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Authors: Anne Michaels

Tags: #Drama, Relato

Piezas en fuga (5 page)

BOOK: Piezas en fuga
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Los soldados italianos que patrullaban Zakynthos no tenían ningún problema con los judíos de la zudeccha —el gueto. No encontraban razón alguna para molestar a una comunidad de trescientos años de antigüedad, una mezcla pacífica de judíos de Constantinopla, Izmir, Creta, Corfú e Italia. Al menos en Zakynthos, los macaronades parecían encontrar misteriosos los objetivos de los alemanes; vagueaban al calor del mediodía y cantaban a la puesta del sol que se rizaba sobre las olas. Pero cuando los italianos se rindieron la vida en la isla cambió de manera drástica.

Noche del 5 de junio de 1944. Voces nocturnas corren a través de la oscuridad susurrante de los campos: una mujer se vuelve hacia su marido, que ya duerme, para decirle que esperan otro hijo para Navidad; una madre llama a su hijo al otro lado del mar; promesas borrachas y amenazas de soldados alemanes en el kafenio de la capital de Zakynthos.

En la zudeccha están enterrando en la tierra bajo el piso de la cocina el
siddur
español de plata con goznes en el lomo, el
tal-lith
y las palmatorias. Entierran cartas a niños ausentes, fotografías. A pesar de que los hombres y las mujeres que colocan estos valiosos objetos bajo la tierra no lo han hecho nunca antes, cuando realizan los movimientos siglos de práctica les guían las manos, un ritual tan familiar como el Sabbath. Incluso el niño que llega corriendo a enterrar su juguete favorito, el perro con las ruedecitas de madera, para colocarlo en el hueco bajo el suelo de la cocina, parece actuar con conocimiento. Por toda Europa hay tesoros como éstos escondidos. Un trozo de encaje, un cuenco. Diarios de gueto que no se han encontrado nunca.

Después de enterrar los libros y las vajillas, la cubertería plateada y las fotografías, los judíos del gueto de Zakynthos desaparecen.

Se deslizan hacia las colinas, donde esperan como el coral; mitad carne, mitad piedra. Esperan en cuevas, en los cobertizos y los establos de amigos cristianos. En sus estrechos escondites los padres les cuentan a sus hijos lo que pueden, una maleta llena apresuradamente de historias familiares, de nombres de parientes. Los padres dan consejos sobre el matrimonio a sus hijos de cinco años. Las madres enseñan recetas no sólo de haroseth en plato Seder, sino también de mezedhes, de cholent así como de ahladi sto fuorno —membrillo al horno, de pastel de semillas de amapola y ladhera.

Toda la noche y el día y la noche, en el suelo junto al baúl de marinero, espero que Athos me haga la señal. Espero para encerrarme dentro. En el silencio caliente, de tanto escuchar me es imposible pensar o leer. Escucho hasta que me duermo, hasta que vuelvo a despertarme, escuchando.

Fue la noche en la que las familias de la zudeccha se escondieron cuando Ioannis, el hijo del viejo Martin, y su familia vinieron a casa. A la noche siguiente Ioannis les llevó a un escondite mejor, al otro lado de la isla. Al terminar la semana vino otra vez, con noticias. Estaba desolado. Su cara estrecha parecía aún más estrecha, como si la hubieran hecho pasar por el tubo de una pipa. Nos sentamos en el estudio de Athos. Athos le sirvió a Ioannis el último dedo de ouzo y luego rellenó el vaso con agua.

—La Gestapo ordenó al mayor Karrer que anotase el nombre y la profesión de todos los judíos. Karrer le llevó la lista al arzobispo Chrysostomos. El arzobispo le dijo: quema la lista. Entonces fue cuando llevaron el aviso a la zudeccha. Casi todo el mundo consiguió escapar la noche en que vinimos a vuestra casa. Al día siguiente las calles estaban desiertas. Fui a casa de mi padre pasando por el gueto. A la luz del día parecía imposible que cientos de personas hubieran podido desaparecer tan deprisa. Sólo se oía el susurrar de los árboles.

