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Authors: Jaime Rubio Hancock

Tags: #FA

El secreto de mi éxito (5 page)

BOOK: El secreto de mi éxito
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Tampoco entendía a qué venía aquello, de dónde había salido aquel ansia de Rebeca por ser madre. Sí, claro, hablábamos del tema niños, era algo que estaba ahí, como proyecto de futuro. Incluso era consciente de que ya viviendo con Rebeca, tarde o temprano tendría que pasar por eso. Porque son cosas que acaban pasándole a todo el mundo. Y seamos sinceros: yo formo parte de todo el mundo. Supongo que nos hubiéramos casado primero, que a Rebeca le hacía gracia. Pero vamos, la boda hubiera venido en uno o dos años y hubiéramos tenido uno o dos críos en los tres o cuatro años siguientes. Ese era el plan esbozado desde que habíamos decidido a vivir juntos. Lo normal, vaya.

Claro que llevábamos meses sin ni siquiera mencionar estos temas. Normal, también: ella llevaría meses maquinando su embarazo y mi expulsión. También hay que hacer notar que yo no me había dado ni cuenta. Supongo que influía la situación por la que estaba pasando en la empresa, que llenaba gran parte del tiempo de mi vida dedicado a la angustia. Pero por otro lado, seamos sinceros otra vez: a mí ya me estaba bien aquel limbo sentimental que suponía vivir en un hogar en el que por suerte ya no se hablaba de cosas serias e importantes como organizar una boda o formar una familia. Vivíamos juntos, tranquilamente, sin complicaciones, sin agobios… Y yo pensaba que ella también estaba cómoda. Supongo que porque pensar eso era bastante cómodo.

Al volver a casa no sabía lo que me iba a encontrar: ¿una reconciliación? ¿Una explicación? ¿Las maletas en la puerta?

Me encontré a Rebeca duchada y vestida, dispuesta a darme instrucciones. En realidad, un poco como siempre.

–Siéntate. Sé que estarás hecho un lío y tendrás muchas preguntas, pero ahora te pido que por favor no me las hagas. Esto es muy complicado para los dos, lo sé, pero la que ha tomado esta decisión soy yo y necesito que la respetes. Quiero que te vayas del piso. No duermas aquí hoy, por favor. Hazte un par de maletas y vete con tus padres. Luego hablaremos del resto de tus cosas. No sé qué va a pasar, sólo sé que ahora te necesito al margen, no te puedo ver aquí. Lo siento, pero ahora no puedo estar contigo.

No dije nada. Sólo cogí una maleta de las grandes y una mochila, metí varias mudas de ropa y, para qué negarlo, la consola, y me fui a casa de mis padres. Del estupor, no fui capaz de llorar hasta varios días más tarde. Y fue sobre todo de rabia, porque Rebeca no contestaba al teléfono y cuando lo hacía insistía en lo de que necesitaba tiempo y que ya hablaríamos más adelante y que lo último que necesitaba es que la agobiara con llamadas y que lo siento, pero no puedo hacer nada.

–¿Qué les dijiste a tus padres? –Me preguntó Santi, varias semanas después de que me fuera de casa, en aquel bar.

–Pues lo que os dije a vosotros: que la cosa no estaba muy bien y que nos habíamos dado un tiempo. Cosa que no deja de ser cierta.

Santi apuró su cerveza. En silencio. Toda una novedad para él. Me puso una mano en el hombro.

–Joder. Vas a ser padre. ¡Esto hay que celebrarlo! ¡Y padre soltero! ¡Vamos a Luz de Gas!

–Vete a la mierda.

–No, en serio. Mírame. Mírame a los ojos. Te han hecho una putada. Pero podría ser peor.

–¿Peor?

–Joder, podría haberse quedado embarazada a tus espaldas y pretender que siguierais juntos.

–No tiene gracia, Santi.

