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Authors: Manuel Chaves Nogales

Tags: #historia

La agonía de Francia (15 page)

BOOK: La agonía de Francia
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He estado en contacto estrecho con muchos de esos comunistas de 1936, les he visto reaccionar luego contra la táctica de Moscú y en 1939 he podido medir exactamente su honda repulsión por lo que ellos llamaban «la traición estaliniana», que para quienes no hemos sido nunca comunistas no es tal traición. Identificar a estos millones de hombres —porque en 29 de junio de 1938 en Francia eran millones— con los agentes de Stalin, con los servidores a sueldo del Komintern, ha sido un funesto error político que Francia ha pagado caro. Porque la verdad es que, al empujar a grandes núcleos a la clandestinidad, los reaccionarios franceses favorecían el designio de los dirigentes comunistas, que es precisamente en la clandestinidad donde saben actuar con mayor eficacia.

Con la clandestinidad toda la organización comunista de Francia pasaba a convertirse real y verdaderamente en un instrumento de gobierno puesto al servicio del enemigo. Si
L'Humanité
hubiera seguido publicándose como el
Daily Worker
no habría podido convertirse en el órgano de la coalición nazi-soviética. Si los comunistas hubieran tenido ocasión de explicarse ante la opinión y de contrastar sus juicios en un régimen verdaderamente democrático no habrían caído seguramente, como cayeron, en la servidumbre al enemigo que, aprovechándose de la ceguera de Francia, hizo de ellos su quinta columna.

Las ediciones en multicopista de
L'Humanité
y las proclamas comunistas no eran, en fin de cuentas, sino la propaganda del doctor Goebbels que entraba en Francia por la vía de Moscú. En la clandestinidad, el partido comunista era el aliado más eficaz del enemigo. A plena luz, controlado por el gobierno siempre hubiese habido modo de rendirlo inocuo.

Se daba el caso de que mientras la policía daba palos de ciego a esa masa enorme de franceses a los que se consideraba unánimemente y en bloque como traidores a la patria, la única policía verdadera que actuaba eficazmente en toda Francia contra los agentes de la traición eran los mismos comunistas, que a pesar de verse perseguidos por el Estado salían al paso de la actuación criminal de sus camaradas convertidos en ciegos servidores de Hitler y Stalin. He conocido varios casos ejemplares. Uno de ellos era el de un comunista que no se sentía capaz de denunciar los manejos de sus antiguos camaradas a la policía del Estado burgués y tenía que contentarse con imponerles la sanción de sus puños sosteniendo con ellos frecuentes reyertas cuya verdadera causa permanecía siempre ignorada para los agentes de la autoridad que intervenían luego. Otro, que también había roto con la obediencia a Moscú en el momento en que Moscú selló su alianza con Berlín, llevaba tatuada en el pecho la hoz y el martillo y hallándose movilizado como soldado utilizaba aquella prueba indeleble de adhesión al comunismo para provocar las confidencias de los agentes de la traición en el seno del regimiento, descubrir sus manejos y sabotearlos por sí mismo.

Este hombre tenía elementos de juicio sobrados para decirme y probarme que la propaganda comunista que se hacía en el ejército francés estaba dirigida desde Berlín casi al día y se hallaba convencido de que cada una de las reacciones que se producían en la tropa en cualquier momento obedecían a una consigna transmitida por el enemigo con una rapidez impresionante.

La lucha sorda que se ha desarrollado en el seno del partido comunista francés sin que ni el Estado ni su policía hayan sido capaces de advertirla, dirigirla, ayudarla y utilizarla al servicio de sus intereses, ha sido uno de los fenómenos sociales más dramáticos de esta guerra. Algún día tendremos testimonios auténticos y completos de cómo se ha desarrollado.

De esta falta enorme que en Francia se ha cometido han sido responsables únicamente los enemigos de la democracia al impedir con su ciega pasión sectaria que el Estado resolviese liberalmente el problema de masas creado por la colusión del nazismo con el comunismo. Pero, como siempre, se hará responsable de ello a una democracia cuyo único pecado ha consistido en no ser tal democracia.

En el comunismo francés se repite el mismo fenómeno que en otros sectores de la vida francesa en los últimos tiempos. Las minorías dirigentes estaban por debajo de la tónica general de las masas a pesar de que éstas no se movían en realidad más que por bajas y confusas apetencias. La masa, aun en estas condiciones espirituales lamentables, tiene cierta grandeza aun en su brutalidad, cierta lealtad a sus instintos que a los dirigentes les ha faltado por completo. Mientras los militantes comunistas se batían entre ellos, los dirigentes después del manifiesto «la paz a cualquier precio» huían a echarse en brazos del enemigo o se perdían en vagas y lamentables retractaciones cuando no intentaban escudarse en la investidura parlamentaria burlando a la policía con grotescas piruetas. Ni siquiera en la traición han sabido tener grandeza.

