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Authors: Chuck Palahniuk

Tags: #Humor, Relato

Superviviente

BOOK: Superviviente
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Del autor de la polémica
El club de lucha
nos llega su segunda novela, incisiva y malvada, una visión absorbente, preocupante y desternillante de la vida después de las sectas.

Tender Branson, último superviviente de la llamada «secta suicida del Credo», dicta su vida a la caja negra del vuelo 2039, que surca los cielos en piloto automático a unos 39.000 pies sobre el océano Pacífico. Está solo en el avión, que se estrellará en breve en el vasto desierto australiano. Pero antes de que eso suceda quiere dejar constancia de su travesía personal, de cómo pasó de niño creyente y humilde criado a abotargado mesías mediático atiborrado de colágeno y esteroides, autor de una exitosa autobiografía y de un libro de plegarias comunes (la plegaria para retardar el orgasmo, la plegaria para frenar la alopecia, la plegaria para silenciar alarmas de coche).
Superviviente
, una sátira mordaz y reveladora del precio de la fama y de la locura sobre la que se cimienta el mundo moderno, ratifica a
Chuck Palahniuk
como a uno de los novelistas más originales de la actualidad.

Chuck Palahniuk

Superviviente

ePUB v1.0

GONZALEZ
30.04.12

Título original:
Survivor

Traducción de Pablo Álvarez

© 1999, Chuck Palahniuk

47

Probando, probando. Uno, dos, tres. Probando, probando. Uno, dos, tres.

Puede que esto esté funcionando. No lo sé. No sé siquiera si me podéis oír.

Pero si podéis oírme, escuchad. Y si estáis escuchando, lo que habéis encontrado es la historia de todo lo que salió mal. Esto es lo que se llama el registro de vuelo del vuelo 2039. La caja negra, lo llama la gente, aunque es naranja, y dentro tiene un bucle de cable que es el acta permanente de todo lo que queda. Lo que habéis encontrado es la historia de lo que pasó.

Y venga, adelante.

Ya podéis calentar este cable al rojo vivo, que seguirá contándoos la misma historia.

Probando, probando. Uno, dos, tres.

Y si estáis escuchando, tendréis que saber de entrada que los pasajeros están en casa, sanos y salvos. Los pasajeros hicieron lo que se llamaría su desembarco en las Nuevas Hébridas. Luego, cuando estuvimos sólo él y yo en el aire, el piloto se tiró en paracaídas en alguna parte. Unas aguas. Lo que se llamaría un océano.

Me voy a repetir, pero es la verdad. No soy un asesino.

Y estoy solo aquí arriba. El holandés errante.

Y si estáis escuchando, deberíais saber que estoy solo en la cabina del vuelo 2039 con una multitud de esas botellitas de tamaño infantil de vodka y ginebra por lo general mortales alineadas en el sitio en el que se sienta uno frente al cristal delantero, el panel de instrumentos. En los asientos, las bandejitas con pollo a la Kiev o ternera Stroganoff de todo el mundo están a medio comer, y el aire acondicionado se lleva el olor de los restos. Las revistas siguen abiertas por donde las estaban leyendo. Con todos los asientos vacíos, se podría pensar que todo el mundo acaba de ir al baño. De los auriculares de plástico se escapa un zumbido de música pregrabada.

Aquí, por encima del clima, estoy yo solo en una cápsula del tiempo modelo Boeing 747-400 con las sobras de doscientas tartas de chocolate y un bar musical en el piso de arriba al que puedo llegar por una escalera de espiral para servirme otra copita.

Dios me libre de aburriros con los detalles, pero llevo puesto el piloto automático hasta que nos quedemos sin combustible. Apagarse, lo llama el piloto. Motor a motor se irán apagando uno detrás de otro, dijo. Quería que supiera lo que me esperaba. Luego se puso a aburrirme con un montón de detalles sobre motores de chorro, el efecto Venturi, cómo aumentar la sustentación con la combadura de los alerones, y cómo una vez que se apaguen los cuatro motores el avión se convertirá en un planeador de doscientos veinte mil kilos. Luego, como el piloto automático estará programado para volar en línea recta, el planeador iniciará lo que el piloto llama un descenso controlado.

