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Authors: Anne Michaels

Tags: #Drama, Relato

Piezas en fuga (3 page)

BOOK: Piezas en fuga
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Athos tenía cincuenta años cuando nos encontramos en Biskupin. Su apostura era sencilla, era corpulento pero no pesado, y tenía el pelo canoso, del tono de una buena mina de plata. Le miraba peinarse, humedeciéndose el pelo sobre el cráneo, creando surcos profundos. Seguía escudriñando, como si estuviese observando una demostración científica, el modo en que el pelo se le espesaba como la espuma al secarse, el modo en que se le iba expandiendo despacio la cabeza.

Su estudio estaba abarrotado de muestras de rocas, fósiles, fotografías sueltas de lo que a mí me parecían paisajes anodinos. Yo me dedicaba a curiosear, cogiendo cualquier pedazo o fragmento de aspecto vulgar. «Ah, Jakob, lo que tienes en la mano es un trozo de hueso de la mandíbula de un mastodonte…, eso es corteza de un árbol de treinta y cinco millones de años…»

Yo dejaba en su sitio inmediatamente lo que tuviera en la mano; escaldado por el tiempo. Athos se reía de mí: «No te preocupes, a una roca que ha sobrevivido tanto tiempo no puede hacerle daño la curiosidad de un niño».

Siempre tenía sobre la mesa una taza de café —schetos— negro y fuerte. Durante la guerra, cuando se quedó sin existencias, volvía a utilizar las mismas borras hasta que dijo que ya no quedaba ni un átomo de sabor. Después intentó, en vano, disfrazar una mezcla insulsa de achicoria, diente de león y semillas de loto, y la seguía preparando en su
briki
de cobre taza a taza, un químico experimentando con las proporciones.

Bella hubiera dicho que Athos era igual que Beethoven, que contaba exactamente los sesenta granos que se debían utilizar para cada taza. Bella lo sabía todo acerca de su maestro. A veces se hacía un moño en la coronilla, se ponía el abrigo de mi padre (que en Bella resultaba ser el abrigo de un payaso, con las mangas colgándole por debajo de las puntas de los dedos) y le pedía prestada su pipa apagada. Mi madre preparaba complaciente la comida favorita del compositor: fideos con queso (aunque no parmesano) o patatas con pescado (aunque no del Danubio). Bella bebía agua de manantial, de la que Ludwig, por lo visto, engullía cantidades ingentes —una predilección que agradaba a mi padre quien, en estas representaciones con vestuario, establecía el límite en la afición de Beethoven por la cerveza.

Después de cenar, Bella se levantaba de la mesa empujando la silla y corría hacia el piano. Cuando se quitaba el gran abrigo de mi padre se despojaba de toda comedia. Se sentaba, recogiéndose, atrapada como un camafeo en el ámbar de la lámpara del piano. Durante la cena elegía en secreto la música, habitualmente lenta y romántica, anhelante y pesarosa; a veces, si se sentía especialmente amable conmigo, elegía «Luz de Luna». Después mi hermana se ponía a tocar, borracha y precisa, intentando mantener una línea recta mientras daba bandazos de pasión, y mi madre retorcía entre las manos un paño de cocina, poseída por el orgullo y la emoción, y mis padres y yo nos quedábamos sentados, asombrados otra vez por la transformación de la tonta de nuestra Bella.

