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Authors: Christopher McDougall

Nacidos para Correr (2 page)

BOOK: Nacidos para Correr
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TODO COMENZÓ con una pregunta sencilla que nadie podía responder. Era un acertijo de seis palabras que me llevó hasta la foto de un hombre veloz que vestía una falda muy corta, y a partir de ahí el asunto se volvió cada vez más extraño. No mucho después, me encontré tratando con un asesino, guerrillas de narcotraficantes y un hombre con un solo brazo y un bote de queso crema atado a la cabeza. Conocí a una preciosa guardabosques rubia que se deshizo de su ropa y encontró la salvación corriendo desnuda por los bosques de Idaho, y a una joven surfista con coletas que corrió directa hacia la muerte en pleno desierto. Un talentoso y joven corredor moriría. Otros dos se salvarían por los pelos.

Seguí buscando y cruzándome en el camino con Batman Descalzo… El Tipo Desnudo… Bosquimanos del Kalahari… El Amputado de la Uña del Pie… una secta consagrada a carreras de larga distancia y fiestas sexuales… El Hombre Salvaje de las Montañas Blue Ridge… y, finalmente, la antigua tribu de los tarahumaras y su misterioso discípulo, Caballo Blanco.

Al final, obtendría mi respuesta, pero sólo después de encontrarme en medio de la más grande carrera que el mundo jamás había visto: la mayor competición de carreras a pie, un enfrentamiento clandestino en el que compitieron algunos de los mejores corredores de ultramaratón de nuestros tiempos contra los mejores corredores de
todos
los tiempos, una carrera de cincuenta millas por caminos ocultos hasta entonces sólo transitados por los tarahumaras. Me sorprendí al descubrir que el viejo proverbio del Tao Te Ching: “El buen caminante no deja huellas”, no era un sutil
koan
[1]
sino un consejo de entrenamiento real y concreto.

Y todo porque en enero de 2001 le pregunté a mi doctor:

—¿Por qué me duele el pie?

Había ido a ver a uno de los mejores especialistas en medicina deportiva del país porque un picahielos invisible me estaba atravesando la planta del pie. La semana anterior había salido al campo nevado para correr unas meras tres millas cuando de pronto lancé un aullido de olor, sujetándome el pie derecho y lanzando maldiciones mientras me derrumbaba sobre la nieve. Cuando logré controlarme, eché un vistazo a mi pie para ver cuánto estaba sangrando. Me habría atravesado el pie una roca afilada, pensé, o habría sido un viejo clavo incrustado en el hielo. Pero no había ni una gota de sangre, ni agujero alguno en la suela de la zapatilla.

—Su problema es que corre —me confirmó el doctor Joe Torg cuando llegué cojeando a su consulta unos días después.

Él debía saberlo. El doctor Torg no sólo había ayudado a crear la especialidad misma de medicina deportiva sino que era el coautor de
The Running Athlete
, el más completo análisis radiográfico de todas las posibles lesiones relacionadas con el correr. Me hizo unas pruebas de rayos X y me observó cojear un poco, para luego determinar que me había lesionado el cuboides, un grupo de huesos paralelo al arco del pie cuya existencia yo ignoraba hasta que se las ingenió para reconvertirse en una especie de Taser
[2]
interno.

—Pero si corro muy poco —dije—. Algo así como dos o tres millas cada dos días. Y ni siquiera sobre el asfalto, corro sobre todo en caminos de tierra.

No importa.

—El cuerpo humano no está diseñado para soportar esa clase de abuso —respondió el doctor Torg—. Especialmente
su
cuerpo.

Sabía exactamente lo que quería decir. Dado que mido 6 pies y peso 230 libras me han dicho muchas veces que la naturaleza pretendía que los tipos de mi tamaño nos colocáramos debajo del aro de baloncesto o detuvierámos las balas dirigidas al presidente del país, no que sacudiéramos el pavimento con nuestros corpachones. Y desde que había llegado a los cuarenta, había empezando a comprender por qué. En los cinco años desde que había dejado de jugar baloncesto para intentar convertirme en maratonista, me había desgarrado los ligamentos (dos veces), estirado el tendón de Aquiles (repetidas veces), torcido los tobillos (ambos, alternamente), sufrido dolores en el arco del pie (regularmente) y tenido que bajar escaleras de espaldas y en puntas de pie porque tenía los talones destrozados. Y ahora, aparentemente, el último punto dócil de mis pies se había unido a la rebelión.

Lo extraño era que, aparte de eso, yo parecía indestructible. Dado que soy escritor para la revista
Men’s Health
, además de uno de los columnistas originales de la sección “Hombre Inquieto” de
Esquire
, buena parte de mi trabajo ha requerido experimentar con deportes semiextremos. He descendido por aguas rápidas de clase IV en una tabla de
bodyboard
, hecho
sandboard
en dunas enormes y conducido una bicicleta de montaña a través de las tierras baldías de Dakota del Norte. También he sido corresponsal de tres guerras distintas para la Associated Press, además de haber pasados unos cuantos meses en las regiones más inhóspitas de África, todo sin el menor rasguño. Pero resulta que corro unas pocas millas y, de pronto, me estoy revolcando en el suelo de dolor como si una bala perdida me hubiera penetrado el abdomen.