—Esa clase de descenso —le digo— no estaría nada mal para variar. No sabes lo que he aguantado todo este año.

Bajo el paracaídas, el piloto lleva aún puesto ese uniforme nada especial de color sufrido que parece diseñado por un ingeniero. Aparte de eso, ha sido de mucha ayuda. De mucha más ayuda de la que sería yo con alguien apuntándome a la cabeza con una pistola y preguntándome cuánto combustible queda y hasta dónde podemos llegar. Me explicó cómo podía volver a subir el avión a altura de crucero después de tirarse él en paracaídas sobre el océano. Y me contó todo lo del registro de vuelo.

Los cuatro motores están numerados del uno al cuatro de izquierda a derecha.

La última parte del descenso controlado será un picado hacia el suelo. Él lo llama la
fase terminal
del descenso, que es cuando vas acelerando nueve metros por segundo hacia el suelo. A esto lo llama
velocidad terminal
, que es la velocidad a la que los objetos de idéntica masa avanzan a la misma velocidad. Luego lo frena bastante con un montón de detalles sobre la física, Newton y la torre de Pisa. Me dice:

—No hagas mucho caso. Hace mucho que me examinaron.

Dice que el generador auxiliar seguirá produciendo electricidad hasta el momento mismo en que el avión choque contra el suelo.

Tendrás aire acondicionado y música, me dice, mientras seas capaz de sentir algo.

—La última vez que sentí algo —le digo— fue hace ya la tira. Como un año.

Lo prioritario para mí es sacarlo del avión para poder bajar la pistola.

La he estado empuñando tanto tiempo que he perdido la sensibilidad.

Lo que se suele olvidar al planear el secuestro de un avión en solitario es que en algún momento tendrás que descuidar a los rehenes para poder ir al baño.

Antes de aterrizar en Port Vila, iba a la carrera por entre los asientos con mi pistola, intentando que la tripulación y los pasajeros comiesen algo. ¿Necesitaban un refresco? ¿Quién quiere una almohada? ¿Qué prefieren?, le preguntaba a todo el mundo, ¿el pollo o la ternera? ¿Me había dicho normal o sin cafeína?

El servicio de comidas es lo único en lo que realmente sobresalgo. El problema es que todo el servicio y la atención tenían que ser a una mano, claro, porque con la otra tenía que sujetar la pistola.

Cuando estuvimos en tierra y los pasajeros y la tripulación desembarcaban, me puse en la puerta delantera y les iba diciendo:

—Lo siento, les pido disculpas por cualquier molestia. Disfruten de su estancia y gracias por viajar con la compañía bla-blablá.

Cuando a bordo quedamos sólo el piloto y yo, despegamos de nuevo.

El piloto, justo antes de saltar, me explica que cuando cada motor se pare, una alarma irá anunciando: «El motor uno se ha apagado», o el tres, o el que sea, una y otra vez. Cuando se paren todos los motores, la única manera de seguir volando será mantener el morro alzado. Sólo hay que tirar hacia atrás de la palanca. El yugo, lo llama él. Para mover lo que llama los elevadores de cola. Perderás velocidad pero mantendrás la altitud. Parecerá que aún tienes la elección de velocidad o altitud, pero en cualquier caso vas a acabar cayendo al suelo en picado.

—Ya vale —le digo—, no me estoy sacando lo que se dice la licencia de piloto.

Sólo tengo que ir al cuarto de baño, pero ya mismo. Sólo quiero que salga por la puerta.

