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Authors: Mathias Malzieu

Tags: #Fantástico, romántico

La mecánica del corazón (13 page)

BOOK: La mecánica del corazón
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—Le dije simplemente que me habías destrozado un ojo sin razón. ¡Fue de buena fe, me parece!

Una parte de la fila que espera se decanta a favor de Joe; otra, más reducida, de mí.

—¡Dijiste que sería un combate a la antigua, leal! ¡Mentiroso!

—Y tú lo truncas todo, sueñas tu vida, y tus pseudoinvenciones poéticas no son más que mentiras. Tu estilo es distinto, pero termina exactamente en lo mismo… En fin, ¿la has visto hoy?

—No, aún no.

—Me he quedado con tu empleo, me he quedado con tu habitación, y tú, tú lo has perdido todo. Pues así es, ¡la has perdido
Little
Jack! Ayer, después de vuestra discusión, vino a llamar a mi puerta. Necesitaba consuelo, tras la crisis de celos que acabas de montarle… Y yo no le dije ninguna de tus tonterías sobre relojes ridículos. Le hablé de cosas reales, que conciernen a todo el mundo. Si quería instalarse en los alrededores, qué tipo de casa le gustaría tener, si pensaba tener hijos, todo eso, ¿comprendes?

Me asalta la duda. Mi columna vertebral se convierte en cascabel. Escucho el eco de mis escalofríos en todas partes bajo mi piel.

—Evocamos también ese día en el que estuvo a punto de quedarse encerrada en el hielo del lago congelado. Y en ese punto, ella se arrojó a mis brazos. Como antes, exactamente como antes.

—¡Te destrozaré el otro ojo, basura!

—Y nos besamos. Como antes, exactamente como antes.

La cabeza me da vueltas, me siento desfallecer. De lejos, escucho a Brigitte Heim que comienza a arengar a la multitud, el tren está a punto de comenzar su trayecto. Mi corazón me ahoga, debo de estar tan feo como un sapo mientras fuma su último cigarrillo.

Antes de marcharse para hacer su espectáculo, Joe se burla una última vez de mí:

—Ni siquiera te has dado cuenta de que la estabas perdiendo. Esperaba enfrentarme con un adversario más tenaz. En serio que no te la mereces.

Me precipito sobre él, agujas en ristre. Me siento como un toro diminuto con cuernos de plástico; él es el torero esplendoroso que se apresta a dar la estocada. Su mano derecha me agarra por el cuello y me envía volando contra el polvo, sin esfuerzo aparente.

Luego entra en el tren fantasma, la clientela tras él. Me quedo ahí durante un tiempo infinito, el brazo izquierdo apoyado sobre mi plancha rodante, incapaz de reaccionar.

Termino yendo al taller de Méliès. Llegar me toma una eternidad. Cada vez que mi aguja marca los minutos con una sacudida, diríase que la hoja de un cuchillo se hunde un poco más entre mis huesos.

Medianoche en el reloj de mi corazón. Espero a Miss Acacia contemplando la luna de cartón que mi prestidigitador del amor ha fabricado para su dulcinea.

Las doce y diez, y veinticinco, y cuarenta. Nadie. La mecánica de mi corazón se recalienta. Empieza a percibirse el olor a quemado. La sopa de erizos se agria. Y sin embargo he hecho todo lo posible para no condimentarla con demasiadas dudas.

Méliès sale de su habitación, seguido de su cortejo de mujeres atractivas. Incluso eufórico, sabe ver cuándo las cosas no me van bien. Con una tierna mirada, les hace entender a sus bellezas que es hora de calmarse, para que el desajuste de los ambientes no me hunda todavía un poco más.

Ella no ha venido.

12

Al día siguiente, Miss Acacia da un concierto en un cabaret de Marbella, una ciudad balneario situada a unos cien kilómetros de Granada. «Es una buena ocasión para verla y estar con ella sin la presencia de Joe», me dice Méliès.

Me presta su traje más hermoso y su sombrero de la suerte. Le pido encarecidamente que me acompañe y acepta con la misma naturalidad que el primer día.

