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Authors: Adolfo García Ortega

Pasajero K (22 page)

BOOK: Pasajero K
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Al llegar allí, Balmori volvió a ser él mismo: sacó de la caja metálica un antiguo billete seminuevo de 10 rublos, rojo, con la efigie de Lenin; lo situó encima de un pequeño expositor publicitario de Barclays Bank que daba vueltas sobre su eje y en el que se leía:
«Keep your treasures safe-use our safe deposit boxes»
; y finalmente hizo una foto encadenando, en planos yuxtapuestos, el banco, el billete ruso y la placa de la pared. Seguía sin saber cuál de las dos Europas era esta. A lo mejor, se dijo, solo existían otras dos: la Europa de los carniceros y la de las vacas.

Buscaba
Schlachthof
.

Es decir, matadero.

Era lo que estaba haciendo, bastante absorto, cuando Sidonie regresó al hotel. Buscaba mataderos por Internet. Nunca se fueron de su cabeza los animales de la granja Maudan.

Al verla aparecer inesperadamente, Balmori se sobresaltó porque no llamó a la puerta, sino que utilizó la segunda llave de su propia habitación. Estaba ahí, era ella, avisó. Hubo un saludo y él enseguida volvió a sumergirse en la pantalla. Sobre la mesilla, Sidonie se fijó en uno de esos zumos de tomate del minibar con una pajita y le preguntó cómo se encontraba, si había comido algo. En realidad, no estaba bien del todo, el cuerpo tardaría unos días en recuperarse, solo bebía líquidos, pero era algo temporal. Parecía muy serio, un tanto ausente. ¿Le dolía la boca? Asintió con un ligero movimiento de cabeza. A continuación, ella vio la Canon nueva sobre la cama, rodeada de los cartones de protección amontonados junto a la caja de embalaje. Sí, había salido a comprarla. Necesitaba una cámara de verdad, se había deshecho del ridículo tetrabrik, necesitaba volver a hacer
sus
fotos, fotos auténticas, nada de gestos vacíos, quería los reales. Hizo una foto de Lenin, no podía irse de Zurich sin hacer una foto de Lenin, o de su casa, más bien. La cámara la había comprado cerca, y no era barata. Esto era Suiza, claro. Pero hablaba sin dejar de mirar la pantalla del ordenador. Buscaba tan concentrado que ni siquiera le preguntó a ella si había dado con Zana o con Jergovic.

¿Qué estaba mirando?

Mataderos.

Y hablando de mataderos, por ejemplo, ¿sabía ella cuál era el nivel de estrés de un animal antes de ser electrocutado o degollado? ¿O que la descarga eléctrica generaba un nivel de dolor cien veces superior a un punzamiento, laceración u opresión traumática? ¿O que en algunos mataderos se les extraía sin sedación la tráquea y el esófago por la boca antes de matarlos? ¿O que en lugares donde hay varios animales inmovilizados esperando la muerte se había detectado, mediante controles del ritmo cardiaco y de la abertura de los ojos, un nivel de angustia colectiva enorme? ¿Y que los ojos de los animales en los mataderos, a medida que van presintiendo (porque lo presienten) el momento del sacrificio, están abiertos hasta su límite elástico y se vuelven acuosos? Las preguntas procedían de lo que había estado leyendo en el ordenador. ¿Sabía cómo funcionaban los mataderos, qué se hacía con la carne, con las vísceras, cómo se desollaba a un animal? No, Sidonie no sabía casi nada a propósito de mataderos, ni deseaba saberlo. Quería a las vacas de Auvers, las sentía como parte de algo profundo que existía dentro de ella, y la invadía la desolación cuando Frédéric, o Madi, o el viejo Gaston las metían en las camionetas para sacrificarlas, pero a partir de ahí, desconectaba, no sabía nada más.