–Mírame a los ojos otra vez. Que me mires, te digo. Tranquilo, que no te voy a besar. ¿No ves que todo esto que te está pasando es una oportunidad?

–¿Una oportunidad para qué?

–Dentro de poco tu empresa cerrará y podrás buscarte un trabajo que te guste. Tu relación con Rebeca estaba acabada, sólo que no lo sabías, y puedes buscar a alguien a quien quieras. Además, puedes hacerlo sin preocuparte por el futuro ni por la necesidad de formar una familia, porque en realidad ya tienes una.

Le miré a los ojos. Igual era el alcohol, pero me daba la impresión de que estaba hablando en serio. Y ni siquiera me molestaba lo que decía.

–Venga va, un Johnny Walker con cola –cedí. ¿Por qué no? Llevaba meses sin ni siquiera intentar divertirme. ¿Que cerraban mi empresa? Mejor. Ya buscaría otro trabajo. ¿Que mi novia me dejaba? Bah, ya no había nada que hacer, esa relación estaba muerta. ¿Que iba a ser padre? Estupendo, sólo me faltaba escribir un libro y plantar un árbol.

–Qué coño, dejémonos de mariconadas, que yo invito. Perdona, ¿nos pones dos Glenrothes, por favor? Glenrothes… Glen… La botella esa redonda. No, la de al lado. Sí, esa.

Durante los últimos años había ido saliendo, claro, pero la vida de casado me había pasado factura, por no hablar de la edad, y cuando salí de aquel local tras apenas tres cervezas y dos whiskies (sí, había caído un segundo por cortesía mía y a costa de mis escasos ahorros), me sentía invadido por una euforia semiinconsciente. El mundo giraba a mi alrededor, literalmente, y todo brillaba tras la bruma de lo que yo creía que era el optimismo y que sin duda no eran más que los vapores del alcohol.

Subiendo por Muntaner camino a Luz de Gas, Santi y yo mantuvimos la alegría y la confianza ante aquel futuro que se abría esplendoroso ante nosotros. Aquella noche íbamos a ligarnos a las dos chicas con las tetas más grandes de la discoteca, a ser posible con piso propio porque los dos vivíamos con nuestros padres. Y ese iba a ser el comienzo de un futuro en el que yo iba a ser director financiero de alguna empresa importante y me iba a ir a vivir de alquiler a un dúplex, como siempre había querido, donde por supuesto le prepararía una habitación a mi hija, porque yo quería una niña llamada Lucía. Cuando ella no estuviera, no dejarían de desfilar por ahí tías con las tetas enormes (una obsesión de Santi, en realidad, pero bueno, me dejé llevar) ante la mirada cada vez más seca, rancia y llena de odio de Rebeca, que se iría convirtiendo en una ciruela pasa llena de arrugas, venas y nudillos, que me miraría con envidia cuando quedáramos para que Lucía se fuera con uno o con otro a pasar el fin de semana. Por supuesto, también nos reservamos parte del entusiasmo para el propio Santi. Pero sus elucubraciones sólo eran sobre tetas (más, incluso).

–¿Y tu trabajo?

–Una mierda, pero salgo a las cinco y no me dan por culo.

–¿Y no te vas a ir de casa?

–¿Para qué?

–Para vivir solo, tener independencia…

–Ya tengo independencia. De hecho, cuando me vaya solo, será para perder esa independencia con alguna. No tengo prisa.

–¿Pero no te agobias en casa de tus padres?

–¿Por qué? Mi madre me hace la cena y me plancha las camisas, y mi padre… Bueno, mi padre no me molesta. Pero no plancha, eso es verdad. Tendré que hablar con él. Todos tenemos que colaborar. Joder, qué cola –añadió Santi al llegar a la discoteca.

–Si ya sabía yo que el último whisky sobraba. Bueno, la semana que viene lo volvemos a intentar.

