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Authors: Brad Meltzer

Tags: #Intriga

Los millonarios

BOOK: Los millonarios
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Si supiera que no será descubierto ¿robaría tres millones de dólares?

Charlie y Oliver Caruso son hermanos y trabajan en un banco privado tan exclusivo que se necesitan dos millones de dólares para abrir una cuenta. Allí descubren una cuenta abandonada, cuya existencia nadie conoce y que no pertenece a nadie, con tres millones de dólares. Antes de que el estado se quede con el dinero deciden apropiárselo, sin saber que algo que hacen para resolver su existencia estará a punto de costarles la vida.

Brad Meltzer

Los millonarios

ePUB v1.1

libra_861010
11.06.12

Título original:
The Millionaires

Brad Meltzer, 2003.

Traducción: Gerardo di Masso

Editor original: libra_861010 (v1.0 - v1.1)

Para Cori,

quien me asombra todos los días

Para Dotty Rubin y Evelyn Meitzer,

Nanny y mi abuela, por enseñarme mi pasado

y, en ese proceso, mostrarme mi futuro

Y en memoria de Ben Rubin y Sol Meitzer, Poppy y abuelo,

cuyo legado aún guía a toda nuestra familia

Agradecimientos

Me gustaría agradecer a las siguientes personas, cuyo constante apoyo es la única razón de que este libro exista: en primer lugar, a Cori. En este mundo hay muchas palabras, pero ninguna es lo bastante buena para expresar lo que ella significa para mí. No sólo estoy enamorado de Cori, sino que estoy asombrado por ella. Por quién es, por lo que hace, y por quién me ayuda a ser. Ella es mi conexión con la realidad y, sin ninguna duda, la mejor razón para abandonar mi Tierra de Nunca Jamás es verla a ella al acabar cada día. C, gracias por corregir los originales; por participar de mis ideas; por soportarme; por creer en cada uno de nuestros sueños. Jill Kneering, amiga, agente, y sueño de cualquier escritor, quien abrazó y alimentó este libro desde el principio. Ella siempre me ha entendido como escritor, y su manera zen de abordar mis manuscritos es más que un simple placer, es magia pura; Elaine Rogers, por cuidar siempre tan bien de nosotros; Ike Williams, Hope Denekamp, Andrea Dudley, y toda la otra increíble gente que nos protege en la Hill & Barlow Agency.

También quiero agradecer a mis padres por la vida que me dieron en Brooklyn y todo el amor que me han dado siempre. Ellos fueron los primeros que me enseñaron la importancia de ser siempre yo mismo, y ellos son la razón de que yo esté hoy aquí; mi hermana, Bari, el Charlie de mi Oliver y el Oliver de mi Charlie. El amor que estos personajes se profesan entre ellos sólo es posible debido a la infancia maravillosamente loca que compartí con mi hermana; Bobby, Dale y Adam Flam y Ami y Matt Kuttler ayudan en todo aquello que necesita ayuda y siempre me hacen sentir en familia; Judd Winick, socio en el crimen, compañero maquinador de la trama, y el amigo que me aportó el momento «eureka» que fue la simiente de este libro. Judd, te ofrezco toda la salutación (como Hawkeye en el último «M*A*S*H»). Gracias, Max; Noah Kuttlei, una de las primeras personas a la que recurrí, por su notable paciencia, brillante intuición y su infinita capacidad para desafiarme como escritor. Me siento abrumado por lo que aporta a las novelas y, lo que es más importante, a nuestra amistad; Ethan y Sally Kline, quienes han demostrado que incluso un océano entre nosotros no impedirá que me ayuden en lo que necesito, desde preparar la edición hasta los cambios en la trama; Paul Brennan, Matt Oshinsky, Paulo Pacheco, Joel Rose y Chris Weiss hicieron que este libro se mantuviese honesto. Su energía es fundamental para todo lo que escribo y espero que sepan realmente cuán importantes son para mí. Hermanos, sin duda. Chuck y Leonor Cohen, nuestra familia en Washington, D. C., quienes dieron un nuevo significado a la expresión «abrieron su hogar» al ceder su casa para el proceso creativo. Sin su ayuda no hubiese podido acabar este libro.

