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Authors: Kyoichi Katayama

Tags: #Drama, Romántico

Un grito de amor desde el centro del mundo

BOOK: Un grito de amor desde el centro del mundo
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La conmovedora historia de amor que ha enamorado a millones de lectores de todo el mundo.

Sakutarô y Aki se conocen en la escuela de una ciudad provincial de Japón. Él es un adolescente ingenioso y algo sarcástico. Ella es inteligente, hermosa y popular. Pronto se convierten en amigos inseparables, hasta que un día, por primera vez, Sakutarô ve a Aki con otros ojos, y la amistad cómplice se transforma ineludiblemente en una pasión arrebatadora. Ambos viven una historia capaz de trastocar los sentidos y borrar las fronteras entre la vida y la muerte.

Un grito de amor desde el centro del mundo es la novela japonesa más leída de todos los tiempos. Ha inspirado una versión cinematográfica, una exitosa serie televisiva y ha sido ilustrada como cómic manga.

 

«Hay algo prodigioso en el éxito de este libro que ha entusiasmado a jóvenes de todo el mundo y que invita a descubrir el amor».
Il Giornale
.

«Transmite toda la pureza y ternura del amor, como un sentimiento universal, más allá de la edad, la cultura… Tras leerlo es imposible no recordar el primer amor. Invade la nostalgia, pero con una dulce sonrisa en los labios».
Io Donn
.

Kyoichi Katayama

Un grito de amor desde el centro del mundo

世界の中心で、愛をさけぶ

ePUB v1.2

Mística
04.07.12

Título original:
世界の中心で、愛をさけぶ
Sekai no Chûshin de, Ai o Sakebu

Kyoichi Katayama, 2008.

Traducción: Lourdes Porta

Editor original: Mística (v1.0 a v1.2)

ePub base v2.0

Capítulo I
1

Aquella mañana me desperté llorando. Como siempre. Ni siquiera sabía si estaba triste. Junto con las lágrimas, mis emociones se habían ido deslizando hacia alguna parte. Absorto, permanecí un rato en el futón hasta que se acercó mi madre y me dijo: «Es hora de levantarse».

No nevaba, pero el camino estaba helado, blanco. La mitad de los coches circulaba con cadenas. En el asiento del copiloto, al lado de papá, que era quien conducía el automóvil, se sentó el padre de Aki. Su madre y yo ocupamos los asientos traseros. El coche arrancó. Delante, los dos hombres sólo hablaban de la nieve. Que si lograríamos, o no, llegar al aeropuerto para el embarque. Que si el avión saldría a la hora prevista. Detrás, nosotros apenas hablábamos. Distraído, miraba por la ventanilla el paisaje que dejábamos atrás. A ambos lados de la carretera se extendían, en todo lo que alcanzaba la vista, campos cubiertos de nieve. A lo lejos, la cresta de las montañas refulgía bañada por los rayos de un sol que brillaba a través de las nubes. La madre de Aki llevaba en el regazo una pequeña urna de cenizas.

Al aproximarnos al desfiladero, la capa de nieve se hizo más espesa. Mi padre y el padre de Aki bajaron del coche en el aparcamiento de un parador y empezaron a ajustar las cadenas a las ruedas. Mientras, decidí dar un paseo por los alrededores. Más allá del aparcamiento había un bosquecillo. Una capa de nieve impoluta cubría el sotobosque; la que se acumulaba en las copas de los árboles iba cayendo al suelo con un quejido seco. Al volverme, vi cómo al otro lado del guardarraíl se extendía un océano invernal. Sereno y tranquilo, un mar de un color azul brillante. Todo cuanto veía me llenaba de nostalgia. Cerré con firmeza la tapa de mi corazón y le di la espalda al mar.

La nieve del bosque se hizo más profunda. Las ramas quebradas y los duros tocones hacían que andar me resultara más difícil de lo que había supuesto. De repente, un pájaro levantó el vuelo de entre los árboles con un chillido agudo. Me detuve y agucé el oído. No oí nada más. Era como si no quedara nadie en este mundo. Al cerrar los ojos, percibí, como cascabeles, el sonido de las cadenas de los coches que circulaban por la carretera. Empecé a no saber dónde estaba, a no saber quién era yo. Entonces oí la voz de papá que me llamaba desde el aparcamiento.

Una vez cruzamos el desfiladero, todo marchó tal como estaba previsto. Llegamos al aeropuerto a la hora fijada y, tras facturar, nos dirigimos a la puerta de embarque.

—Se lo agradezco mucho —les dijo papá a los padres de Aki.

—No, al contrario —repuso el padre de Aki sonriendo—. Seguro que Aki se siente feliz de que Sakutarô nos acompañe.

Dirigí los ojos hacia la pequeña urna que la madre de Aki llevaba entre los brazos. Dentro de aquella urna envuelta en un precioso brocado, ¿estaba realmente Aki?

Poco después de que despegara el avión, me dormí. Y tuve un sueño. Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre, un poco cohibida. «¡Saku-chan!»
[1]
, me llamaba. Su voz permanece claramente en mis oídos. «¡Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!», pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con una fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más veces que me ocurra, siempre es así.

A pesar de que habíamos despegado en la nieve, aterrizamos en una ciudad turística bañada por un sol de pleno verano. Cairns. Una hermosa ciudad a orillas del Pacífico. Un paseo de frondosas palmeras. El asfixiante verdor de las plantas tropicales desbordándose alrededor de los hoteles de lujo que se alzaban frente a la bahía, cruceros de diversos tamaños amarrados en el embarcadero. Camino del hotel, el taxi circuló junto a la franja de césped que bordeaba la costa. Mucha gente disfrutaba de un paseo al atardecer.

