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Authors: Jeffrey Archer

Tags: #Intriga, #Policíaco, #Política

¿Se lo decimos al Presidente?

BOOK: ¿Se lo decimos al Presidente?
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Publicado en 1977 es su segundo libro. ¿Se lo decimos al presidente?, que trataba sobre el intento de asesinato de un hipotético presidente norteamericano llamado Ted Kennedy desató la ira de Jackie Onassis, su editora norteamericana en Viking Press, Archer logró que la viuda de Kennedy renunciara a la editorial mientras su libro entraba en imprenta sin que le cambiara una coma.

Estados Unidos había visto caer asesinados a dos Kennedy, y dentro de siete días moriría el tercero si no se descubría antes a los conspiradores. No quedaban más que dos soluciones: encontrar a los culpables, o encerrar al Presidente en la Casa Blanca hasta el fin de su mandato. Todo lo demás era inútil.

Jeffrey Archer

¿Se lo decimos al Presidente?

ePUB v1.0

Kementxu
16.01.13

Título original:
Shall We Tell the President?

Jeffrey Archer, 1977

Traducción: Eduardo Goligorsky

Editor original: Kementxu (v1.0)

ePub base v2.0

El autor desea manifestar su agradecimiento a todas aquellas personas que le asesoraron y le prestaron ayuda en la investigación previa a la confección de este libro.

Nota del autor

Si bien algunas personas muy conocidas desempeñan papeles en esta historia, la descripción que se hace de ellas y sus actos al margen de lo que es dé pública notoriedad en el momento en que se escribe el libro, responde exclusivamente a la imaginación del autor.

1

12.26 horas

—Yo, Edward Moore Kennedy, juro solemnemente…


Yo, Edward Moore Kennedy, juro solemnemente

—… que desempeñaré con lealtad el cargo de presidente de los Estados Unidos…


… que desempeñaré con lealtad el cargo de presidente de los Estados Unidos

—… y que hasta donde mis aptitudes me lo permitan, conservaré, protegeré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos. Así Dios me ayude.


… y que basta donde mis aptitudes me lo permitan, conservaré, protegeré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos. Así Dios me ayude
.

Los Estados Unidos habían engendrado, por primera vez en su historia, dos hermanos destinados a ocupar el cargo más codiciado de la vida política estadounidense.

Con la mano aún apoyada sobre la Biblia Douay, el mismo libro sobre el cual había prestado juramento el trigesimoquinto presidente —libro que había pertenecido a su abuela—, el cuadragésimo presidente sonrió a la vigesimotercera Primera dama. Era el final de una lucha y el comienzo de otra. Ted Kennedy era un experto en la materia. Después de una encarnizada campaña por la candidatura, había conseguido derrotar por un escaso margen al presidente Jimmy Carter en la quinta votación de la Convención Nacional Demócrata que se había celebrado en Houston, Texas. En noviembre de 1980, había triunfado en un enfrentamiento aún más feroz con el candidato republicano James Thompson, gobernador de Illinois. Edward Kennedy había conquistado la presidencia por 107.000 votos de diferencia, apenas el uno por ciento del total, el margen más reducido en la historia de los Estados Unidos.

El expresidente Gerry Ford le estrechó la mano a continuación. Había querido ser el adversario republicano de Edward Kennedy para el cargo que ya había desempeñado una vez, pero su campaña de 1980 no había conseguido despegar. Ya no volvería a tener otra oportunidad.

El expresidente Richard Nixon no había acudido a la ceremonia. Quizás intentaba evitar algún recuerdo no muy grato en relación con el cargo presidencial.

Mientras se acallaban los aplausos, el presidente aguardó que terminara la salva de veintiún cañonazos. Edward Moore Kennedy se aclaró la garganta y enfrentó a cincuenta mil ciudadanos congregados en la Plaza del Capitolio y a doscientos millones que en todo el país permanecían atentos a los televisores. No hacían falta las mantas y los pesados abrigos que habían sofocado el instante de gloria de su hermano. El clima era inusitadamente apacible para fines de enero, y los cuadros de césped atestados de público que se extendía frente a la parte Este del Capitolio, aunque húmedos, ya no estaban blanqueados por la nieve de Navidad.

—Vicepresidente Bumpers, señor presidente del Tribunal Supremo, presidente Carter, vicepresidente Móndale, reverendos, conciudadanos.

La Primera dama contemplaba la escena, sonriendo para sus adentros al reconocer algunas de las palabras y frases que ella había aportado al discurso de su marido.

Su jornada había empezado aproximadamente a las 6.30 de la mañana. Ninguno de los dos había dormido muy bien después del magnífico concierto previo a la transmisión de poderes que se había celebrado en honor de ellos la noche anterior. Kennedy había releído por última vez su discurso presidencial, subrayando las palabras destacadas e introduciendo sólo algunos cambios sin importancia. Pierre Salinger había telefoneado la noche anterior para proponerle una frase sobre la necesidad de permitir que los niños estadounidenses escribieran la historia además de leerla. A Kennedy le gustaba la retórica y consiguió intercalar la cláusula.