Entonces bajamos a ciento setenta y cinco nudos. No es por aburriros con los detalles, pero bajamos a menos de tres mil metros y abrimos la portezuela delantera. Entonces se tira, y antes de cerrar la puerta, me pongo al borde de la entrada y echo una meada detrás de él.

Nada en mi vida me ha sentado tan bien.

Si sir Isaac Newton tenía razón, no le planteará problemas al piloto en el camino.

Así pues, vuelo con rumbo oeste con el automático a Mach 0,83 o setecientos cincuenta kilómetros por hora, auténtica velocidad, y a esta velocidad y en esta latitud el sol está clavado siempre en el mismo sitio. El tiempo se ha detenido. Vuelo sobre las nubes a una altitud de crucero de doce mil metros sobre el océano Pacífico, vuelo hacia el desastre, hacia Australia, hacia el final de la historia de mi vida, en línea recta hacia el sudoeste hasta que los cuatro motores se apaguen. Probando, probando. Uno, dos, tres.

Otra vez estáis escuchando el registro de vuelo del vuelo 2039.

Y a esta altitud, escuchad, y a esta velocidad con el avión vacío, dice el piloto que quedan unas seis o siete horas de combustible.

Así que intentaré ir rápido.

El registro de vuelo grabará todas mis palabras en la cabina del piloto. Y mi historia no reventará en un trillón de cachitos ni se quemará luego con mil toneladas de avión ardiendo. Y después de que el avión se estrelle, la gente buscará el registro de vuelo. Y mi historia sobrevivirá. Probando, probando. Uno, dos, tres.

Fue justo antes de que el piloto saltase, con la puerta de la cabina ya abierta y los aviones militares dándonos caza y el radar invisible rastreándonos, ante la entrada, con los motores chillando y el aire aullándonos, cuando el piloto va y se para con el paracaídas y me grita:

—¿Pero por qué tienes tantas ganas de morir?

Y yo le grité que se asegurase de escuchar la grabación.

—Pues recuerda —gritó— que tienes sólo unas pocas horas. Y recuerda —gritó— que no sabes exactamente cuándo se va a acabar el combustible. Existe la posibilidad de que te mueras a media historia de tu vida.

Y yo le grité:

—Eso no es una novedad.

Y también:

—Cuéntame algo que no sepa.

Y el piloto saltó. Eché una meada y luego volví a colocar la puerta en su sitio. En la cabina del piloto, aprieto el acelerador y tiro del yugo hasta que volamos lo suficientemente alto. Ya sólo queda pulsar el botón y el piloto automático se pondrá al mando. Lo cual nos lleva a ahora mismo.

Así que si estáis escuchando esta caja negra indestructible del vuelo 2039, acercaos a ver el sitio donde este avión terminó su descenso terminal y lo que ha quedado. Sabréis que no soy piloto después de ver el desastre y el cráter. Si estáis escuchando esto, sabréis que estoy muerto.

Y tengo unas horas para contar mi historia.

Así que me imagino que hay posibilidades de que cuente bien la historia.

Probando, probando. Uno, dos, tres.

El cielo es azul y ecuánime en todas direcciones. El sol es absoluto y ardiente y está justo frente a mí. Estamos encima de las nubes, y éste es un día precioso para siempre.

Así que vamos allá. Dejadme empezar por el principio.

Vuelo 2039, esto es lo que de verdad sucedió. Toma uno.

Y.

Eso sí, que conste que ahora mismo me siento genial. Y.

Ya he malgastado diez minutos. Y.

Acción.

46

Tal y como vivo es difícil incluso empanar un filete. Algunas noches es diferente: a veces es pescado, o pollo. Pero en cuanto tengo una mano pringada de huevo y en la otra sostengo la carne me llama alguien con problemas.

Casi cada noche de mi vida es así, últimamente.

Esta noche es una chica la que me llama desde dentro de una disco atronadora. La única palabra que entiendo es «detrás».

Dice:

—Gilipollas.

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