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Authors: Adolf J. Fort

Tags: #Ciencia ficción, Fantasía, Terror

Despertando al dios dormido

BOOK: Despertando al dios dormido
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Julia Andrade nunca hubiera imaginado que la búsqueda de un esquivo cuadro para una galería de arte de Barcelona le supondría abrir una puerta al infierno, a un lugar donde acecha una pesadilla antigua y terrible de la que sólo se habla en susurros y que ha convertido su vida en una mortífera cuenta atrás de proporciones aterradoras. Julia deberá resolver los enigmas de un pasado que no consigue recordar, hacer frente a seres que no debieran existir y tratar de convencer de su inocencia a una facción secreta que, de lo contrario, acabará con su vida y borrará para siempre cualquier vestigio de su existencia. Y aun si logra convencerles, deberá buscar con urgencia las claves y las personas involucradas en una arcana profecía llamada «Las Cuatro Damas», un secreto celosamente guardado por poderes que trascienden más allá de la mera secta y que proclama el final apocalíptico de toda la Humanidad.

Adolf J. Fort

Despertando al dios dormido

Una novela inspirada en los mitos de Cthulhu

ePUB v1.0

Dirdam
16.05.12

Despertando al Dios Dormido

Adolf J. Fort, mayo de 2012

Ilustración de cubierta: Shutterstock

Editorial: Planeta, S.A.

ISBN: 978-84-480-0529-0

Editor original: Dirdam (v1.0
)

ePub base v2.0

A Howard Philips Lovecraft,

que consiguió alzar mi propio velo de Isis.

Primera parte: Aqua mater
Prólogo

Halifax, febrero de 1943

Estimado Sr. G.:

Me congratula leer que ya está confortablemente instalado en su nuevo destino. Para usted ya se han acabado los horrores de esta guerra insensata. Ahora puede dedicar todos sus conocimientos a la consecución de nuestros sagrados objetivos.

Su reciente experiencia con los nazis va a ser de gran utilidad para controlar los experimentos. Aunque interesantes en su naturaleza, los balbucientes métodos empleados con los judíos en los trabajos del gabinete especial del Führer no tienen nada en común con nuestro objetivo, mucho más épico y glorioso que la insignificante supresión de una etnia.

Como ya le comenté, es fácil convencer a la raza humana de cualquier cosa, incluso de la mentira más abyecta. Tan sólo se requiere el aplomo suficiente para exponerla con firmeza y de forma convincente. Habrá comprobado que ha sido realmente sencillo colocarle como psiquiatra en ese establecimiento.

Esté preparado, amigo mío: en breve llegará una paciente muy especial. Tendrá que aplicarle de manera estricta el tratamiento que le indicamos y deberá informarme, semana a semana, de la calidad y extensión de las alteraciones que se produzcan en ella. Recuerde una vez más que confiamos en su pericia para alcanzar el éxito.

Con la fe puesta en el Despertar del Dios Dormido,

Afectuosamente,

W.T.M.

Época actual

Algo iba mal.

Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, los susurros de las voces que apenas oía pero que intuía cercanas, girando a su alrededor descompasadamente, estaban desapareciendo, dejando tras de sí ecos frágiles que devolvían su nombre cada vez con menos intensidad, como una madre cansada de repetir sin éxito el nombre de su hijo.


Julia
.

Abrió los ojos y, de pronto, la visión que tenía a sus pies hizo que las voces intrusas perdieran casi todo el interés. Estaba de pie frente a un balcón de piedra rugosa y cuarteada por el tiempo que dominaba una ciudad distinta a cualquier otra que hubiera visto. Una ciudad que se extendía inmensa y se perdía en un horizonte teñido de verde y azul, una ciudad imposible en sus formas incontables y en la arquitectura ciclópea y de belleza aberrante que desafiaba cualquier símil con algo construido por la mano del ser humano. Miró hacia abajo y se vio desnuda, acariciada por una brisa lánguida, espesa, que la envolvía como el abrazo de un amante dormido. Sintió los dedos complacientes de un viento casi líquido deslizándose atrevidos por su cuerpo, una sábana inacabable de seda suave e intangible.

De nuevo oyó su nombre,
Julia
, pronunciado con toda claridad por alguien que no conseguía ver. Quiso girarse pero no pudo, y entonces comprendió que estaba hecha de un mármol blanquísimo, una estatua nívea e inmortal bañada por la luz cegadora de aquellos cinco extraños soles.


Julia
,
Julia
—susurró la voz omnipresente.

Deseó con todas sus fuerzas que la voz se fuera, que se apagara para siempre y así seguir gozando de aquella paz imperturbable de la que sólo disfrutaban las estatuas y los muertos. De repente, tuvo miedo de estar muerta.

La ciudad se tornó difusa y empezó a oscilar como si se tratara de una imagen proyectada sobre un lienzo líquido. Una sensación de miedo empañó aquel momento casi perfecto. El viento arreció y vio cómo la ciudad empezaba a desmoronarse a lo lejos al tiempo que una ola de destrucción avanzaba imparable, con las cúpulas, torres y mamposterías monumentales, recubiertas de jade y líquenes, deshaciéndose cual castillos de arena, cayendo, lánguidas y en aparente desafío a la gravedad, batidas por la violencia apocalíptica que arrancó de cuajo el balcón y la estatua, haciéndola danzar locamente entre las aguas de innumerables sinapsis que se precipitaban por un abismo de negrura insondable surcado aquí y allí por fugaces líneas brillantes.


Deo Gratia
, Julia —oyó que decía la voz entrometida—, por fin has despertado.