Ioannis apuró el vaso de una vez, echando hacia atrás la cabeza.

—Athos, ¿tú sabías que la familia de mi mujer es de Corfú? Vivían en la calle Velissariou, la calle Velissariou, cerca de Solomou…

Athos y yo esperamos. Las contraventanas estaban a medio cerrar, contra el sol. En el cuarto hacía mucho calor.

—El barco estaba abarrotado. Lo vi con mis propios ojos. Estaba tan lleno de judíos de Corfú que cuando arribó al puerto de Zakynthos los soldados no pudieron meter dentro ni un alma más. Los pocos que lograron reunir estaban esperando, pobres, bajo el sol de mediodía. ¡La señora Serenos, el viejo Constantine Caro! En la Platia Solomou, debajo de la mismísima nariz de la virgen, con las manos en alto por encima de la cabeza, a punta de pistola. Pero entonces el barco no se detuvo. Mi padre y yo esperamos al borde de la plaza, a ver qué hacían los alemanes. El señor Caro empezó a llorar. Pensaba que se había salvado, entiendes, todos lo pensábamos, no estábamos pensando con claridad, y no estábamos pensando que si se salvaban nuestros judíos era porque en su lugar se llevaban a los judíos de Corfú.

Ioannis se puso de pie, se sentó. Volvió a levantarse.

—El barco navegó sin pararse en el puerto. El arzobispo Chrysostomos pronunció una oración. La señora Serenos empezó a gritar, empezó a alejarse gritando que moriría en su propia casa, no en la piada con todos sus amigos mirando. Y le pegaron un tiro. Allí mismo. Allí mismo delante de todos nosotros. Delante de la tienda de Argyros donde hacía la compra… A veces le compraba un juguetito a Avramakis…, vivía en la acera de enfrente…

Athos se tapó los oídos con las manos.

—A los otros les subieron a un camión que se quedó toda la tarde en la platia abrasadora, rodeado de miembros de las SS bebiendo limonada. Estábamos pensando qué hacer, en hacer algo. Y de pronto el camión arrancó, en dirección a Keri.

—¿Qué les pasó?

—Nadie lo sabe.

—¿Y la gente del barco? ¿A ellos dónde los llevaban?

—Mi padre dice que quizá fuera a la estación de trenes de Larissa.

—¿Y Karrer?

—Nadie sabe dónde está, mi padre oyó que se escapó en kaiki la misma noche que nosotros vinimos aquí. El arzobispo se quedo con los judíos, quería meterse con ellos en el camión, pero los soldados no le dejaron. Estuvo de pie toda la tarde junto al camión, hablando con la pobre gente de dentro…

Hizo una pausa.

—Quizá Jakob no deba seguir oyendo.

Athos parecía indeciso.

—Ha oído tanto ya, Ioannis.

Pensé que Ioannis se iba a echar a llorar.

—Si estás buscando el gueto de Hania, el gueto cretense de dos mil años de antigüedad, búscalo a cien millas de la costa de Polegandros, en el fondo del mar…

Mientras hablaba la habitación se llenó de gritos. El agua ascendió a nuestro alrededor, las balas rasgando la superficie tras de aquellos que tardaban demasiado en ahogarse. Después el brillo azul y pacífico del Egeo volvió a cerrarse suavemente.

Después de un rato Ioannis se marchó. Les miré mientras Athos le acompañaba un trecho colina abajo. Cuando regresó, Athos se sentó a la mesa y escribió todo lo que Ioannis nos había contado.

Athos ya no me dejaba subirme al tejado por las noches.

