—Seré claro —continuó Jamukha—. Todos hemos tenido diferencias en el pasado, pero repetiré lo que mis enviados os dijeron. Una manada de chacales acecha nuestros rebaños. Pelear entre nosotros sólo les reportará más alimento. Es hora de que nos libremos de esos carroñeros.
—Vine aquí con reticencia —dijo Buyrugh—. Tres años atrás, tú mismo me hiciste daño.
—Fue Gengis Kan quien quiso atacarte.
—Pero tú estabas de su lado.
—También lo dejé solo en manos de tu general —dijo Jamukha—. Si hubiera atacado a Temujin en ese momento, no tendríamos por qué reunirnos aquí ahora.
Buyrugh hizo una mueca de disgusto.
—Intento corregir ese error. No puedo protegerme de mi hermano Bai Bukha con los mongoles y Kereit a mis espaldas. Me uniré a ti y pediré a los chamanes que hagan hechizos que te favorezcan.
Targhutai Kiriltugh soltó una risa burlona.
—Tus hechizos no te han ayudado demasiado hasta ahora.
Buyrugh lanzó una mirada furibunda al Taychiut. Jamukha alzó una mano.
—De nada servirá que riñamos entre nosotros. Os pido a todos que no hablemos ahora de antiguos resentimientos. Temujin es el enemigo común. Si pretendemos derrotarlo debemos dejar de lado el pasado. —Hizo una pausa—. Hice con él un juramento de "anda" y nunca me lamentaré lo suficiente. Le presté mi espada y mis hombres, y él me traicionó. Tengo tanto para reprocharme como cualquiera de vosotros.
—Y yo me uní a él por haberme casado con su hermana —masculló Chohos-chagan—. Pensé que sólo estaba eligiendo un líder a quien seguir en la guerra. —Sonrió mostrando sus dientes amarillos y se frotó el rostro de facciones irregulares—. Un Kan para la guerra, un Kan para la caza… eso creí que tendríamos, pero el hermano de mi esposa desea mucho más.
Jamukha estudió al jefe de los Khorola, preguntándose hasta qué punto podía confiar en él. Chohos-chagan lo había abandonado antes, y podía volver a hacerlo.
Sabía que esta alianza sería muy frágil. El jefe Dorben había llegado diciendo que su pueblo estaba ahora en paz con los tártaros y que cualquier ataque contra su antiguo enemigo Temujin sería recibido con agrado. Casi todos los Onggirat respaldarían a Jamukha pero, como siempre, dejarían que los otros combatieran. Khudukha Beki y sus Oirat temían que Temujin atacara sus bosques del norte, en tanto que el odio que los Merkit y los Taychiut sentían por el Kan mongol estaba plenamente justificado. Sin embargo, sólo un enemigo común lograba reunirlos: todos tenían motivos para sospechar del otro.
—Ninguno de nosotros estará seguro hasta que Gengis Kan no se reúna con sus antepasados —dijo Aguchu Bahadur—. Debemos demostrar que formamos una piña. —Miró a Jamukha—. Deberíamos convocar un "kuriltai" y elegir a nuestro propio Kan.
Jamukha había esperado ese momento.
—Sin duda —dijo—, te refieres a un Kan que pueda liderarnos cuando sea necesario y entretanto nos deje resolver nuestros propios asuntos.
—Esa es la única clase de Kan que deseo —dijo Chohos-chagan—. Pero no fue así como lo dispuso Temujin. En su ejército, ningún hombre comanda un "mingghan" o un "taman" si no ha servido en su guardia personal, lo cual le da al Kan la seguridad de que obedecerá sin reparos.
—Un Kan —masculló Buyrugh—. Supongo que necesitamos uno que nos conduzca en esta guerra, ¿pero quién de nosotros será?
Aguchu bebió un trago y luego dijo:
—El hombre que nos ha convocado aquí. ¿Quién sería más adecuado? Él fue el primero en advertir que debíamos unir nuestras fuerzas.
Jamukha miró a los otros jefes; ninguno de ellos parecía dispuesto a oponerse.