La luz de los cinco soles se transformó en una poderosa lámpara eléctrica y vio que, más allá del círculo de brillantes corolas, unas figuras enmascaradas y ataviadas con ropas verdes la miraban con ojos ansiosos. Quiso mover la cabeza, abrir la boca y expresar todo el pánico que sentía, pero no pudo. De hecho, no sentía ninguna parte de su cuerpo, tan sólo podía observar con la mirada vacua y perdida de una figura esculpida en piedra. Quizá se había quedado inválida. Un doloroso espasmo la hizo inspirar con fuerza y los ojos se le llenaron de lágrimas. Una cara que recordaba vagamente entró en su campo de visión.

—Tranquila, Julia —dijo la voz amable que surgió de la cara borrosa—. Todo va a salir bien. Ahora estás a salvo.

Julia tenía mil preguntas que formular, pero estaba confusa, con una extraña sensación de angustia mezclada con cólera por haber sido arrancada de aquel sueño pavoroso que sin embargo la atraía de forma inexplicable. Una de las figuras embozadas se acercó sosteniendo una hipodérmica cuyo contenido ambarino relució bajo la luz como oro líquido.

—Julia ha de descansar, padre Marini —dijo una voz masculina ligeramente amortiguada por la mascarilla—, y ahora más que nunca necesita sus oraciones.

Las palabras se fueron desvaneciendo sibilantes al mismo tiempo que su consciencia, mientras que todo el horror de lo acaecido empezaba a perfilarse en el horizonte de su maltrecha memoria.

Capítulo I

Barcelona, unos días antes

Julia Andrade no creía en la casualidad. La experiencia acumulada a lo largo de sus poco más de cuatro décadas de existencia la había llevado a formar parte del gran grupo de pesimistas y escépticos que creen que todo es parte del sutil y ordenado plan de una Naturaleza paciente pero implacable que va moldeando el futuro según unas leyes inmutables y cíclicas, perfectamente armonizadas para garantizar el desarrollo de las diferentes especies del planeta.

Algunos lo llaman destino.

Un destino necesitado de un testigo creíble que pudiera relatar los hechos que iban a suceder para que los supervivientes aprendieran, una vez más, de los errores cometidos.

Un destino cruel que conspiró para que ni el motivo, ni los colores sobrios, ni cualquier otro detalle que pudiera apreciarse a simple vista fueran responsables directos de que, aquella tarde de febrero, el ojo entrenado de Julia, que ostentaba el cargo un tanto ampuloso de comisaria artística en la galería de arte Miràs, escogiera precisamente aquel cuadro de la lista de la subasta y decidiera su adquisición.

Hay algunas personas a las que se les eriza el vello de brazos y piernas de forma placentera cuando escuchan música de su agrado. Un efecto que se debe a que la música está compuesta de diferentes frecuencias que pueden llegar a entrar en resonancia con el cuerpo humano y hacerlo estremecer de forma muy parecida a lo que ocurre con los puentes y los vientos racheados, aunque con efectos mucho menos devastadores y bastante más agradables que los de estos últimos.

Julia poseía esa misma cualidad resonante para el arte pictórico. Había obras que, sin ser de una calidad artística ni siquiera notable, la atraían sin poder explicarse el porqué, cuadros corrientes de autores anodinos cuya contemplación, sin embargo, le producía invariablemente un ligero estremecimiento. Y lo que todavía era mejor: sabía canalizar esa empatía para encontrar a alguien de entre el flujo de clientes y hacerle apreciar los cuadros de igual manera, con una sutileza innata que muchas veces la llegaba a sorprender, hasta hacerle sentir la necesidad perentoria de la posesión, lo cual no dejaba de ser el motivo principal de su trabajo y el medio gracias al cual llevaba un tren de vida más que generoso.

Esa tarde, tras haberse dado una ducha rápida y haberse arropado en un grueso albornoz color canela, se había servido una copa de Albariño y se había estirado con cierta voluptuosidad en el sofá de cuero negro del salón acristalado. Los pliegues del albornoz dejaban entrever con ingenuo erotismo a hipotéticos
voyeurs
las envidiables formas de su atlético cuerpo, del que cuidaba con cierta crueldad en esporádicas pero duras sesiones de gimnasio. Por el amplio ventanal semicircular entraban los restos de un sol mortecino que ya empezaba a enfilar el ocaso, haciéndola entrecerrar los ojos color avellana mientras acababa de secarse la larga melena rojiza, suavemente ensortijada.

Desde allí tenía la mal llamada Ciudad Condal a sus pies, que ahora se reducía a una aglomeración de edificios abigarrados, cuadrículas perfectas cuyo prístino diseño original había sido atrozmente mutilado en aras de la especulación y el lucro de constructores corruptos. La Barcelona soñada por el arquitecto Cerdà se había convertido en un mosaico grisáceo de cemento, acero y cristal. Aquí y allá, salpicaduras de verdor marchito constituían el único pulmón de una ciudad que había dado la espalda durante demasiado tiempo a sus orígenes marítimos y que ya mostraba los primeros síntomas de una decadencia irremediable. Sin embargo, al observarla desde el anfiteatro que era el apartamento de Julia, los defectos pasaban por el tamiz de la distancia y la gran vista formaba una composición digna de figurar en una postal.

La franja del mar se podía entrever a lo lejos y a través de las tres altas chimeneas que habían sido antaño una central térmica y que ahora eran testigos frágiles de la prepotencia de la gran ciudad que había ido engullendo, con la lentitud y la determinación de una boa, los últimos vestigios de antiguos pueblos limítrofes. A su derecha, la llamada montaña de Montjuic, poco más que un modesto peñón, perfilaba contra el cielo las ondulaciones de sus crestas, a las que el contraluz del ocaso había sumido en una negrura sin detalles, parecida a los decorados baratos de un teatro de barrio.

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