Se había preocupado tanto por mantener un orden. Comidas regulares, clases diarias. Pero ahora nuestros días no tenían forma. Aún contaba historias, para intentar animarnos, pero no tenían rumbo. Que él y Nikos supieron de las cometas chinas y que volaron un dragón hecho a mano sobre el Cabo Spinari, mientras los niños del pueblo se situaban a lo largo de la costa, esperando turno para sentir el tirón de cordel. Que perdieron la cometa entre las olas… Todas sus historias se echaban a perder a la mitad, y nos recordaban al mar.

Lo único que calmaba a Athos era dibujar. Cuanto mayor era su desesperación, más obsesivamente dibujaba. Sacó de la estantería una copia maltrecha de las
Formas Elementales
de Blossfeldt y, con tinta y pluma, copiaba las fotografías ampliadas de plantas, con los tallos convertidos en peltre bruñido, los capullos en bocas carnosas de peces, las vainas en peludos pliegues de acordeón. Athos coleccionaba amapolas, lavatera, albahaca, retama, y las extendía sobre la mesa. Después las reflejaba con precisión en acuarela. Citaba a Wilson: «Las armonías de la naturaleza no pueden adivinarse». Mientras pintaba, me explicaba: «La retama crece en la Biblia. Hagar dejó a Ismael sobre una mata de retama, Elías yacía sobre retama cuando rogó que le llegara la muerte. Puede que fuera la zarza ardiente; incluso cuando el fuego se apaga, las ramas interiores siguen ardiendo». Cuando terminaba recogía lo que fuera comestible y lo usábamos para la cena. Lecciones importantes: observa con cuidado, anota lo que veas. Encuentra el modo de hacer necesaria la belleza; encuentra el modo de hacer bella la necesidad.

Al final del verano Athos se había recuperado lo suficiente como para insistir en que retomásemos las clases. Pero nos rodeaban los muertos, una aurora sobre el agua azul.

Por las noches me ahogaba contra la cara redonda de Bella, una cara de muñeca, inmóvil, inanimada, con el pelo flotándole a la espalda. Estas pesadillas, en las que mis padres y mi hermana se ahogaban con los judíos de Creta, continuaron durante años, continuaron hasta mucho después de mudarnos a Toronto.

A menudo en Zakynthos y más tarde en Canadá, tenía ausencias momentáneas. De pie junto a la nevera en nuestra cocina de Toronto, con la luz de la tarde derramándose en diagonal sobre el suelo, Athos me contestaba a algo que no recuerdo. Puede incluso que la respuesta no tuviera nada que ver con la pregunta. «Si te haces daño, Jakob, tendré que hacerme daño yo. Me habrás demostrado que mi amor por ti es inútil».

Athos me dijo: «No puedo salvar a un niño de un edificio en llamas. Lo que tiene que pasar es que él me salve a mí del intento; tiene que saltar al suelo».

Mientras estuve escondido en la luz radiante de la isla de Athos, hubo miles que se asfixiaron en la oscuridad. Mientras yo estuve escondido en el lujo de una habitación, hubo miles hacinados en hornos de tahona, cloacas, cubos de basura. En los huecos de los dobles techos donde sólo es posible arrastrarse, en establos, pocilgas, gallineros. Un niño de mi edad se escondió en un cajón de embalaje; a los diez meses estaba ciego y mudo, con los miembros atrofiados. Una mujer permaneció de pie en un armario durante un año y medio, sin sentarse jamás, con la sangre reventándole las venas. Mientras vivía con Athos en Zakynthos, aprendiendo griego e inglés, aprendiendo geología, geografía y poesía, los judíos rellenaban las esquinas y las grietas de Europa, cualquier sitio disponible. Se enterraron en tumbas extrañas, cualquier espacio en que les cupiese el cuerpo, absorbiendo más espacio del que les estaba asignado en el mundo. Yo eso no lo sabía mientras estuve en Zakynthos, que a un judío se le compraba por un litro de coñac, o quizá por un kilo y medio de azúcar, por cigarrillos. No sabía que en Atenas les estaban acorralando en la «Plaza de la Libertad». Que las hermanas del convento de Vilna estaban disfrazando de monjas a los hombres para que suministrasen munición a la resistencia. En Varsovia una enfermera se escondía niños debajo de la falda al pasar por las puertas del gueto, hasta que una tarde —mientras descendía un crepúsculo suave sobre aquellas calles infestadas de tifus, infestadas de piojos— pillaron a la enfermera, tiraron al niño al aire y le dispararon como si fuera una lata, a la enfermera le dieron la «píldora nazi»: una bala en la garganta. Mientras Athos me hablaba de los vientos anabáticos y catabáticos, del humo ártico y del Espectro del Brocken, yo no sabía que a los judíos les estaban colgando de los pulgares en las plazas públicas. No sabía que cuando había demasiados para el horno, quemaban cadáveres en fosas abiertas, llamas avivadas con grasa humana. Yo esto no lo sabía mientras escuchaba las historias de los exploradores en los lugares limpios de la tierra (cubiertos de nieve, erizados de sal) y dormía en un sitio limpio, que había hombres desenredando piernas y brazos, la carne de amigos y vecinos, de esposas e hijas, deshaciéndose entre sus manos.