En cualquier otro deporte, un indice de lesiones como este me convertiría en un caso anormal. Entre los corredores es lo habitual. Los mutantes de verdad son aquellos corredores que
no
se lesionan. Hasta ocho de cada diez se lastiman
cada año
. No importa cuánto pesas, si eres rápido o lento, un campeón de maratones o tan sólo resoplas un poco los fines de semana, tienes tantas probabilidades como cualquier otro de destrozarte las rodillas, canillas, ligamentos, cadera o talones. La próxima vez que estés por empezar la carrera del Turkey Trot,
[3]
echa un vistazo a tu derecha e izquierda: según las estadísticas, sólo uno de ustedes regresará para la carrera del Jingle Bell.
[4]

Ningún invento ha podido reducir la carnicería. Hoy en día es posible comprar zapatillas para correr con resortes de acero incorporados a la suela o unas Adidas que ajustan la amortiguación de tus pisadas gracias a un microchip, pero el índice de lesiones no ha bajado ni un ápice en treinta años. Por el contrario, ha aumentado; las roturas de tendón de Aquiles han incrementado en un diez por ciento. Correr parecería ser la versión atlética de conducir en estado de ebriedad: puedes salir ileso durante un tiempo, quizá incluso te diviertas, pero el desastre está esperándote a la vuelta de la esquina.

“Vaya sorpresa”, comenta sarcásticamente la medicina deportiva. Aunque no exactamente de esa forma. Más bien así: “Los atletas cuyo deporte involucra correr ponen una enorme presión sobres sus piernas”. Es por ello que el
Sports Injury Bulletin
ha dicho: “Cada pisada golpea cada una de sus piernas con una fuerza equivalente al doble de su masa corporal. De la misma manera que un martilleo constante en una roca de apariencia impenetrable eventualmente la convertirá en polvo, la carga del impacto relacionado con correr puede en última instancia dañar tus huesos, cartílagos, músculos, tendones y ligamentos”.

Un informe de la Asociación Americana de Cirujanos Ortopédicos concluye que las carreras de larga distancia son “una amenaza intolerable a la integridad de la rodilla”. Y en lugar de golpear una “roca impenetrable”, estamos castigando uno de los puntos más sensibles de nuestro cuerpo. ¿Sabes qué tipo de terminaciones nerviosas se encuentran en tus pies? Las mismas que interconectan tus genitales. Tus pies son como un balde de pesca lleno de neuronas sensoriales, todas ellas retorciéndose en busca de sensaciones. Estimula esas terminaciones nerviosas sólo un poco y el impulso se disparará a través de todo tu sistema nervioso; es por esto que las cosquillas en las plantas de los pies pueden sobrecargar la base de control y causarte un espasmo en todo el cuerpo.

No es de extrañar que los dictadores sudamericanos tengan una debilidad por los pies cuando se trata de doblegar voluntades férreas; el “bastinado,” una técnica de tortura que implica atar a la víctima y azotarle las plantas de los pies, fue desarrollado por la Inquisición española y después adoptado con entusiasmo por los sádicos más enfermizos del mundo. Los Jemeres Rojos y el siniestro hijo de Saddam Hussein, Uday, fueron grandes aficionados al bastinado, ya que conocían bien su anatomía. Únicamente el rostro y las manos pueden compararse con los pies en su habilidad para la mensajería instantánea con el cerebro. Cuando se trata de percibir la caricia más delicada o el más diminuto grano de arena, tu dedo gordo del pie está tan bien equipado como tus labios o las yemas de tus dedos.

—Entonces, ¿no hay nada que pueda hacer? —pregunté al doctor Torg.

Se encogió de hombros.

—Puedes seguir corriendo, pero volverás por más de estas —dijo, golpeando con la punta del dedo la enorme aguja llena de cortisona que estaba a punto de clavarme en la planta del pie.

También iba a necesitar unas plantillas ortopédicas ($400) para introducir en mis zapatillas de control de movimiento ($150 o más, y dado que necesito un par extra para alternarlos, digamos $300). Pero todo esto tan solo pospondría el artículo verdaderamente costoso: mi próxima e inevitable visita a su consultorio.

—Ahora, ¿qué le recomiendo? —concluyó el doctor Torg—. Cómprese una bicicleta.

Le di las gracias, prometiendo seguir sus consejo, e inmediatamente después acudí a otro médico a sus espaldas. El doctor Torg estaba haciéndose mayor, comprendí; quizás se había vuelto algo conservador en sus recetas y algo demasiado rápido a la hora de administrar cortisona. Un médico amigo me recomendó un podólogo que era además maratonista, así que solicité una cita para la siguiente semana.

El podólogo me tomó otra placa de rayos X, luego me exploró el pie con sus pulgares.

—Parece que tiene el síndrome del cuboides —concluyó—. Puedo combatir la inflamación con un poco de cortisona, pero va a necesitar plantillas ortopédicas.