Durante el camino, el miedo y la duda rivalizan con el deseo. Jamás hubiera creído que es tan complicado mantener a nuestro lado a la persona que más queremos y deseamos en el mundo. Acacia me ofrece su amor sin exigirme nada, sin mezquindades ni problemas. Yo también le ofrezco todo lo que soy y lo que tengo y, sin embargo, ella recibe menos. Quizá sea que no sé ofrecerme de manera correcta. Pero tengo claro que pese a ello no voy a dejar escapar el tren mágico al que me he subido en los últimos meses, aquel en cuya locomotora crepita con fuerza mi pasión. Le aclararé que a partir de esta misma noche estoy dispuesto a cambiarlo todo, a aceptarlo todo, con tal de que ella me ame. Y todo volverá a ser como antes.

El escenario, minúsculo, está instalado a orillas del mar. Y sin embargo el mundo entero parece haberse reunido a su alrededor. En primera fila, el inefable Joe. Se diría que es un tótem con el poder de hacer temblar todo mi cuerpo.

Mi pequeña cantante entra en escena, taconea con una violencia inaudita, fuerte, más que fuerte. Es un lobo quien la habita hoy. Un blues ocre se mezcla con su flamenco. Parece que la invade una fuerza hasta la fecha desconocida. Con su ropa de reflejos naranjas está más bella que nunca. Lo cierto es que hay demasiadas tensiones a exorcizar esta noche.

De repente, su pierna izquierda atraviesa las tablas, luego su pierna derecha, en un estrépito muy fuerte. Me precipito a ayudarla, pero la gente no me deja pasar, y mientras gritan no se mueven y observo cómo la joven se hunde sin poder remediarlo. Busco su mirada pero no parece reconocerme, a lo mejor la ha despistado el sombrero de Méliès. Joe se precipita hacia ella, sus grandes piernas avanzan eficazmente entre la multitud. Me esfuerzo contra un mar de gente. Joe gana terreno. En pocos segundos, alcanzará sus brazos. No puedo dejarla entre esos brazos. El rostro de Miss Acacia se crispa, está herida y ella no es de las que se quejan por nada. Me gustaría ser médico, o, mejor, el mago capaz de volver a ponerla en pie inmediatamente. Trepo entre la gente, entre brazos, hombros y cabezas, como en el tren fantasma. La voy a atrapar, la voy a atrapar. Se ha hecho daño, no quiero que sienta dolor. La gente se apresura ahora contra el escenario, ávida por ver qué ha pasado. Alcanzo a Joe. ¡Impediré que las tablas del escenario la devoren aún más! ¡Esta vez voy a ser yo! Salvaré a Miss Acacia, y al hacerlo, me salvaré en sus brazos.

Desde las profundidades de mis engranajes un súbito dolor atraviesa mis pulmones. Joe me ha adelantado. Sus largos brazos recogen a Miss Acacia y yo lo observo todo a cámara lenta; todo discurre ante mis ojos. He debido dejarme desbordar por mi sueño de salvarla. Él envuelve su cuerpo de pájaro. Mi reloj rechina. Lleva a Miss Acacia como una desposada. Me parece hermosa, pero está en sus brazos. Desaparecen ambos por el camerino. Contengo un grito, tiemblo un poco. ¡Socorro, Madeleine! Envíame una armada de corazones de acero.

Tengo que derribar esa puerta. La empujo con todas mis fuerzas pero sigue cerrada. Me dispongo a recuperar aliento y parte de mi energía sobre las tablas del escenario. Percibo mi reflejo en el cristal.

Tras varias tentativas y mientras estudio la situación, la puerta se entreabre. Veo a Miss Acacia tumbada en los brazos de Joe. Su vestido naranja, ligeramente arremangado, sembrado de gotas de sangre que brotan de sus pantorrillas. Parece que Joe acaba de morderla y que se dispone a devorarla.

—¿Qué te ha pasado? —dice ella acercando su mano a mi cabeza para acariciar mi chichón.