El Parlamento cumplió estrictamente sus deberes frente al caso de los comunistas que no habían querido romper la obediencia a Moscú. No fue, además, el Parlamento sino el gobierno en uso de los poderes excepcionales de que disponía el que, desposeyendo a los diputados comunistas de su investidura, procedió judicialmente contra ellos a reserva, naturalmente, de responder de este acto de gobierno ante el Parlamento en su día. La propaganda comunista y —lo que es más curioso— las fuerzas antidemocráticas de la derecha hicieron una furiosa campaña contra este acto de gobierno que condenaron como un atentado a la soberanía del Parlamento y a la Constitución de la República, erigiéndose en vestales de la democracia. Presenciando el escándalo mundial que promovieron los incendiarios del Reichstag y los instigadores de los procesos de Moscú con el pretexto de la
déchéance
de los diputados comunistas franceses se tenía esa sensación de asco y vergüenza que produce siempre el espectáculo del cinismo colectivo. Los diputados comunistas, privados de su investidura y enviados a los lugares de confinamiento, debían de pensar, sin embargo, que todavía los tribunales militares de una república democrática y burguesa representaban un grado de civilización y humanidad que difícilmente adquirirían los jueces proletarios de Moscú o los cabos de vara del nazismo y en el fondo de su conciencia debían de felicitarse de que París no fuese todavía un feudo de Moscú o Berlín, que para el caso es lo mismo.

La actuación del gobierno en los primeros seis meses de la guerra está presidida por este anhelo ferviente de conseguir la eficacia necesaria en la dirección de la lucha con el mínimo estrago. Se quiere ante todo economizar la sangre francesa y conservar al pueblo todas las libertades compatibles con la seguridad del Estado. Los excesos y errores en la represión comunista no son imputables al gobierno mismo, sino a la marea creciente del totalitarismo francés, a esa rebelión de los imbéciles que a favor de la guerra iba adueñándose de los reductos —mal defendidos, es cierto— de la democracia. El día en que todos cayeron Francia había de hundirse definitivamente.

Puntos vulnerables

Una de las herramientas de gobierno que se hallaban desde el primer día intervenidas por esos servidores infieles de la democracia y que la traicionaban en beneficio de sus preferencias ideológicas era el servicio de información y propaganda. Durante muchos meses fue este servicio uno de los puntos vulnerables del régimen. Jamás se consiguió unificarlo, ni darle eficiencia, ni infundirle el espíritu que hubiera necesitado para conquistar a las muchedumbres, que es, en fin de cuentas, su misión.

Al frente de toda la organización había sido colocado un literato excelso, el señor Giraudoux, quien con motivo de la guerra hacía unas brillantes oposiciones a la Academia Francesa exponiendo semanalmente los partes de guerra de la democracia francesa en una prosa tersa, de antología, que hacía las delicias de sus admiradores y le acreditaban como uno de los escritores más finos e inteligentes de Francia, pero que no tenía ningún mordiente, que no llegaba ni hería ni tenía capacidad alguna de perforación y expansión. Tras él, un grave senado de profesores del Colegio de Francia vestidos muchos de ellos de coroneles y todos unánimes en el menosprecio de la política y de los políticos a quienes sólo por patriotismo, por puro patriotismo, se avenían a servir. Este grave senado había proscrito ante todo los excesos democráticos. La democracia era tolerable tratada en la prosa aséptica de Giraudoux; pero no era cosa que debiera prodigarse a troche y moche y andar enredándose en todas las plumas. Las consignas eran severas. Para España, por ejemplo, como estos ingenuos profesores se hacían la ilusión de conquistar al general Franco con sus buenas maneras conservadoras, estaba absolutamente prohibido mencionar la palabra
democracia
en las emisiones de radio en lengua castellana. Se daba el caso pintoresco de que yo, personalmente yo, tenía que ejercer la censura sobre la prosa excelsa de Giraudoux, que al ser traducida al castellano sufría una trepanación en la que perdía invariablemente toda su sustancia democrática. Las hondas y alquitaradas razones democráticas que tenía Francia para hacer la guerra eran sólo razones nacionales y reaccionarias cuando las ondas las llevaban a la España de Franco. Esta democracia que ni siquiera se atrevía a decir su nombre no podía tener fuerza bastante para arrastrar en favor suyo a las grandes corrientes de la opinión mundial. Había luego en el seno de la organización de propaganda francesa el estira y afloja de las diferentes camarillas y los distintos departamentos ministeriales de los que dependía. El Quai d'Orsay no consintió nunca en dejar la radio para el extranjero en manos de la Comisaría o Ministerio de Información, que tenía que dedicarse casi exclusivamente a convencer a los propios franceses de la razón que los asistía para hacer la guerra. En cambio, el ministro del Interior, señor Sarraut, tenía, no sé por qué, una influencia decisiva en las emisiones de onda corta para los países remotos. La propaganda francesa, dependiente a la vez del Quai d'Orsay, de los ministerios del Interior y Transmisiones y en último lugar de la Comisaría de Información, enredada en la maraña burocrática y neutralizada por los clanes rivales de la Administración, era, en definitiva, una herramienta inútil, un instrumento que no servía sino para dar una sensación pobre y lamentable de Francia, para hacer ampulosas necrológicas de los personajes que tenían el gusto de fallecer sin esperar el desenlace, para hablarles a los sudamericanos del
esprit
de París y el
chic
de sus modistos y para enumerarles a los españoles las casullas y los copones que el mariscal Pétain regalaba a las iglesias de España devastadas por los rojos.

