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Authors: Manuel Chaves Nogales

Tags: #historia

La agonía de Francia (13 page)

BOOK: La agonía de Francia
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La compenetración de franceses e ingleses, relativamente fácil en las grandes ciudades y sobre todo en París, era prácticamente imposible en pueblos y aldeas a pesar de todos los esfuerzos beneméritos que se han hecho en tal sentido. El inglés tiene una considerable capacidad de aislamiento y, por su parte, al francés, en presencia del extranjero, le nace un nacionalismo puntilloso que le hace perder muchas de sus buenas cualidades. Las zonas de compenetración y contacto de dos pueblos tan distintos como el inglés y el francés son muy limitadas.

Es verdad que en los grados superiores del ejército expedicionario inglés había una entusiasta inclinación por Francia y que la compenetración entre jefes y oficiales franceses e ingleses había llegado en ocasiones a ser muy estrecha y cordial. Pero saliendo de la zona intelectual en que se movían los oficiales de enlace y los intérpretes, acertadamente elegidos por ambos países, la incomunicación era absoluta. Era inútil que André Maurois hiciese el decálogo de las relaciones franco-británicas saliendo inteligentemente al paso de mutuas y evidentes incomprensiones. Yo he visto a los ingleses en los pueblecitos de Francia discurrir con ese aire ausente que les es característico en medio de unas poblaciones, si no hostiles, indiferentes, incapaces de ningún movimiento cordial porque se hallaban hoscamente encerradas en su exasperación contra la guerra y contra quienes la hacían, no sólo los adversarios, sino también los aliados y aun los propios soldados franceses. Era la guerra, toda la guerra, lo que irritaba a estas poblaciones francesas, pacifistas hasta el absurdo, pacifistas hasta el suicidio a pesar de la aparente indignación con que había sido rectificada y renegada la desdichada política pacifista de Briand.

Pasados los dos primeros meses de guerra las poblaciones civiles no disimulaban el mal humor que la presencia de las tropas les producía. No era una hostilidad determinada contra los ingleses, sino contra todo soldado, contra todo uniforme, contra todo lo que recordase la guerra o la exaltase.

Esta hostilidad se acentuó contra los ingleses cuando empezaron a aparecer en Francia las mujeres en uniforme del servicio auxiliar femenino británico. Estas mujeres irritaban particularmente a los franceses, y, no hay que decir, a las francesas.

Las mujeres francesas y las inglesas

La mujer francesa, que ha estado radicalmente en contra de esta guerra, no ha querido tomar parte en ella de una manera franca, y, exceptuando a unos núcleos de damas y damitas de la buena sociedad, se ha limitado a ignorarla o a sufrirla con mal disimulada indignación. En realidad, aparte esa simulación de actividad a que se han entregado algunas mujeres de mundo, a la guerra no han cooperado más que las mujeres necesitadas, las obreras de las industrias de lujo que se quedaban sin trabajo y tenían que ir a ganarse un jornal en el duro trabajo de las fábricas de municiones. Muchos miles de costureras, perfumistas, vendedoras de almacén, mecanógrafas, maniquíes, bailarinas, camareras, etcétera, toda la juventud femenina a la que alimentaba mal y vestía bien el París de lujo y placer de los tiempos de paz, ha tenido que cambiar su vida convencional y artificiosa, vestir el mono azul y resignarse al agotador trabajo a la cadena en los talleres de la defensa nacional estropeándose las uñas pintadas y descuidando la rizada y platinada cabellera.

Dicho sea en honor suyo, este penoso proceso de proletarización que ha impuesto la guerra lo ha soportado la mujer francesa y particularmente la parisiense con una energía moral y física superior a lo que hubiera podido esperarse. Pero este esfuerzo dramático, este trabajo oscuro, monótono y agotador durante el día y luego, durante la noche, la soledad y el abandono, exacerbaban en las mujeres el odio a la guerra. No sintiendo por ella ningún entusiasmo ni fe, pareciéndoles odioso lanzarse a ella de todo corazón como hicieron desde el primer momento las mujeres inglesas, se veían obligadas para poder subsistir económicamente a servirla en el oscuro y penoso trabajo de las fábricas. Esto les hacía reaccionar violentamente contra todo lo que significase adhesión entusiasta y proclamación femenina de solidaridad con el estado de cosas que se había producido. Que los hombres tuviesen que endosarse el uniforme y obedecer a la orden de movilización era explicable porque a ello se veían constreñidos por la ley, pero que las mujeres, que no estaban obligadas, se organizasen militarmente, se uniformasen por su gusto y se consagrasen a un servicio voluntario en el ejército se le antojaba a la mujer francesa una verdadera aberración.