–No, hombre, ya que estamos aquí, intentémoslo ahora…

Ya no resultaba difícil convencerme de nada, así que nos plantamos en la cola, entre empujones y quejas, viendo además cómo algunos de los que llegaban a la puerta eran rechazados por los seguratas.

–Esto es lo que más odio –dijo Santi–. Tener que pedir permiso para pagar. Como si este sitio fuera barato.

No lo era, no. Con el precio de la entrada podías comprar una botella de Johnny Walker y doce cervezas. El precio de una copa dentro era el de una botella. Según lo que pidieras, incluso sobraba para comprarse unas almendritas. Pero daba igual: aquel sitio se llenaba cada semana y sinceramente no comprendía por qué: era una discoteca como cualquier otra, con la misma música que en cualquier otra parte y lo que era peor, llena de gente muy fea y muy vieja.

–Pero bueno, es el único sitio decente de Barcelona –dijo Santi, para llevarle la contraria a mis pensamientos.

–Es una mierda. Mira la gente que entra. Son mayores que nosotros, que ya es decir.

–No hombre, no. Mira esa rubia.

–Esa señora tiene hijos.

–Exagerado.

–Y si no los tiene, debería haberlos tenido ya, que está al borde de la menopausia.

–Cuando te pones antipático, no hay quien te aguante.

Era la cola. Los empujones hacían que me enfadara y el enfado hacía que se me pasara la euforia del alcohol. Pensé incluso en largarme y dejarle tirado. Total, iba a pasar una hora y media de agobio y de aburrimiento allá adentro. Obviamente sin hacer nada, porque Santi hablaba mucho, pero ligaba cero o incluso menos. Seguro que hasta debía ligues. Y en todo caso a mí no me apetecía. Mucho jiji y jajá, pero yo seguía preocupado: por el trabajo, claro, pero sobre todo por Rebeca y mi hija, o hijo o lo que fuera. Seguía sin saber nada. Ni siquiera qué se esperaba de mí como padre. Ni qué esperaba Rebeca ni qué esperaba yo.

Pero no me fui. Y conseguimos entrar después de más de media hora. Nos abrimos paso a codazos hasta la primera barra, donde pedimos un par de copas, para intentar recuperar el ritmo perdido durante aquel parón.

–Venga –dijo Santi después del primer trago– vamos al escenario que siempre hay menos gente.

Luz de Gas era un antiguo teatro. Habían retirado las butacas, pero el resto seguía más o menos igual, sin telón, pero con cortinas y escaleras alfombradas, y por supuesto el escenario, que de vez en cuando se aprovechaba para montar conciertos. Y sí, era cierto que había menos gente. Y además había otra barra.

Después de rozarnos con un montón de gente con la que desde luego no queríamos rozarnos, conseguimos llegar hasta allá arriba. Era curioso. Incluso desde atrás se veía la platea, con toda la gente apretada allá abajo, muchos mirando en nuestra dirección. Daba la impresión de que estábamos actuando.

Dos borrachos en Luz de Gas. Tragicomedia en un acto

(
Nuestros protagonistas entran en el escenario con ligera cara de agobio, tras haberse abierto paso por una jungla de codos y cigarrillos, a pesar de que en esa parte de la discoteca está prohibido fumar. Están rodeados de clones: los chicos van todos con polos o camisas blancas remangadas y abiertas hasta el segundo o tercer botón. Ellas van con vestidos que realzan sus piernas varicosas y sus escotes manchados de lunares y arrugados por el primer sol del verano. Todos se mueven un poquito, lo justo para que dé la impresión de que bailan, pero no mucho, que ya tienen una edad y no es plan de hacer el ridículo. Santi y H llaman la atención al ir en camiseta. Santi incluso lleva zapatillas deportivas. De las modernas, por supuesto. Van bien, pero no para un local de divorciados. Cuando hablan, lo hacen medio a gritos, acercándose mucho a la oreja de su interlocutor
).

Santi: En fin, ya estamos. Vamos a quedarnos por aquí a ver qué tal.