Esperaron hasta que yo estuviera dormido y entonces se levantaron, agotados como nadadores, grises entre los árboles vacíos. Mechones de pelo, heridas abiertas donde antes había orejas, gusanos retorciéndose al salirles del pecho. Las sobras grotescas de unas vidas incompletas, la complejidad corpórea de unos deseos eternamente denegados. Flotaron hasta que se hicieron más pesados y comenzaron a andar, forzando la respiración para lograr la humanidad; hasta que se volvieron más humanos que fantasmales y el esfuerzo les hizo ponerse a sudar. Su afán se derramaba de mi propia piel hasta que desperté chorreando sus muertes. Sueños diurnos repitiéndose de manera nauseabunda —un gesto trivial incesantemente recordado. Mi madre, después de los decretos, expulsada por un tendero, luego inclinándose a recoger la bufanda que se le había caído en el umbral de la puerta. En mi cabeza toda su vida parecía concentrada telescópicamente en ese único momento, agachándose una y otra vez enfundada en su grueso abrigo azul. Mi padre de pie en la puerta esperando que me anudara los cordones de los zapatos, mirando el reloj. Jugando a tirar piedras al río con Mones, limpiándonos el barro de los zapatos con las largas briznas de hierba. Bella pasando las páginas de un libro.

Intentaba recordar detalles corrientes, las partituras junto a la cama de Bella, sus vestidos. El aspecto del taller de mi padre. Pero en las pesadillas la imagen real no se mantenía el tiempo suficiente como para poder observarla, todo se derretía. O me acordaba del nombre de un compañero de la escuela pero no de su cara. De una prenda de vestir pero no de su color.

Al despertar, mi angustia era específica: la posibilidad de que fuera tan doloroso para ellos ser recordados como lo era para mí el recordarlos; que yo era el fantasma de mis padres y de Bella, que con mis llamadas les sobresaltaba e interrumpía el sueño de sus camas negras.

Escuchaba las historias de Athos en inglés, en griego, de nuevo en inglés. Al principio las oía con una cierta distancia, un murmullo incomprensible que oía tumbado boca abajo sobre la alfombra, ansioso o abatido durante las largas tardes. Pero pronto reconocí las mismas palabras y empecé a reconocer la misma emoción en la voz de Athos cuando hablaba de su hermano. Me apoyaba sobre la tripa para poder verle la cara y llegado un momento me senté más erguido para aprender.

Athos me habló de su padre, un hombre que durante la mayor parte de su vida despreció la tradición, que había educado a sus hijos más al estilo europeo que al griego. Los parientes maternos de su padre habían sido miembros destacados de la gran comunidad griega de Odessa y sus tíos se movían en los círculos sociales de Viena y Marsella. Odessa, que no estaba lejos del pueblo en el que nació mi padre; Odessa, donde, mientras Athos contaba estas historias, estaban empapando con gasolina a treinta mil judíos para quemarlos vivos. Su familia había amasado una fortuna trasladando por barco los valiosos tintes rojos para zapatos y telas desde el Monte de Ossa a Austria. De su padre, Athos aprendió que todo río es la lengua del comercio, que encuentra primero debilidades geológicas y luego económicas y que después se introduce, aviesa, en los continentes. El mismo Mediterráneo, según me recordaba, había seducido a la piedra para labrarse un camino —«el mar interior», la matriz de Europa. El hermano mayor de Athos, Nikolaos, murió a los dieciocho años en un accidente de tráfico en La Haya. Poco después su madre cayó enferma y murió. El padre de Athos estaba convencido de que la familia estaba siendo castigada por su propio pecado, al haber descuidado los orígenes de los Roussos. De modo que regresó a su pueblo natal, el lugar en el que también había nacido su padre. Una vez allí pavimentó la plaza mayor y construyó una fuente pública en honor a Nikos.

Y aquí fue adonde me trajo Athos: la isla de Zakynthos, llena de cicatrices de terremotos. Su oeste árido y su este fértil. Sus arboledas de olivos, higueras, naranjos, limoneros. Acacias, amarantos, sicamores. Estas fueron las cosas que yo no vi. Desde mis dos pequeñas habitaciones la isla resultaba tan inaccesible como otra dimensión.