Por un instante Sidonie creyó que Balmori se había vuelto cínico. ¿Quería oír algo gracioso?, le dijo, volviendo sobre el mismo asunto. Había leído que el director del Matadero Municipal de Zurich declaró en una entrevista que «la muerte de los animales es carnosa», y se había sonreído de su propio ingenio. ¡La muerte de la carne es carnosa, ja! A Sidonie no le hacía gracia que bromeara con eso. ¡Pero si no era él quien lo decía, era ese idiota del director!

Espera, espera.

Balmori quiso enseñarle algo más que había encontrado mientras indagaba sobre mataderos. Era consciente de que iba a sorprender a Sidonie. Primero había comenzado buscando «mataderos de Zurich». Y luego fue a «técnicas de matarife», y luego derivó en «mataderos-y-carne», y en «carniceros-y-Karadzic». De ese modo, después de encontrar múltiples referencias a Radovan como «el Carnicero de Sarajevo», yendo de una cosa a otra de página en página, había dado con un artículo anónimo que unía los dos conceptos,
mataderos
y
Karadzic
. ¿Qué le parecía?

En octubre de 1991 comenzaron las primeras matanzas y violaciones de mujeres en la antigua Yugoslavia. El 27 de marzo de 1992, los serbobosnios, con Radovan Karadzic a la cabeza, proclamaron la República Serbia de Bosnia-Herzegovina. A los pocos días, comenzó la guerra en Bosnia. La limpieza étnica, una idea que ya estaba en la doctrina de Vuko, su padre, y que le inculcó en Radovan también su madre Jovanka, se convirtió en su obsesión bajo la tesis de que los males de Europa eran dos: la enfermedad y el pecado. Dos extremos que para Karadzic —como antes lo fue para Vuko y para los demás
chetniks
— los musulmanes representaban plena y específicamente, quizá a su pesar, desde las dominaciones turcas. Psiquiatra, carnicero, curandero, pope, eran algunas de las actividades que tenían por objeto la lucha contra la enfermedad y el pecado. Contra la carne, en suma. Karadzic desempeñó a su manera todos esos trabajos.

El artículo insinuaba estas cosas sin demasiadas matizaciones. Estaba escrito en inglés y no llevaba firma. Lo más inaudito era que revelaba, además, algo que Sidonie desconocía hasta el momento: que, ya como Dragan Dabic, se había camuflado de trabajador en un matadero.

Debió de ser después del tiempo que estuvo escondido en los monasterios de Serbia. El articulista indicaba brevemente que esa fue la primera identidad falsa que adoptó Karadzic, pero que entonces ya debía de emplear el nombre de Dragan Dabic, porque, si bien no había el menor rastro de ningún trabajador así llamado en los mataderos de Serbia ni de Montenegro, sí lo hubo en uno de Zhiti, al norte de Kosovo, en 1996. Sería un buen lugar y un buen oficio para iniciar una nueva vida, antes de regresar a Belgrado limpio de toda relación con Bosnia y convertido en cualquier persona, por ejemplo, un curandero. El artículo, no obstante, lo consideraba una conjetura, muy probable dada la coincidencia del nombre y de la época, pero no ofrecía ninguna prueba al respecto. Balmori, sin embargo, eligió creérselo y no tenía ninguna duda de que se trataba del mismo Dragan Dabic, alias Radovan Karadzic.

Dio un sorbo a la pajita del zumo de tomate que había sobre la mesilla. ¿Sabía qué?, le dijo a Sidonie, con frialdad: él estaba seguro de que Karadzic había disfrutado cada minuto en que trabajó en aquel matadero. Estaba cumpliendo con su deber, en cierto modo; era materializar un símbolo.

Balmori apagó el ordenador. Se sentía agotado y todavía dolorido. Después de todo, cuando lo pensaba, tenía la certeza de que quizá esa Europa real de la que hablaba Lenin fuera la Europa de los carniceros y no la de las vacas.