H: (
Asiente con la cabeza y el vaso
).

S: Eh, mira esas están bien.

(
H se gira hacia un grupo de tres chicas. Una de ellas es un tiranosaurus rex en minifalda. Bebe el cubata con cañita porque los brazos son tan pequeños que sin la caña no podría llevarse el vaso a los morros. Sus dos amigas son velocirraptores en busca de presa. También usan cañita
).

S: Creo que las pequeñas van buscando lío.

H: Pues nada, que tengan suerte.

S: Tío…

H: Son feas de cojones. Y viejas, insisto, esto está todo lleno de viejas.

S: Va, vamos a ponernos al lado de esas dos. Esas sí, ¿no?

(
Santi no espera a que H responda y se escurre entre dos grupos hasta donde están las chicas en cuestión. H le sigue, resignado.
)

S: Bien, ¿no?

(
H se encoge de hombros. Se mueven más o menos al ritmo de la música durante una o dos canciones
).

S: La morena te mira.

H: Sí, me está mirando los cojones.

S: Ahora tendríamos que entrarles. Bueno, tendríamos que haberles dicho algo hace ya como dos semanas, pero en fin, aún estamos a tiempo.

H: No sé, pues di lo que quieras.

S: Es que esto de la primera frase es lo jodido.

H: Ya lo sé, ya. Por eso te lo digo a ti.

S: Cabrón. Es que aunque no lo parezca yo soy un poco tímido.

H: Tú eres un cobarde, como todos nosotros.

S: La verdad es que nuestro grupo siempre ha dado mucha pena. Así habéis acabado: enganchados a la primera que os hacía caso, con miedo a que os dejaran solos.

H: Menos tú, que no conseguiste ni a la primera. De todas formas, lo de “primera” es un pelín inexacto.

S: Mira a Joan.

H: Vale, Joan sí.

S: Vamos a decirles algo… ¿Se te ocurre alguna chorrada?

H: ¿Esto es lo que haces cada sábado?

S: No, coño, no me metas presión. Aquí se viene a ayudar, mamón. ¿A ti cuál te gusta de las dos?

H: No sé, estoy de espaldas.

S: Espera, vamos a movernos un poco, disimuladamente.

H: A ver… No sé, la alta, quizás.

S: Joder, que la que te miraba era la otra.

H: Pero a algún lado tendrá que mirar, la pobre, no va a estar con la vista fija en el techo.

S: No, no, cuando digo que te miraba es que te miraba. No estaba pasando la vista a lo loco. Estaba examinándote. Y yo creo que te ha puesto como poco un notable.

H: Anda, vete por ahí.

S: Míralo, se está riendo como un tontuelo. ¿Acaso se han cruzado vuestras miradas cuando le has echado un vistazo?

H: Vete a cagar. Que no miraba, te digo. Al menos no como tú dices.

S: Qué sabrás, si estás oxidado.

(
Guardan silencio durante una o dos canciones más. Van mirando a las dos chicas. Las dos también van echando vistazos hacia donde están ellos. De todas formas, intercambian un par de frases entre ellas y se van
).

S: Hemos hecho el ridículo. Tendríamos que haberles dicho algo.

H: Si yo creo que no…

S: Tú te callas. A ver si vuelven.

H: ¿Y vamos a estar esperando aquí como idiotas?

S: Estamos a lo nuestro.

H: Vamos a la barra, al menos, y ya volvemos luego. Suponiendo que vuelvan. Que si no, vamos a quedar como más tontos aún.

S: Vale, tienes razón. Al fin has dicho algo constructivo.

(
Más codazos hasta llegar a la barra, donde piden un par de whiskies con cola, después de hacer, justamente, más de diez minutos de cola. Se toman el primer sorbo y justo entonces aparecen las dos chicas, que vienen de la otra punta del escenario –por ahí se va al baño–, pero directas a la barra
).

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