—Parece Hawai —dijo la madre de Aki.

A mí me parecía una ciudad maldita. Todo estaba igual que cuatro meses atrás. Durante aquellos cuatro meses, una estación había sucedido a otra estación y, en Australia, la primavera incipiente había dado paso al pleno verano. Pero nada más. Sólo eso.

Íbamos a pasar una noche en el hotel y a regresar en el vuelo de la mañana siguiente. La diferencia horaria con Japón es muy pequeña, de modo que, desde nuestra salida, el tiempo había transcurrido tal cual. Después de cenar, me tendí en la cama y me quedé absorto con la mirada clavada en el techo. Y me dije a mí mismo: «Aki no está».

Tampoco estaba cuatro meses atrás. La dejamos en Japón cuando vinimos de viaje de estudios, los de la clase de bachillerato. Desde una ciudad japonesa cerca de Australia hasta una ciudad australiana cerca de Japón. En una ruta así, no hay que hacer escala a medio camino para repostar combustible. Por esa curiosa razón aquella ciudad había entrado en mi vida. La había encontrado hermosa. Todo cuanto veía me parecía diferente, exótico, fresco. Aki existía. Aki lo estaba viendo a través de mis ojos. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. ¿Qué diablos debería mirar yo aquí?

Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver. Ni en Australia, ni en Alaska, ni en el Mediterráneo, ni en la Antártida. En este mundo, vaya a dónde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir…, incluso vivir. Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado.

Sólo cuatro meses. Sucedió en el tiempo en que una estación da paso a la otra. Una chica se fue sin más de este mundo. Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero ¿estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy, entonces?

2

Aki y yo fuimos a clase juntos por primera vez en segundo de enseñanza media. Hasta entonces, no sabía cómo se llamaba, ni siquiera la había visto nunca. La casualidad hizo que fuésemos a parar, de entre los nueve grupos que había de segundo, al mismo y que el tutor nos eligiera delegada y delegado de la clase. Nuestra primera tarea como representantes de los alumnos fue ir a visitar a un compañero llamado Ôki, que había sido ingresado en el hospital tras haberse roto una pierna justo al empezar el curso. Por el camino, con el dinero que habíamos recaudado entre los compañeros y el profesor, le compramos unas flores y unas galletas.

Ôki estaba tumbado en la cama con una aparatosa escayola en la pierna. Había sido hospitalizado al día siguiente de la ceremonia de inauguración del curso y yo apenas lo conocía. Así que dejé que el peso de la conversación recayera en Aki, que había ido a su misma clase en primero, y yo me quedé contemplando la calle por la ventana de aquella habitación de la tercera planta. A lo largo del carril del autobús se alineaban una floristería, una frutería, una pastelería y otras tiendas que, juntas, conformaban una bonita calle comercial. Luego, más allá de las hileras de casas, se veía el castillo de la colina. Su torreón blanco asomaba entre el fresco follaje de los árboles.

—Oye, Matsumoto, tú, de nombre, te llamas Sakutarô, ¿verdad? —me preguntó de repente Ôki, que había estado todo el rato hablando con Aki.

—Pues sí —dije yo, volviéndome desde donde estaba, junto a la ventana.

—No pasa mucho, ¿eh? —dijo.

—¿No pasa mucho el qué?

—Quiero decir que a ti lo de Sakutarô te viene por Sakutarô Hagiwara
[2]
, ¿no es verdad?

No respondí.

—¿Sabes cómo me llamo yo, de nombre?

—Sí. Ryûnosuke.

—Pues eso. Por Ryûnosuke Akutagawa
[3]
.

Por fin comprendí de qué me estaba hablando.

—Quiero decir que tanto tus padres como los míos están chalados por la literatura —afirmó con aire satisfecho.

—Mi abuelo, en mi caso —dije.

—O sea, ¿que fue tu abuelo quien te lo puso?

—Sí.

—¡Uf! ¡Qué faena!

—Pues, Ryûnosuke todavía. Podría ser peor.

—¿Qué quieres decir?

—¿Te imaginas que te hubieran llamado Kinnosuke?

—¿¡Qué!?

—Ése es el verdadero nombre de Natsume Sôseki.

—¡No fastidies!

—Vamos, que si el libro preferido de tus padres llega a ser
Kokoro
[4]
, tú ahora te llamarías Kinnosuke.

—¡Anda ya! —dijo él riéndose, atónito—. ¿Quién iba a ponerle eso a un hijo?

—Sólo era un ejemplo —dije yo—. Tú suponte que te llamaras Kinnosuke Ôki. Serías el hazmerreír de la escuela.

El rostro de Ôki se ensombreció un poco.

—Y estarías tan resentido con tus padres por haberte puesto eso, que te largarías de casa. Y te convertirías en un luchador profesional de lucha libre.

—¿Y eso por qué?

—Porque a un tipo que se llama así no le queda más remedio.

—¡Uf!

Aki dispuso en un jarrón las flores que habíamos llevado. Ôki y yo abrimos la caja de galletas y mordisqueamos unas cuantas mientras charlábamos de nuestros padres amantes de la literatura. Al marcharnos, Ôki nos dijo:

—Volved otra vez, ¿vale? Es que me aburro, todo el santo día tumbado en la cama.

—Pronto van a empezar a venir los de la clase, por turnos, a explicarte las lecciones.

—Para eso no hace falta que vengan.

—Sasaki dijo que se apuntaba —dijo Aki, mencionando a la guapa oficial de la clase.

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