Esquivo su gesto.

Mi corazón ha detectado el soplo de ternura, pero no lo ha asimilado de verdad. Mi cólera lo domina. La mirada de Miss Acacia se endurece. Joe estrecha su pequeño cuerpo de pájaro contra su pecho, como si quisiera protegerla de mí. Oh, Madeleine, debes notar el temblor de mi cuerpo allá donde estés. Mi reloj palpita incesantemente.

Miss Acacia le pide a Joe que salga. Él se comporta con la caduca cortesía de un judoca. Pero antes, deja dulcemente a Miss Acacia en una silla; tiene miedo a que se rompa. Sus gestos delicados me resultan insoportables.

—¿Has besado a Joe?

—¿Perdón?

—¡Sí!

Me invade la ansiedad.

—Pero ¿cómo puedes creer una cosa así? Solo me ha ayudado a sacar la pierna de ese escenario podrido. ¿Lo has visto bien, no?

—Lo he visto, pero ayer él me contó…

—¿De verdad piensas que quiero volver con él? ¿Crees que sería capaz de hacerte eso? ¡No entiendes nada, palabra!

El miedo a perderla y el dolor en la cabeza forman un remolino eléctrico que ya no controlo. Voy a vomitar, siento la angustia como un fuego en mi estómago e incluso afecta a mi cerebro. Parece que voy a sufrir un cortocircuito. Pronuncio palabras terribles, palabras solemnes de las que puedo arrepentirme.

Quisiera poder rebobinarlas de inmediato, pero la hiel hace su efecto. Siento cómo los lazos que nos unían se rompen uno a uno. Hundo nuestro barco a golpes de frases cortantes; debo detener esta máquina de escupir resentimiento antes de que sea demasiado tarde, pero no lo consigo.

Joe abre la puerta despacio. No dice nada, tan solo mete la cabeza, para mostrar a Miss Acacia que vela por ella.

—Va todo bien, Joe. No te preocupes.

Sus pupilas brillan con una tristeza infinita, pero los pliegues que rodean su linda boca anuncian cólera y desprecio. Esos ojos de los que tanto he adorado la floración de sus pestañas no arrojan ahora más que lloviznas y nieblas vacías.

Es la más fría de las duchas posibles, que tiene la ventaja de reconectarme con la realidad de la situación. Estoy rompiéndolo todo, lo veo en el espejo partido de su mirada, hay que dar marcha atrás, y lo más deprisa que se pueda.

Me juego el todo por el todo, abro bien las compuertas de lo que siempre quise esconderle. Sé que tendría que haber comenzado por ahí, que lo hago todo desordenado, pero intento invertir el motor, otra vez.

—Te quiero al bies porque soy un perturbado del corazón de nacimiento. Los médicos me prohibieron formalmente enamorarme, mi corazón-reloj es demasiado frágil para resistirlo. Y sin embargo he puesto mi vida en tus manos, porque, más allá del sueño, me has dado una dosis de amor tan fuerte que me he sentido capaz de enfrentarlo todo por ti.

Ni el menor hoyuelo en el horizonte de sus mejillas.

—Hoy lo hago todo al revés porque ya no sé cómo ponerme para dejar de perderte y eso me enferma. Te quie…

—¡Y además crees en serio en tus mentiras! ¡Es patético! —Contesta—. No te comportarías así si hubiese un poco de verdad en lo que me cuentas… Seguro que no. ¡Vete, vete, por favor!

El cortocircuito se intensifica, pone mi reloj al rojo. Los engranajes entrechocan con un rechinar lúgubre. Mi cerebro arde, el corazón me sube hasta la garganta. A través de mis ojos, estoy seguro de que puede deducirse lo que está sucediendo.

—No soy más que un farsante, ¿es eso? Muy bien, vamos a verlo, ¡y que sea ahora mismo!