Cuando comencé a escribir esta novela, fue la primera vez que tuve que meterme en un mundo sobre el que no sabía absolutamente nada. Por esa razón le debo una enorme gratitud a las siguientes personas por haberme puesto al día: sin ninguna duda. Jo Ayn Joey Glazer fue la mejor profesora de investigación que cualquiera puede desear. Ella me guió a través de los detalles, me arrastró por los callejones escondidos y dio vida a uno de mis personajes favoritos. Y, lo que es más importante, es una verdadera amiga; Len Zawitoswski y Rob Ward son unos investigadores asombrosos y unos tíos estupendos a quienes recurrí sin dudarlo un momento. Gracias por la trama y la planificación; Eljay Bowron, John Tomlinson, Greg Regan, Marc Connolly y Jim Mackin fueron mis guías en esa increíble organización que es el servicio secreto, y no puedo agradecerles lo suficiente la confianza que depositaron en mí. Ellos son los verdaderos tíos buenos y les respeto (y al servicio secreto) más de lo que imaginan; Bill Spellings, mi director de construcción de artilugios de alta tecnología, quien hace que James Bond sienta vergüenza; Robin Manix y Bob West, por dedicar tiempo a asegurarse de que yo tenía todos los detalles bancarios que necesitaba; Ashima Dayal, Tom DePont, Mike Higgins, Alex Khutorsky, David Leit, Mary Riley, Denis Russ, Jim Sloan, Don Stebbins y Ken Van Wyk contestaron todas mis preguntas, sin importarles cuán superfluas o estúpidas pudieran ser; Bill Warren y Deborah Warner en Disney, por su fantástica ayuda al llevarme entre bambalinas en el Reino Mágico. El lugar es sencillamente asombroso y agradezco muchísimo su apoyo; Chuck Vance y Larry Sheafe (que son los mejores), Bill Carroll, Andy Podolak y todas esas mentes prodigiosas en el Vanee International por enseñarme a seguir la pista de la gente; Richard Bert, Sheri James y toda las personas maravillosas en el FinCEN, quienes me enseñaron mucho acerca de los delitos financieros y la aplicación de la Icy; Glen Dershowitz, Joe Epstein, Rob Friedsam, Steven Heinemann, Roman Krawciw, Amanda Parness, P. J. Solit, GregStuppler y Jon Weiner, por guiarme a través del mundo financiero; John Byrne, Tom Lasich, Laura Mouck, Charles Nelson y Bob Powis, por sus agudas observaciones sobre los intrincados detalles del proceso de lavado de dinero; Chris Campos, Louis Digeronimo, Nancie Freitas, Mary Alice Hurst, Terry Lenzner, Ted O'Donnell, Rob Rusell, Robert Smith y Joseph T. Wells, quienes compartieron conmigo sus técnicas de investigación; Steve Bernd, David Boyd, Greg Hammond, Peter Mígala y Sean Rogers, que fueron la base de mi equipo de vigilancia de alta tecnología; Cindy Bonnette, Jeannine Butcavage, Vincent Conlon, Mike Martinson y Bill Spiro, por su enorme experiencia y pericia en la industria bancaria; Noel Hillman y Dan Gitner, por su asesoramiento legal; Cary Lubetsky, Eric Meier y Roger White, quienes me volvieron a presentar a mi ciudad natal; Sue Cocking, Greg Cohen, Jon Constine, Tom Deardorff, Edna Farley, Michele y Tom Heidenberger, Karen Kutger, Ray McAllister, Ken Robson, Sharon Silva-Lamberson, Joao Morgado, Debra Roberts, Sheryl Sandeberg, Tom Shaw, y mi padre, por guiarme a través del resto de los detalles; Rob Weisbach, por ser el primero en decir que sí; todos mis amigos masculinos (ya sabéis a quiénes me refiero…, si sonríes, estoy hablando de ti), por ser los hermanos que viven en este libro; y, como siempre, a mi familia y amigos, cuyos nombres habitan en estas páginas.