En septiembre de 1944 los alemanes abandonaron Zakynthos. La música que surgía del pueblo revolvía el aire a través de las colinas, frágil como una radio a lo lejos. Un hombre fue cabalgando de punta a punta de la isla, y sus gritos agudos y una bandera griega iban chasqueando por encima de su cabeza. Aquel día no salí de casa, aunque bajé al piso inferior y me asomé al jardín. A la mañana siguiente Athos me pidió que me sentara con él a la puerta de casa. Sacó dos sillas. La luz del sol chillaba desde todas partes. Los ojos se me agitaban como cencerros dentro del cráneo. Me senté con la espalda pegada a la casa y me miré. Las piernas no me pertenecían; flacas como dos cuerdas anudadas en las rodillas, la piel colgando donde antes había músculo, delicada bajo aquella potente luz. El calor apretaba. Después de un rato Athos me condujo, zumbado, al interior de la casa.

Me fui fortaleciendo, cada día iba más lejos subiendo y bajando la colina. Por fin fui caminando con Athos al pueblo de Zakynthos, que refulgía como si hubieran roto un huevo sobre los detalles venecianos y el brillo se hubiese derramado sobre el yeso blanco y amarillo pálido. Athos lo había descrito tantas veces: los setos de membrillo y de granada, el camino de cipreses. Las calles estrechas con la colada secándose en los balcones de rejilla, la vista del Monte Skopos, con el convento Panayia Skopotissa. La estatua de Solomos en la plaza, la fuente de Nikos.

Athos me presentó al viejo Martin. Ahora había tan poco que vender que su tienda diminuta estaba casi vacía. Me recuerdo junto a un estante donde había unas pocas cerezas dispersas, como rubíes sobre papel marfil. Durante las ocupaciones el viejo Martin había intentado satisfacer los antojos de sus patrones. Esta era su resistencia privada. Hacía trueques secretos con capitanes de barco para lograr manjares por los que él sabía que un cliente suspiraba. Así, astutamente, elevaba los ánimos. Seguía la pista de las despensas de la comunidad con la eficacia de un proveedor de hotel elegante. Martin sabía quién compraba comida para los judíos escondidos después de abandonar el gueto, e intentaba guardar fruta y aceite extra para las familias con hijos pequeños. El Santo Patrón de los Comestibles. El pelo corto del viejo Martin se levantaba en diversas direcciones. Si el pelo de Athos era como una mina de plata, el de Martin era tan blanco y escarpado como el cuarzo. Sus manos artríticas y nudosas temblaban al alcanzar deliberadamente un higo o un limón, sosteniendo uno sólo de cada vez. En aquellos días de escasez su cuidado tembloroso parecía apropiado, el reconocimiento al valor de una sola ciruela.

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