Zakynthos: Homero, Estrabón, Plinio la nombraron con afecto. Veinticinco millas de largo por doce de ancho, sus colinas más altas se elevan a mil quinientos pies sobre el nivel del mar. Un puerto en la ruta marítima entre Venecia y Constantinopla. Zakynthos fue la isla en la que nacieron nada menos que tres poetas bien amados —Foscolo, Kalvos y Solomos, que escribió la letra del himno nacional a los veinticinco años. La plaza está presidida por una estatua de Solomos. Nikos guardaba un cierto parecido con el poeta, y cuando Athos era niño pensaba que la estatua había sido erigida para honrar la memoria de su hermano. Quizá ése fue el origen del amor de Athos por la piedra.

Cuando Athos y su padre regresaron a Zakynthos después de las muertes de Nikos y de su madre, fueron de excursión una noche al cabo Gerakas a observar cómo las tortugas marinas ponían sus huevos en la playa. «Visitamos las salinas de Alykes, los viñedos de pasas a la sombra de las montañas Vrachionas. Estaba solo con mi padre. Nada podía consolarnos. Frente a la gruta azul y en los pinares permanecíamos de pie en silencio». Durante dos años, hasta que Athos no pudo seguir evitando la escuela, fueron inseparables.

«Mi padre me llevaba con él mientras hacía negocios con los armadores de la bahía de Keri. Les observaba calafatear las costuras de los tablones extrayendo el alquitrán de las fuentes que surgen burbujeando de la playa negra. Vimos un hombre en el muelle que conocía a mi padre. Tenía los músculos de los brazos abultados como ochos gigantescos, el pelo de regaliz derretido por el sudor, estaba manchado de alquitrán. Pero hablaba katharevousa, la variante elevada del griego, como un rey. Después mi padre me regañó por mis malos modales; le había estado mirando fijamente. ¡Pero era como si su voz fuera la de un ventrílocuo! Cuando dije eso mi padre se enfadó de verdad. Fue una lección que no olvidé nunca. Una vez, en Salónica, mi padre me dejó al cuidado de un hamal, un estibador. Me senté sobre un noray y escuché los cuentos fantásticos del hamal. Me contó la historia de un barco que se había hundido completamente y que después ascendió de nuevo a la superficie. Lo había visto con sus propios ojos. Llevaba un cargamento de sal y cuando ésta se disolvió en la bodega el barco emergió de golpe. Esa fue la primera vez que me tropecé con la magia de la sal. Cuando mi padre me recogió le ofreció dinero al hombre por haberse ocupado de mí. El hombre se negó. Mi padre dijo, «ese hombre es hebreo y lleva consigo el orgullo de su gente». Más tarde descubrí que la mayoría de los hombres que trabajaban en los muelles de Salónica eran judíos y que el yehudi mahallari, el barrio hebreo, estaba construido a lo largo del puerto.

«¿Sabes qué más me dijo el hamal, Jakob? “El gran misterio de la madera no es que arda, sino que flote.”»

A través de las historias de Athos fui alejándome gradualmente de mi propio pasado. Noche tras noche, su vívido alucinógeno se derramaba gota a gota sobre mi imaginación, diluyéndome la memoria. El yiddish también, una melodía devorada gradualmente por el silencio.

Athos sacaba libros de las estanterías y me leía. Yo me sumergía en las espléndidas ilustraciones. Su biblioteca era antigua, una biblioteca madura, en la que la seriedad ha dejado paso a caprichos juveniles. Había libros sobre la navegación y el camuflaje animales, sobre la historia del cristal, sobre los gibones, sobre la pintura japonesa de pergamino. Había libros sobre iconos, sobre insectos, sobre la independencia de Grecia. Botánica, paleontología, madera hinchada por el agua. Poesía, con hojas de encuadernación capaces de hipnotizarme. Solomos, Seferis, Palamas, Keats. Las
Baladas de agua salada
de John Masefield, un regalo para Athos de su padre.