Sidonie le anunció de pronto que tenían que irse de allí, salir de Suiza a la mañana siguiente. Después le puso al corriente de sus averiguaciones. Jergovic se escondía en Roma, probablemente con Zana. Si huían de algo, era de lo mismo que Balmori y ella: de los dos tipos del tren. Estos sabían perfectamente dónde buscarlo, habían dado con su paradero, un lugar que hacía años se llamó Buddenbrook pero ahora se llamaba de otra manera, no recordaba cómo, incluso tal vez hubieran ido hasta allí a matar a Jergovic o a torturarlo, pero la única persona que les abrió la puerta fue un filatélico apacible con una sola palabra clave en la cabeza: Heinz. Y los dos asesinos no sabían nada de ese Heinz, por lo tanto estaban en desventaja, el filatélico no les podía dar ninguna pista. Por suerte para Jergovic y Zana, él solo se preocupaba por los inmigrantes del Este. Sidonie estaba convencida de que el serbio la esperaba en Roma, pero tal vez fuese un error. ¿Por qué no llamaba al número de móvil que había en el sobre y salía de dudas? No, prefería hacerlo desde Roma, cuando Jergovic y ella pudieran tener una entrevista a continuación, en caliente, inmediatamente después de llamarlo. Las cosas a veces se enfriaban, la gente daba marcha atrás. ¿Y si no estaba en Roma, y si había huido también de allí? Bueno, al menos ellos también habrían salido de Suiza.

Suiza estaba muy presente en la mente de Karadzic. Le gustaban las vacas suizas «por su rareza, su mansedumbre» (según sus palabras textuales). Eran vacas limpias, decía. También solía decir que aquel era un país de salvación. Quizá Suiza había sido alguna vez una opción para ocultarse como Dragan Dabic, una opción que por algún motivo desechó. En sus discursos argüía que, para salvar a su pueblo de la perversidad islámica, soñaba con conseguir la convivencia aséptica y separada que demostraban los suizos. Para Sidonie eso no era más que un eufemismo de limpieza étnica, obviamente. Suiza era un modelo para él. Lo dijo en una entrevista por la televisión.

En cambio, para Balmori, Suiza era muy pocas cosas. Y desunidas.

Era el país donde vivía la cantante Mina.

Era el país cuya vuelta ciclista ganó Hennie Kuiper en 1976.

Y era el país en el que su padre nunca había estado, por mucho que Renata, su madre, le contara una vez la ridícula historia de que había sido concebido frente a un paisaje suizo, ya que en la habitación de la Casa Fantástica, sobre el cabecero de la cama, había un cuadro de vistas alpinas pintado por él antes de quedarse ciego.

¿Por qué leía ese libro de Lenin? Porque era un libro de humor.

Adiós a Zurich. Ambos sintieron una liberación, al marcharse. Otro tren los llevará hasta Roma, la ciudad de los turistas y de los papas. Primera meta, Milán. Irán en el Cisalpino 13 que salía a las 7:09 y llegaba a las 10:50 a la estación Central de Milán. Allí, transbordarán casi sin tiempo en el Eurostar AV9513 de las 11:15, con llegada, a las 14:45, a Roma Stazione Termini, cuyos cristales filtraban a esa hora una luz dorada que rebotaba en los pilares negros de la gran nave del vestíbulo. Era la tarde del 18 de febrero. Él no estaba en Roma desde mucho antes de la muerte de Lea. Ella jamás había puesto los pies allí.

