecho, ahora no paga nadie”.

Ese breve correo electrónico para Nuria hacía referencia al sobrino de Soriano, gerente y director comercial de la compañía desde que cumplió los 23 años y su padre desistió en el empeño de que no le expulsaran de más universidades privadas por no llegar al mínimo de créditos aprobados por año.

Ya era raro verle por ahí. Y más entonces, cuando ya estábamos en concurso de acreedores y dar la cara era incómodo para los jefes. Después de que se anunciara el Ere pasó dos semanas sin venir. De viaje por Madrid, buscando clientes. Eso nos habían dicho. No encontró muchos. Hizo preparar unos contratos, pero luego no los firmó nadie. Cuando se ejecutó finalmente el Ere, después de las negociaciones, pasó tres días en casa. Una terrible gripe. Sin que nadie le preguntara, nos había explicado historias acerca de noches sin dormir por la congestión nasal, termómetros marcando cifras cercanas a las de la ebullición del agua, dolores de cabeza que le hacían perder el conocimiento, ríos de mucosidades varias que hacían temer por su muerte por deshidratación, sudores, cataplasmas de agua helada, baños con hielo para intentar contener la fiebre, botellas de agua caliente, médicos con barba blanca y maletines de cuero intentando confortar a la familia al salir del dormitorio.

–Tendremos que ver cómo pasa la noche –decía el doctor, después de ordenar a la criada que pusiera más agua a hervir–. Si consigue llegar a mañana, lo peor habrá pasado. No pierdan la esperanza: es fuerte y es un luchador. Se le ve en los ojos, a pesar de estar entelados por la fiebre.

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