Me leía de una biografía de Clusius, un botánico flamenco del siglo XVI, que, buscando plantas, se fue de expedición a España y a Portugal, donde se rompió una pierna, y luego un brazo, porque se cayó del caballo sobre un arbusto espinoso al que puso el nombre de Erinacea, escoba de puerco espín. De maneras similares se tropezó con doscientas especies nuevas. Y también de la biografía de John Sibthorpe, que viajó a Grecia para encontrar todas y cada una de las seiscientas plantas descritas por Dioscórides. En su primer viaje se topó con plagas, guerras y rebeliones. En el segundo, viajó con un colega italiano, Francesco Boroni (inmortalizado gracias al arbusto boronio). Contrajeron unas fiebres en Constantinopla, llegaron examinando plantas a la cumbre del monte Olimpo y escaparon de piratas bereberes. Después, en Atenas, Boroni se quedó dormido junto a una ventana abierta, se cayó, y se rompió el cuello. Sibthorpe continuó el trabajo solo hasta que se puso enfermo en las ruinas de Nicopolis. Se arrastró hasta su casa y murió en Oxford. Sus trabajos se publicaron postumamente, todos excepto sus cartas, que se quemaron accidentalmente, confundidas con basura.

Durante cuatro años estuve confinado en habitaciones pequeñas. Pero Athos me dio otro reino que habitar, tan grande como el globo y tan capaz de expandirse como el tiempo.

Gracias a Athos, pasaba horas en otros mundos y emergía luego chorreando, como salido del mar. Gracias a Athos, nuestra pequeña casa se convertía en un nido de cuervo, una turbera de Vinland. Dentro de la cueva de mi cráneo témpanos de hielo monstruosos hacían que se balancearan los océanos, en los que navegaban barcas de pieles. Había marineros colgados del palo de mesana y cuerdas hechas a base de pellejos de morsa. Los vikingos remaban por los enormes ríos de Rusia. Los glaciares dragaban sus estelas terribles a través de cientos de millas. Visité la «ciudad celestial» de Marco Polo con sus doce mil puentes, y navegué con él pasado el Cabo de Perfumes. En Tombuctú intercambiamos sal por oro. Supe de bacterias de tres mil millones de años de antigüedad, y de cómo se extrae el musgo esfágneo de los pantanos y se utiliza como vendaje quirúrgico para los soldados heridos porque no contiene ninguna bacteria. Supe que Teofrasto pensaba que los peces fósiles habían nadado hasta las cimas de las montañas siguiendo ríos subterráneos. Supe que se habían encontrado fósiles de elefante en el Ártico, fósiles de helecho en la Antártida, fósiles de reno en Francia, fósiles de buey almizclado en Nueva York. Escuché el relato de Athos sobre los orígenes de las islas, cómo un continente puede estirarse hasta que se quiebra en los puntos más débiles, y que esos puntos más débiles se llaman fallas. Cada isla representaba una victoria y una derrota: o bien tira y se libera o bien tira con demasiada fuerza y descubre que se ha quedado sola. Más tarde, cuando estas islas envejecen, convierten su desgracia en virtud, aprenden a aceptar que son escarpadas, que sus costas son deformes, melladas en el lugar del desgarro. Adquirían gracia —un poco de hierba, una playa suavizada por las mareas.

A mí me paralizaba el asombro de cómo el tiempo se arrugaba, cómo se tropezaba consigo mismo en pliegues y dobleces; me quedaba mirando un libro con la imagen de un imperdible de la edad de bronce —un diseño simple que no había variado en miles de años. Me quedaba mirando unos fósiles de plantas llamados crinoides que parecían un cielo nocturno grabado al agua fuerte sobre una roca. Athos decía: «A veces no puedo mirarte a los ojos; eres como un edificio que se ha quemado por dentro, cuyos muros exteriores permanecen». Yo me quedaba mirando los dibujos de cuencos, cucharas, peines prehistóricos. Volver atrás un año o dos era imposible, absurdo. Volver atrás milenios —¡ah! Eso… no era nada.

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