—Si es vuestra elección —dijo el Jajirat suavemente—, y la voluntad del cielo y el "kuriltai" me designan, por supuesto que aceptaré.
Se preguntó cuánto duraría su vínculo con aquellos hombres. Una victoria los uniría durante un tiempo, pero una vez que Temujin fuera derrotado, cada uno pensaría exclusivamente en su propio provecho. No tenía importancia: cuando el vínculo empezara a quebrarse, él ya sería lo bastante poderoso para castigar cualquier deslealtad. Se ocuparía de que todos obrasen de acuerdo al juramento que habían hecho.
Bortai tenía la garganta seca. Apenas si oía las letanías de los chamanes. La niña sólo había sido una masa sanguinolenta que había abandonado demasiado pronto su vientre antes de que la fiebre la invadiera.
Una mano le sostuvo la cabeza; un jarro se apoyó en sus labios mientras un líquido amargo caía por su garganta. Vio los ojos oscuros de Teb-Tenggeri y luego se durmió arrullada por el sonido de los tambores del chamán.
Cuando despertó todo estaba en silencio. La habían dejado sola, para morir; los chamanes debían de estar fuera advirtiendo a los otros que se alejaran. Bortai abrió los ojos y vio los rostros de sus hijos.
—Madre —susurró Ogedei.
—No deberíais estar aquí —dijo la mujer con voz ronca.
—¿No te das cuenta? —Chagadai le apoyó una mano en la frente—. El espíritu maligno te ha abandonado. Teb-Tenggeri salió hace un rato para decirnos que la fiebre había desaparecido y que dormías.
Volvió a dormirse y despertó con el ruido familiar del parloteo de las criadas. Le trajeron alimento y leche de yegua e insistieron en que debía descansar. Durante tres días estuvo demasiado débil para salir de la tienda sin ayuda. Jochi le informó de que el Kan había subido al Burkhan Khaldun y había permanecido allí varios días. Había bajado del monte hacía apenas un día.
Bortai esperó que Temujin fuera a verla, pero pasó otro día sin que él acudiera. Para entonces, ella ya se había enterado de lo que todo el campamento sabía. Los enemigos de su esposo se habían reunido en un "kuriltai" y habían proclamado a Jamukha Gur-Kan, el Kan de Todos los Pueblos.
Era una señal. La muerte de la hija que había engendrado un año antes, la pérdida de la última criatura, el murmullo del chamán junto a su cama diciéndole que ya no tendría más hijos, la pérdida del favor de su esposo, y ahora la unión de sus enemigos… todo eran señales. Los espíritus, pensó ella, trataban a su pueblo de manera muy semejante a los Kin, favoreciendo a un líder durante un tiempo antes de volverse contra él.
Temujin podría necesitarla ahora. Bortai dejó de lado su orgullo y llamó a uno de los guardias.
—Dile al Kan que la cierva anhelante espera el retorno del ciervo. Dile que daría gran placer a su Khatun si se dignara a visitar esta tienda.
Hizo salir al hombre, sabiendo que tal vez Temujin no acudiría.
Sólo los hijos de Bortai y sus criadas comieron con ella esa noche. Se fue a la cama lamentando haber enviado el mensaje. Su esposo tenía preocupaclones más urgentes; seguramente estaría con sus generales, discutiendo sobre la amenaza a la que ahora debían enfrentarse.
Todavía estaba despierta cuando escuchó voces fuera. El suelo de madera de la gran tienda crujió cuando una criada corrió hacia la entrada. Bortai se sentó y vio que el Kan avanzaba hacia ella.
—Me alegra que te encuentres bien —dijo él, desviando la mirada.
—Y a mí me alegra que hayas venido, esposo.
Temujin se puso un dedo sobre los labios y miró hacia el lado oeste de la tienda, donde sus hijos dormían detrás de una cortina. Se desvistió rápidamente hasta quedarse en camisa y luego se tendió junto a la mujer.