Por último, me gustaría agradecer a mi familia en Warner Books: Larry Kirschbaum, Maureen Egen, Tina Andreadis, Emi Battaglia, Karen Torres, Martha Otis, Chris Barba, la fuerza de trabajo de ventas más diligente del negocio del espectáculo, y el resto de la gente asombrosamente amable que siempre me hace sentir en casa cuando estoy allí. Mi sincero agradecimiento y un gran abrazo también para Jamie Raab, por su tremendo entusiasmo y por estar siempre alentando en nuestro rincón. Jamie, nunca podré agradecerte lo suficiente por hacernos miembros de la familia. Finalmente, quiero dar unas gracias masivas a mi editor, Rob McMahon, quien se encarga de todo el trabajo pesado. En pocas palabras, Rob es un príncipe entre los hombres. Su ímpetu editorial es tan honesto como su conducta, y sus sugerencias siempre me empujan a buscar aquello que es mejor. Gracias, Rob, por tu amistad y, lo que es más importante, por tu fe.

El veintitrés por ciento de las personas dicen que robarían si estuviesen seguras de que no les atraparían.

… Pero para vivir fuera de la ley, tienes que ser honesto.

Bob Dylan

1

Sé adónde voy. Y sé quién quiero ser. Por eso acepté este trabajo… y por eso, cuatro años más tarde, continúo soportando a los clientes. Y sus exigencias. Y sus montones de dinero. La mayor parte del tiempo simplemente desean discreción, que es, de hecho, la especialidad del banco. Otras veces, quieren un poco de… toque personal. Suena el teléfono y despliego todo mi encanto.

—Aquí Oliver —digo—. ¿En qué puedo servirle?

—¿Dónde coño está tu jefe? —una voz de sierra sureña me estalla en el oído.

—¿Perdón?

—¡No me joda, Caruso! ¡Quiero mi dinero!

Hasta que no pronuncia la palabra «dinero» no soy capaz de reconocer el acento. Tanner Drew, el promotor de rascacielos lujosos más importante de la ciudad de Nueva York y patriarca de la Oficina Familiar Drew. En el mundo de los individuos «que están en la cima», una oficina familiar es tan alta como tu fortuna. Rockefeller. Rothschild. Gates y Soros. Una vez contratada, la oficina familiar supervisa a todos los asesores, abogados y banqueros que administran el dinero de la familia. Profesionales que cobran para exprimir al máximo cada centavo. Ya no se habla más con la familia… hablas con la oficina. De modo que si el cabeza del clan me llama personalmente… estoy a punto de perder unos cuantos dientes.

—¿Aún no le ha llegado la transferencia, señor Drew?

—¡Ya puedes apostar que no me ha llegado, gilipollas! ¿Qué coño piensas hacer para solucionar el problema? ¡Tu jefe me prometió que el dinero estaría aquí a las dos! ¡A las dos! —grita.

Lo siento, señor, pero el señor Lapidus está…

—¡Me importa un huevo dónde está…! ¡El tío de
Forbes
me dio de plazo hasta hoy; yo le di a tu jefe ese plazo y ahora te estoy dando a ti ese mismo plazo! ¿Qué otra jodida cosa necesitamos discutir?

Siento la boca súbitamente seca. Todos los años, la revista
Forbes
presenta una lista con las cuatrocientas personas más ricas de Estados Unidos. El año anterior, Tanner Drew ocupó el puesto cuatrocientos tres. No le gustó nada. De modo que este año está decidido a subir un puesto. O tres. Lamentablemente para mí, lo único que se interpone en su camino es una transferencia de cuarenta millones de dólares a su cuenta personal que nosotros, aparentemente, aún no habíamos realizado.

—Espere un segundo, señor, yo…

—No te atrevas a hacerme esp…

Pulso el botón de llamada en espera y aguardo. Un minuto más tarde espero oír la voz de Judy Sklar, la secretaria de Lapidus. Lo único que escucho es un mensaje grabado. Con el jefe en un retiro de socios durante el resto del día, no hay razón alguna para que ella esté en su despacho. Cuelgo y vuelvo a intentarlo. Esta vez voy directamente a DEFCON Uno. El móvil de Henry Lapidus. A la primera llamada, nadie contesta. Sucede lo mismo con la segunda. Cuando suena por tercera vez sólo puedo mirar la luz roja que parpadea en mi teléfono. Tanner Drew sigue esperando.

Vuelvo a comunicarme con él y cojo mi móvil.

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