Tiro con todas mis fuerzas de las agujas. Es horriblemente doloroso. Agarro la esfera con las dos manos y, como un loco, intento arrancar el reloj. Quiero expulsar este grillete y arrojarlo a la basura ante sus ojos, ¡para que lo entienda al fin! El dolor es insoportable. Primera sacudida. No ocurre nada. Segunda, aún nada. La tercera, más violenta, se transforma en una catarata de cuchillazos. Escucho su voz a lo lejos que me implora: «Deja eso… ¡Deja eso!» Un bulldozer arrasa con todo en mis pulmones.

Ciertas personas creen que cuando llega la hora de morir vemos una luz blanca cegadora y muy intensa. Sin embargo, yo no veo más que sombras. Sombras gigantes hasta donde alcanza mi vista y también veo una tormenta de copos negros. Una nieve negra que recubre progresivamente mis manos, luego mis brazos separados. Parece que nacen rosas rojas, hasta tal punto que la sangre perfora el suelo polvoriento. Luego las rosas se borran, y mi cuerpo entero desaparece también. Estoy a la vez relajado y nervioso, como si me preparara para un largo viaje en avión.

Un último ramillete de chispas nace bajo mis párpados: Miss Acacia bailando en equilibrio sobre sus pequeños tacones de aguja, mi querida doctora Madeleine inclinada hacia mí, dándole cuerda al reloj de mi corazón, Arthur vociferando su
swing
a golpes de «Oh When the Saints», Miss Acacia bailando sobre sus agujas, Miss Acacia bailando sobre sus agujas, Miss Acacia bailando sobre sus agujas…

Los gritos llenos de espanto de Miss Acacia me sacan finalmente de ese estado segundo. Levanto la cabeza y la contemplo. Tengo dos agujas rotas entre mis manos. En su mirada, la tristeza y la cólera han dejado su lugar al miedo. Sus mejillas se ahuecan, sus cejas en acento circunflejo recortan su frente. Sus ojos, ayer repletos de amor, parecen dos calderas llenas de agujeros. Tengo la impresión de que me observa una hermosa muerta. Me invade un inmenso sentimiento de vergüenza, mi cólera hacia mí mismo sobrepasa la que siento por Joe.

Ella sale de su camerino. La puerta retumba como un disparo. En mi sombrero se estremece un pájaro que Méliès debe haberse olvidado de sacar. Tengo frío, cada vez más frío. He aquí la noche más fría del mundo. Así me tejieran el corazón con atizadores de hielo, me sentiría más tranquilo.

Pasa por delante de mí sin volverse, y desaparece en la oscuridad con un aire de cometa triste. Escucho un ruido de focos y juramentos en español. Mi cerebro le pide una sonrisa a mis recuerdos, pero el mensaje debe de haberse perdido por el camino.

Unos cuantos metros por encima del escenario, un rayo destripa el cielo. Florecen los paraguas como flores de una primavera fúnebre; empiezo a cansarme de este estado moribundo.

Sostengo mi reloj en la palma de la mano izquierda. Hay sangre en los engranajes. Mi cabeza da vueltas, ya no sé mover las piernas. Doblo mis rodillas como un esquiador debutante en su intento por avanzar.

El pájaro cantor tose con cada uno de mis espasmos; a mi alrededor veo pedacitos de su madera rota por todas partes. Me invade un sueño pesado. Me evaporo en la bruma pensando en Jack el Destripador. ¿Terminaré como él, incapaz de lograr nada más que historias de amor con mujeres muertas?

Lo he vivido todo por Miss Acacia, mis sueños, la realidad, nada ha funcionado. ¡Hubiera deseado tanto que lo nuestro funcionara! Sin embargo, me creía capaz de todo por ella, de pulverizar copos de luna para cubrir de brillo sus párpados, de no dormir nunca más hasta los trinos de los pájaros que bostezan a las cinco de la mañana, de atravesar la Tierra para reunirme con ella al otro lado del mundo… ¿Y cuál ha sido el resultado?

Un relámpago atraviesa en eslalon los árboles para terminar su trayecto en la playa silenciosa. El mar se ilumina por un instante. ¿Tal vez Miss Acacia tiene aún algo que decirme?

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