—Fui a la gran montaña —dijo finalmente—. Allí oré por ti. —Se cubrió con la manta—. Subí solo porque no quería que mis hombres vieran que lloraba a causa de mi esposa.
—No habrías perdido demasiado —le susurró ella—. No puedo darte más hijos, y no deseas mis consejos. Ahora soy inútil para ti.
—No, Bortai. Me dije que una esposa que me hubiera avergonzado delante de mis hombres, instándolos a desobedecerme, merecía ser castigada. —Le rodeó la cintura con un brazo—. Después, cuando creí que podía perderte, me enfurecí conmigo mismo por no haberte perdonado mucho antes.
Ella le tomó la mano. Admitir aquello debió de costarle mucho.
—Tú eres mi suerte, Bortai —continuó Temujin—. Si te pierdo, sabré que los espíritus me han abandonado. —Guardó silencio durante largo rato, después acarició la mejilla de la mujer—. Estás llorando.
—Tengo una basurilla en el ojo.
Él le enjugó las lágrimas.
—Muy pronto he de marchar a la guerra —dijo—. Sólo estoy demorando el momento para tratar de hacerlo con alguna esperanza de triunfo.
—Estuviste acertado al ayudar a Toghrill cuando lo hiciste, y yo estuve equivocada al protestar. Necesitarás a los Kereit para derrotar a tus enemigos. No pierdas más tiempo y ataca, Temujin. Si los derrotas, se dispersarán y tal vez se enfrenten entre ellos.
—Eso dicen mis hombres, pero no estoy seguro.
Uno de los guardias gritó algo fuera de la tienda. Temujin se sentó al ver que Jurchedei entraba, corría hacia la cama y hacía una reverencia.
—Perdóname por despertarte —dijo el jefe Uruggud—, pero ha venido un hombre que ha jurado lealtad a los Khorola; suplica hablar contigo. Está fuera, con Khasar, que lo trajo hasta aquí. Tus enemigos intentan sorprenderte.
Temujin se levantó de inmediato y buscó su abrigo.
—Dile que entre.
Jurchedei gritó la orden y apareció un hombre, seguido de Khasar. Bortai se cubrió con la manta; Temujin se sentó junto a su esposa. El extranjero hizo una reverencia.
—Soy Khoridai —dijo—, y he venido en son de paz. Temujin frunció el entrecejo. —Tu jefe no pensaba en la paz cuando volvió a unirse a mi "anda". —Es posible que Chohos-chagan ya esté arrepentido del juramento que hizo a Jamukha. —Khoridai rebuscó bajo su abrigo y extrajo un pañuelo de seda—. Este pañuelo es uno de los últimos regalos que le hiciste a tu hermana. Ella me envió para suplicarte que huyas.
Temujin hizo una mueca.
—Parece que después de todo su matrimonio no fue inútil. —Miró a los otros—. Pero me pregunto hasta qué punto Temulun puede ocultarle algo a su esposo. Si me apresan, él no pierde nada. Si escapo, siempre podrá afirmar que no traicionó el juramento que me hizo, ya que espió para mí.
—El Gur-Kan está reuniendo fuerzas para atacarte. —Khoridai alzó las manos—. Está al este, en el valle del río Argun, donde lo eligieron Kan. Para llegar aquí debí ocultarme de sus hombres. Viajaban transportando un gran "yurt" que levantarán para festejar la victoria. Su ejército iniciará el avance dentro de unos pocos días. Aún estás a tiempo de huir.
—Se mueve con rapidez —intervino Khasar—. Tienes que escapar.
Temujin levantó una mano.
—No huiré de los cazadores. Si quieren guerra, la tendrán. Jurchedei, envía mensajeros al Ong-Kan diciéndole que me traiga sus ejércitos de inmediato. Jamukha seguramente pensará en atacar a los Kereit después de derrotarme. —El Uruggud se dispuso a salir—. Khoridai, siéntate. Quiero escuchar todo lo que sabes acerca de los planes de mi "anda".