Siendo capaz de verdaderos sacrificios, la mujer francesa no concibe sin embargo éste del servicio
enregimentado
. No cree que haya en él ningún altruismo. Niega rotundamente su eficacia y considera que la mujer que a él se dedica lo hace en realidad, no con el anhelo de ser útil en lo que le es peculiar, sino con el afán desmesurado de emular al hombre y sobre todo de imitarle en los aspectos menos estimables de su función militar, en la exhibición puerilmente vanidosa de un uniforme y unos grados que no sirven sino de pretexto a la fatuidad e incluso a la coquetería. La eficacia del servicio que pueden prestar las mujeres en la guerra moderna escapa a la comprensión, tan aguda en otros aspectos, de la mujer francesa, demasiado mujer, demasiado apegada a sus prejuicios y convencionalismos sexuales.

El hombre francés tampoco acepta de buen grado la injerencia de la mujer en la función militar. Uno de los más prestigiosos generales del Estado Mayor proclamaba orgullosamente en la prensa que en todo el ejército francés no había una sola mujer y se daba el caso de que aviadoras universalmente famosas como, por ejemplo, Maryse Bastié, no habían podido volver a volar desde el momento en que se declaró la guerra. Únicamente se había aceptado a las mujeres para la conducción de automóviles que transportaban material sanitario al frente. El SAFF (Servicio Automovilístico Femenino Francés) era la única puerta que se había dejado entreabierta a las mujeres que querían servir en la guerra. Pero en general se las rechazaba inexorablemente incluso burlándose de ellas y mandándolas a hacer
tricot
para los soldados.

Superfluidad femenina

Esto no impedía que cierta clase social femenina desplegase con motivo de la guerra una actividad extraordinaria que forzosamente había de limitarse a obras benéficas en la mayoría de los casos superfinas, pura apariencia de actividad, mero pretexto para intervenir y danzar en comités ociosos y de puro relumbrón. Para emplear a las mujeres distinguidas, a las que no se quería utilizar directa y eficazmente en la guerra, se organizaban comedores de asistencia social, centros de albergue, refectorios en las estaciones, etcétera. Pronto, cada gremio artístico y literario de París tuvo su
popote
de guerra o cocina económica en la que se daba de comer a bajo precio merced a la ayuda oficial y a unas suscripciones públicas encomendadas a las damas parisienses. Había la
popote
de los comediantes, la de los artistas de
music-hall,
la de
las viejas cigarras de Montmartre
y la de los literatos, en las que auténticas princesas y marquesas con sus delantales blancos se hacían la ilusión de estar desempeñando una función útil para ganar la guerra porque servían de comer con buena gracia a unos pobres diablos menesterosos y a unos parásitos eternos.

La mujer francesa no tomaría parte efectivamente en la guerra, pero se movía y danzaba como si fuese ella quien tuviese que ganarla. A este respecto se contaba en París una anécdota divertida y significativa:

Un generoso donante había enviado a la esposa del generalísimo Gamelin un cheque importante con destino al sostenimiento de una de las numerosas obras benéficas que patrocinaba la distinguida dama. Al cabo de unos días el donante recibió una expresiva carta en la que el propio generalísimo de su puño y letra le daba las gracias en nombre de su esposa a la que excusaba por no hacerlo ella personalmente pues los múltiples trabajos que a causa de la guerra la agobiaban se lo impedían.

Sólo las más jóvenes

En Francia, durante la guerra no se creía que las mujeres pudiesen ayudar más eficazmente a ganarla, y, como una concesión benévola, se les dejaban sólo estos entretenimientos superficiales, este simulacro de actividad. Las inglesas, con su intervención activa, directa, intensa y, sobre todo, con la espectacular exhibición de sus uniformes, producían una viva irritación hasta el punto de que en algunas ocasiones la prensa tuvo que hacer valer los servicios admirables de las mujeres-soldados en el ejército, sus trabajos penosos, su abnegación y su coraje para que el público las respetase cuando las veía en los
boulevards
o en los bares ingleses de los alrededores de la Ópera y suponía malévolamente que no hacían otra cosa en la guerra que pasear luciendo el uniforme, flirtear con los oficiales y beber
cocktails
.

La diferencia nacía de que así como los franceses rehuían la guerra y permanecían ante ella toscos y encerrados en sus reservas mentales y su malhumor por tener que sufrirla, ingleses e inglesas se habían lanzado a ella con todas sus consecuencias, la vivían con entusiasmo, sin temor, sin exasperación, seguros de sí mismos y del triunfo final. Esta actitud desenfadada y jovial de los ingleses contrastaba con el ceño aborrascado del francés, que no tenía ninguna fe en sí mismo ni en el resultado de la lucha entablada. Unos y otros no podían entenderse.