Por absurdo que parezca, este problema de la propaganda fue uno de los que el Estado francés no encontró manera de resolver. Fue incluso uno de los problemas que contribuyeron a la caída de Daladier.

Durante la guerra de Finlandia se había hecho una propaganda absurda que, arrancando de la voluntad firme de los reaccionarios franceses de no combatir ideológicamente al hitlerismo, había buscado la fácil derivación del anticomunismo. La cosa fue tan lejos que llegó un momento en el que no parecía sino que Francia había dejado de estar en guerra con Alemania y era contra la URSS contra quien únicamente se batía. El enemigo número uno, Hitler, había sido hábilmente escamoteado mientras se ofrecía a las masas para que desfogasen su indignación patriótica el blanco remoto, inasequible, del enemigo número dos, Stalin.

Aquel extravío de la propaganda tuvo que ser rectificado al liquidarse la campaña finlandesa. La opinión y el Parlamento reclamaron enérgicamente una política de propaganda definida y un ministro responsable. Daladier no supo determinar la una ni encontrar al otro. Prometió al Parlamento resolver el problema, pero cuando se presentó a la Cámara para responder de su actuación en la guerra de Finlandia aún llevaba en los brazos estorbándole este problema de la propaganda para el que no había sabido encontrar solución.

La caída de Daladier

La caída de Daladier, como consecuencia del desenlace de la guerra de Finlandia, causó ante todo una gran sorpresa en la opinión pública porque no se sabía exactamente hasta qué punto el gobierno estaba batido interiormente por los mismos que desempeñando el papel de colaborar con él por estímulos patrióticos iban minando sus cimientos democráticos, cavándole la tierra bajo los pies. Daladier había ido muriendo lentamente por asfixia, porque la atmósfera se le había ido haciendo irrespirable.

En la sesión secreta celebrada por la Cámara para discutir la conducción de la guerra después de la paz finlandesa, Daladier se desplomó de improviso como un luchador de
jiu-jitsu
al que una presa imperceptible está estrangulando sin que los espectadores lo adviertan.

Cuentan quienes le vieron aquel día en la tribuna de la Cámara, pálido, ausente, ajeno en absoluto a los requerimientos como a las invectivas, que daba la sensación de un hombre que, después de haber agotado sus fuerzas en una lucha desesperada, convencido al fin de su impotencia, se deja caer como un peso muerto, indiferente, insensible, incapaz de una reacción, de un reflejo. Esa lucha oculta que había acabado con Daladier, el hombre más representativo de Francia en nuestros días, no había sido la lucha con el enemigo exterior, sino la lucha interna, el cerco puesto al Estado republicano por los enemigos de dentro, por quienes se hacían la ilusión engañosa de que una transformación revolucionaria del régimen en el sentido totalitario era la única salvación de Francia. Daladier, a pesar de todas sus transacciones y claudicaciones, a pesar de haber estado presidiendo aquella mansa invasión del régimen por sus enemigos más encarnizados, era el único hombre que todavía representaba auténticamente y con un cierto vigor a la Francia republicana, liberal y demócrata. Acosado por todas partes, combatido por los hombres de izquierda que no acertaban a ver en sus concesiones a la derecha totalitaria el anhelo de evitar lo inevitable, de retrasar la catástrofe y de salvar lo que humanamente se pudiera, Daladier sucumbía al fin. El ataque parlamentario que le derribaba y en el que el mismo León Blum había conducido imprudentemente la ofensiva, no había tenido, sin embargo, violencia bastante para justificar aquel derrumbamiento impresionante. Era la íntima convicción que tenía de que la resistencia se había hecho imposible lo que hacía a Daladier levantar las manos dejando caer estrepitosamente en medio del hemiciclo todo cuanto con generoso anhelo había ido acumulando en sus brazos para personalmente defenderlo, la Presidencia del Consejo, la cartera de Negocios Extranjeros, la de la Defensa Nacional y hasta el comisariado de la Información.

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