Kennedy se levantó, se lavó y se afeitó en silencio, y se vistió con un traje y una corbata de tono oscuro. Contempló desde la ventana del dormitorio la vasta y plácida superficie del río Potomac, que refulgía iluminada por los primeros rayos del sol matinal. Besó en la mejilla a su esposa somnolienta, y bajó lentamente la escalera hasta llegar al estudio, que por tres de sus lados se asemejaba a una catedral tallada en roble. Una vez más, por la cuarta pared, de vidrio, Kennedy contempló el Potomac. Ese día debería emigrar a la otra orilla.

Kennedy pasó a la sala por una arcada. El mayordomo, que hacía también las veces de jardinero de la finca de dos hectáreas, abrió la puerta sin pronunciar una palabra. Sabía adonde se dirigía el presidente electo. El chófer, un desconocido enviado por la Casa Blanca, se adelantó para saludar a su nuevo jefe cuando éste salía del patio cerrado por un portón de madera. Fue el primero que dijo: «Buenos días, señor presidente». Kennedy consultó su reloj de pulsera: el saludo era prematuro, con un adelanto de más de cuatro horas. La vigesimotercera enmienda a la Constitución lo convertiría en el cuadragésimo presidente después de que hubiera prestado el juramento oficial a las 12.30 de la mañana, aunque el presidente saliente y sus colaboradores desocuparían el despacho al filo del mediodía, llevándose consigo todos sus problemas.

Kennedy prefería conducir su propio coche. Pero no lo haría ese día, y quizá tampoco durante los próximos ocho años. Se deslizó parsimoniosamente en el asiento posterior de su «Pontiac GTO» y miró con afecto la gran mansión moderna, un edificio largo y bajo construido por John Carl Warnecke, el arquitecto que había diseñado la tumba de JFK que se levantaba en el cementerio nacional de Arlington. Miró hacia la ventana de un dormitorio, que tenía las cortinas corridas. Sus tres hijos aún debían dormir.

A poco más de un kilómetro de allí, en Chain Bridge Road, McLean, Virginia, la viuda de Robert Kennedy, Ethel, salía de su casa.

El «Pontiac» abandonó la explanada circular a velocidad presidencial, dos coches delante de él y otros dos detrás: Kennedy nunca volvería a estar solo. Sin embargo, desde un punto de vista importante, ese día no sería muy distinto de ninguno de los otros martes que había vivido en los últimos dieciséis años.

El coche bordeó el Potomac por la George Washington Memorial Parkway, y enfiló cuesta arriba. Los cinco automóviles se detuvieron. No había reporteros a la vista. Kennedy se apeó del «Pontiac», por última vez en su condición de ciudadano particular. Había solicitado que esa parte de la jornada no apareciera reflejada en la prensa, y de hecho, la prensa del mundo entero había respetado su voluntad. Se detuvo junto a las tumbas de Jack y Bobby y rezó en silencio, con los ojos fijos en el suelo. Ethel Kennedy ya estaba allí. Conversaron brevemente.

Quince minutos más tarde, después de detenerse un momento a contemplar la rutilante blancura monumental del centro de Washington, allende el río, Kennedy montó nuevamente en el «Pontiac» que lo devolvería por primera vez a McLean. Steven, el cocinero, había preparado un desayuno ligero. Joan, Kara, Patrick y Ted le esperaban ansiosamente en el comedor. El presidente electo comió en forma mecánica mientras hojeaba
The Washington Post
y
The New York Times
. Ambos periódicos querían que el nuevo jefe del poder ejecutivo iniciara su mandato en las mejores condiciones posibles y no mencionaban escándalos pasados. Kennedy se dio vuelta cuando su ayudante ejecutivo, Richard Burke, se acercó a él.

—Buenos días, senador.

—Buenos dias , Rick. ¿Todo marcha bien? —Le sonrió.

—Creo que sí, señor.

—Bien. ¿Por qué no organiza la jornada como de costumbre? No se preocupe por mí; me limitaré a seguir sus instrucciones. ¿Qué quiere que haga en primer término?

—Hay ochocientos cuarenta y dos telegramas y dos mil cuatrocientas doce cartas, pero tendrán que esperar, exceptuando las de los dos jefes de Estado. A las doce estarán listas las cartas para ellos.

—Póngales la fecha de hoy, eso les gustará. Y las firmaré todas.

—Sí, señor. Su programa está confeccionado. Empezará la jornada oficial a las once, tomando café en la Casa Blanca con el presidente Carter y el vicepresidente Móndale, y luego lo acompañarán a la ceremonia de transmisión de poderes. En sus primeras horas como presidente asistirá a una comida en el Senado, y después pasará revista a la parada inaugural frente a la Casa Blanca.

Burke le entregó un gran montón de fichas de ocho por trece centímetros, abrochadas entre sí, como lo había hecho durante los últimos cinco años. En ellas se sintetizaba, hora por hora, el programa del senador, y esta vez contenían menos ítems que de costumbre. Kennedy guardó las fichas en el bolsillo interior de su chaqueta y le dio las gracias a su ayudante ejecutivo. Joan Kennedy se levantó de la mesa. El mundo no imaginaba hasta qué punto sería una Primera dama competente. Desde luego, durante muchos años había vivido a la sombra de Jacqueline, pero ahora se proponía demostrar que este Kennedy también se había casado con una mujer tenaz. Vestida con un traje celeste de corte sencillo, esperó el paso siguiente de su marido.

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