En París, todavía había alguna simpatía popular para el aire resuelto y bizarro de los
tommies
y para la petulancia juvenil de las mujeres-soldados. Pero en el resto de Francia, no. Era inútil que en los acantonamientos rurales el buen humor inglés intentase hacer sonreír a los aldeanos con alguna de esas farsas
clownescas
que tan felices hacen a los ingleses. En realidad, yo sólo he visto en Francia miradas de admiración y afecto por los
tommies
en los ojos de los más jóvenes, de los adolescentes de doce a dieciocho años que ingenuamente se dejaban llevar por sus sentimientos de simpatía sin prejuicios políticos. Los otros, los hombres adultos, presos ya en el engranaje de la vida nacional triste y ruin de los últimos años, les veían pasar recelosamente y sin abandonar sus reservas.

Yo no sé si los ingleses percibían claramente esta hostilidad ambiente. Sospecho que sí. Pero ello no les impedía sonreír con todos sus dientes y mostrar el puño con el pulgar levantado a unas gentes que no se explicaban este ademán ingenuo y firme de victoria. Yo les he visto, cuando ya los alemanes avanzaban a carrera abierta, haciendo imperturbables su centinela en las aldeas de Francia con la misma formalidad estricta que si estuvieran a la puerta de Buckingham Palace a pesar de la mirada socarrona de los soldados franceses recostados en las paredes y con las guerreras desabrochadas. Yo les he visto sonreír y levantar el pulgar triunfalmente cuando los buques que les devolvían a Inglaterra se alejaban del muelle de Burdeos, donde una muchedumbre frívola les despedía quizás con más simpatía que nunca porque al verles partir se hacía la ilusión de que la guerra había terminado.

6
La economía de sangre

La evolución de Francia durante la guerra, el proceso seguido por el pueblo francés y por sus dirigentes hasta el momento en que sobreviene la catástrofe, podemos explicárnoslo hoy con una claridad meridiana.

En el primer acto de la tragedia, al levantarse el telón de la guerra, el pueblo se dispone olvidando todas sus diferencias a defender a la patria contra la amenaza extranjera. El aparato militar del Estado funciona automáticamente y las masas, sólidamente encuadradas, ocupan sus puestos de combate. En esta primera etapa no ha habido defecciones. Los comunistas, como los fascistas, todos los enemigos interiores de la democracia simbolizada por el Estado renuncian momentáneamente a su querella ideológica y acuden a la salvación del país. Mauricio Thorez se presenta en su regimiento y como él todas las huestes comunistas acuden a servir en las unidades mandadas generalmente por los mismos sargentos y oficiales que contra ellos habían organizado seis años antes las ligas patrióticas. En los primeros encuentros con el enemigo, unos y otros rivalizan en decisión y coraje. Hay un período en el que los oficiales
croix de feu
proclaman que los comunistas son unos soldados excelentes y los comunistas, por su parte, se manifiestan orgullosos del valor personal y la capacidad de sus jefes. Los odios de clase y el encono de la lucha ideológica están a punto de desaparecer. Las columnas de
Le Fígaro
relatan cumplidamente las hazañas de los soldados comunistas en el
no man's land
de la línea Maginot y no les regatean sus elogios. Si la guerra se hubiera generalizado entonces, si hubiese habido en aquellos momentos una gran batalla, tal vez Francia se habría salvado.

Pero, después de unos días en los que el ejército francés se había ido templando en la lucha, se presenta al fin la necesidad de un encuentro serio, de un combate general y probablemente muy sangriento. Los alemanes atacan y el mando francés, al ver flaquear a sus avanzadillas bajo la presión enemiga, ordena prudentemente y apoyándose en válidas razones estratégicas la retirada a las posiciones sólidamente defendidas de la línea Maginot. La obsesión del generalísimo, del Estado Mayor y del gobierno es la de economizar la sangre francesa, pase lo que pase.

Este afán de economizar la sangre de sus hombres, que es una de las virtudes primordiales de los jefes, llevado al extremo al que lo ha llevado Francia es funesto. En las circunstancias en que la guerra se planteaba este sistema había de ser fatal porque sólo el baño de sangre inevitable y terrible que la guerra exigía hubiese limpiado a Francia definitivamente de la podredumbre ideológica que la consumía.

Hitler ve entonces que los franceses le invitan a romperse los dientes contra la línea Maginot y decide no acudir a la cita. «¡Sólo quieren hacer una guerra de señores!», proclama despectivamente la prensa nazi. La guerra queda virtualmente interrumpida porque Hitler, que no es el toro ciego de furor que los franceses hubiesen deseado, inicia entonces la campaña de sus ofensivas de paz que había de prolongar durante todo el invierno seguro de que, con el tiempo, iría madurando y cediendo la resistencia interior de la nación francesa galvanizada en el primer momento.

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