—Demonios —mascullé—. Es justo lo que me dijo Torg.

Había empezado a dejar la habitación en busca de una aguja, pero se detuvo de pronto.

—¿Ha visto ya a Joe Torg?

—Sí.

—¿Ha recibido ya una inyección de cortisona?

—Hmm, sí.

—Entonces, ¿qué hace aquí? —preguntó, impaciente y algo desconfiado de repente, como si pensara que yo realmente disfrutaba recibir pinchazos de aguja en la parte más sensible de mi pie. Quizá sospechaba que yo era un toxicómano sadomasoquista, adicto al dolor y a los analgésicos.

—¿Es consciente de que el doctor Torg es el
padrino
de la medicina deportiva? Sus diagnósticos son normalmente muy respetados.

—Lo sé. Tan sólo quería una segunda opinión.

—No voy a ponerle más cortisona, pero podemos arreglar una cita para tomar las medidas de las plantillas ortopédicas y debería pensar en encontrar otro deporte que no sea correr.

—Suena bien —dije.

El ortopedista era mejor corredor de lo que yo sería nunca y acababa de confirmar el veredicto de otro médico, a quien de buena gana se refería como el
sensei
de los especialistas en medicina deportiva. No había discusión alguna acerca de su diagnóstico. Así que empecé a buscar otro médico. No es que yo sea así de testarudo. Ni siquiera es que esté tan loco por correr. Si sumo todas las millas que he corrido, la mitad fueron un doloroso suplicio. Pero quizá diga algo el que, pese a no haber leído
El mundo según Garp
en veinte años, no haya olvidado una pequeña escena y no precisamente la que ustedes creen: me refiero a la manera en que Garp saltaba por la puerta en medio de un día laboral para echar una carrera de cinco millas. Hay algo tan universal en esa sensación, la forma en que correr reúne dos de nuestros impulsos más primarios: el miedo y el placer. Corremos cuando estamos asustados, corremos cuando estamos extasiados, corremos huyendo de nuestros problemas y correteamos en busca de diversión.

Y cuando las cosas empeoran, corremos más. En tres ocasiones, Estados Unidos ha visto ascender enormemente las carreras de larga distancia, y las tres veces han tenido lugar en medio de una crisis nacional. El primer boom ocurrió durante la Gran Depresión, cuando más de doscientos corredores impusieron la tendencia corriendo cuarenta millas diarias a través del país en la denominada Great American Footrace. Correr luego decayó, para volver a ponerse de moda en los años setenta, cuando el país luchaba por recuperarse de Vietnam, la Guerra Fría, las revueltas raciales, un presidente criminal y el asesinato de tres líderes amados. ¿Y el tercer boom? Un año después de los ataques del 11 de septiembre, las carreras de montaña se convirtieron de pronto en el deporte al aire libre de más rápido crecimiento en el país. Quizá fue una coincidencia. O quizá hay un disparador en la psique humana, una respuesta codificada que activa nuestra primera y mejor habilidad de supervivencia cuando sentimos a depredadores acercándose. En términos de liberación de estrés y placer sensual, correr es lo que tienes en tu vida antes de conocer el sexo. El equipo y el deseo vienen de fábrica, todo lo que necesitas es ponerte en marcha y disfrutar del viaje.

Eso es lo que yo estaba buscando; no un pedazo de plástico caro para meter en mi zapatilla, ni una dosis mensual de analgésicos, tan sólo una manera de ponerme en marcha sin romperme en pedazos. Yo no adoraba correr, pero
quería
hacerlo. Y eso fue lo que me llevó a la puerta de un tercer médico: la doctora Irene Davis, experta en biomecánica y jefa de la Running Injury Clinic (Clínica de lesiones relacionadas con el correr) de la Universidad de Delaware.

La doctora Davis me colocó sobre una cinta de correr, primero descalzo y luego con tres tipos diferentes de zapatillas. Me hizo correr, trotar y correr a toda prisa. Me hizo caminar de aquí para allá sobre unas plataformas de fuerza para medir el impacto de mis pisadas. Luego observé horrorizado el video. En la imagen mental que me he hecho, soy tan ligero y veloz como un navajo cazando. El tipo de la imagen, sin embargo, era el monstruo de Frankenstein intentando bailar tango. Me balanceaba tanto que mi cabeza desaparecía de la parte superior del cuadro. Mis brazos se zarandeaban hacia adelante y atrás como un árbitro señalando
safe
en la base de
home
, mientras que mis pies número 12 caían tan pesados que sonaba como si el video tuviera de fondo un redoble de bongós. Por si esto fuera poco, la doctora Davis puso el video en cámara lenta, así que pudimos fijarnos con detenimiento y apreciar la manera en que mi pie derecho se torcía hacia fuera, mi rodilla izquierda se hundía y mi espalda se encorvaba y sacudía de tal forma que parecía que alguien debía clavarme una billetera entre los dientes y llamar a una ambulancia. ¿Cómo demonios lograba avanzar con todo ese tambaleo de arriba a abajo, de lado a lado, como un pescado intentando escapar de un anzuelo?

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