Un explorador se presentó ante Jamukha para decirle que las fuerzas de Gengis Kan avanzaban. Jamukha supo entonces que alguien había alertado a su "anda". Sin embargo, aún podía vencerlo. Ya había derrotado a Temujin en otra oportunidad, y esta vez su fuerza era mayor. Una victoria borraría el pasado.
El verano estaba por acabar y el clima era apacible; el ejército no sería perturbado por los caprichos de Tengri. Mientras bordeaban los pantanos próximos al lago, bandadas de patos y cigüeñas se elevaron hacia el cielo, produciendo el mismo sonido que un ventarrón. Las alas izquierda y derecha se desplegaron sobre la llanura mientras el centro avanzaba hacia el pie de las montañas. Banderas y antorchas transmitían las señales; antes del alba se enfrentarían a los hombres de Temujin.
Las hogueras titilaban en la planicie, más abajo, mientras Jamukha y sus guerreros se preparaban para la batalla inminente. Él durmió descansando la cabeza sobre su montura. Cuando despertó, el cielo todavía estaba oscuro. Su sueño había sido un presagio: los espíritus le habían dicho cómo debía actuar y contaba para ello con los hombres necesarios. Mandó llamar a Buyrugh y a Khudukha Beki.
Amanecía, pero negros nubarrones ocultaron rápidamente el sol que se alzaba.
Jamukha no temía la tormenta, pues se convertiría en una de sus armas. Para luchar no disponía únicamente de espadas, arcos y lanzas, sino también de la fortaleza que representaban las montañas, el muro de laderas a sus espaldas y el cielo amenazador. Había belleza en el combate, en tomar muchas vidas enemigas, perdiendo la menor cantidad posible de hombres.
Esperó cerca de un arroyuelo, observando las banderas que transmitían señales. Khudukha Beki y Buyrugh cabalgaron hacia él a través de las filas de jinetes.
—Habrá tormenta —dijo Jamukha cuando ambos desmontaron.
—Sí —masculló Khudukha—. Deberíamos ordenar que nuestros hombres mantuvieran su posición para esperar que pase. Por eso nos has llamado, ¿verdad?
—Tuve un sueño —dijo Jamukha—. Koko Mongke Tengri se ofrece a ayudarnos. Eso me han dicho los espíritus. Os pido, ya que os llamáis chamanes, que volváis esta tormenta contra Temujin. —Levantó la mano cuando el viento aulló—. Se desplaza hacia el enemigo, dispuesta a arrasarlo.
—El viento puede cambiar —dijo Buyrugh—. Acepta mi consejo; haz que los hombres retrocedan hacia las montañas, donde hallarán refugio, y espera…
—La retirada parece ser tu única estrategia —dijo Jamukha—. ¿Acaso unas pocas nubes pueden asustar a alguien que tiene el poder de hacer sortilegios? Dicen que Temujin tiene a su servicio un chamán poderoso… Tal vez debería haberlo capturado para salirme con la mía. He soñado —continuó Jamukha—. Tengri me ha prometido una tormenta. Haz que caiga sobre él. De lo contrario, serás castigado por haberte jactado de tener poderes de los que careces.
—Yo confiaría en mis hechizos —dijo Khudukha—, y no en tus sueños.
Los dos hombres entonaron sus letanías; el viento les respondió con un gemido. De pronto, comenzó a llover. El viento cambió bruscamente; el granizo azotó a Jamukha. Estaba atrapado entre cortinas de agua fría como el hielo, incapaz de ver o de oír los gritos en las sombras que lo rodeaban, ahogados por el ulular del viento. Su hombres se apiñaron en torno a él, invadidos por el pánico.
—¡Alto! —gritó Jamukha, pero los jinetes pasaban a su lado, galopando hacia las laderas—. ¡Volved! —les gritó a los que estaban a sus espaldas. ¡Hacia el río! —Se abrió paso a través de los jinetes que lo rodeaban. Siguió su marcha, pues sabía que si se detenía él y su caballo se congelarían. "Que todos mueran —rogó—. Llévatelos a todos… Ios enemigos, y a los que me abandonaron".