Roma no era ajena a Balmori. Porque Roma era Lea. Vivió un tiempo con ella en la casa que le había regalado su primer amante (un viejo senador rico, de Campania), en via Viminale, aunque apenas por unos meses, porque enseguida la vendió. Vivieron allí intermitentemente, entre idas y venidas a España, durante los años buenos de su matrimonio. Era un piso antiguo y mohoso, imposible de calentar y con ruidos de vecinos. Lea acostumbraba a acudir a su casa romana después de grabar un disco o de deprimirse, dos hechos que cada vez coincidían con más frecuencia. La Pantera, la imitadora de Mina, la cantante de voz quebrada, la eterna perdedora de San Remo, en Roma lloraba de ira, expulsaba los demonios, imploraba ternura, y no siempre lo hacía en los brazos de Balmori. Lea era mundana por naturaleza e infiel, lujuriosa, dominante. Algunos la veían como un diamante por pulir, pero ella siempre se veía a sí misma en el fango del fracaso. ¡Qué quebradiza era la textura de los sueños! Y en ningún lugar como en Roma sentía la frialdad acusatoria de ese fracaso de toda su vida. Su propio marido, ese director de cine hispanoholandés de tan pocas películas, era también un fracaso andante. Desesperada, teatral, vaciaba botellas de Cinzano Bianco tumbada en la cama y hacía trizas sus fotos. Balmori tenía que escondérselas para que no destrozase los testimonios de su belleza, los vestigios de sus actuaciones, su memoria coagulada de artista. Cuántas fotos intactas quedarían al final, tras su muerte, eso solo lo sabría el bueno de Odell.

Sí, Roma seguía adherida en el alma de Balmori como otra piel sobre su piel.

Después de la casa del senador, Lea y Balmori vivieron cerca de via Veneto, en el 21 de via Boncompagni. Fueron los años de los festivales hasta el amanecer, del vértigo juntos, del amor eterno sobre las playas, de los aviones urgentes, de la extraña pareja, de las disputas públicas, de las reconciliaciones a zarpazos, del champán en el desayuno. Pero siempre hubo otros hombres, y luego otros hombres más, y sospechas, y mentiras, alguna foto a destiempo. ¡La oscura Lea Minardi, romana, rencorosa, retratada cuando no quería! Seguramente, ese piso de Boncompagni, tan barroco, con habitaciones de arcos ojivales en los dinteles y alcobas recargadas de muebles dannunzianos, sería hoy propiedad de Odell, aunque lo más probable era que ya lo hubiese puesto a la venta. Muerta Lea, ¿qué iba a hacer él en una casa en la que no vivió ni un solo día? Porque a Balmori le constaba que, desde su divorcio, Lea no había vuelto a Roma con Odell, la pantera se había amaestrado. Por otra parte, si la casa de Lea Minardi estaba en venta, ¿quién se acordaría de su propietaria, quién la compraría por haberla habitado una gran cantante que siempre estuvo en las puertas de la gloria, sin traspasarlas?

Se le ocurrió que ahora mismo, nada más bajarse del tren, podría tomar un taxi, plantarse allí, en el segundo piso, y pulsar el timbre. Una insensatez, porque solo podían abrirle dos clases de personas: Odell o un desconocido. Superó la tentación de comprobarlo. El pasado era fruta amarga y su mal sabor duraría demasiado tiempo en la boca, ya debería tener bien aprendida esa lección.

Lo que, en cambio, recordó de golpe, como si estuviera enterrada en sus recuerdos, fue una noche de 1985, o tal vez fuese de 1986, en el Paris, un restaurante del Trastevere en via Dario Cappellanti, cuando al verlos entrar a Lea y a él alguien dijo en voz alta que «era verdad que La Pantera tenía ojos de folladora». Balmori se revolvió contra el hombre que la insultó, un individuo ridículo de mediana edad, y le partió la cara tras un forcejeo sobre las mesas; no podía tolerar que un imbécil como ese dijera algo tan íntimo y tan impúdico, que solo le concernía a él. Fue la primera pelea, y la ganó. La segunda había sido en Zurich, bajo los golpes de Yuri, y ni siquiera fue una pelea, sino una paliza. Pero de pronto, ahora, caía en la cuenta de que esa primera vez, en el Paris, peleó como un niño a quien habían llamado puta a su madre.

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