Khasar sintió una punzada de celos. Jamukha había llegado cuatro días antes, trayendo pañuelos de lana como regalo y varios patos que había cazado en el camino, y apenas si se había separado de Temujin desde entonces. Cazaban juntos, montaban guardia juntos cuando le correspondía el turno a Temujin y dormían bajo la misma piel. Temujin había admitido que él y el Jajirat habían hecho un juramento de "anda" ese invierno. Con una amistad que había florecido tan rápidamente y con ese vínculo sagrado, a nadie sorprendía que pasaran tanto tiempo juntos.
Temujin siempre había estado más cerca de Khasar que de sus otros hermanos, tal vez porque apenas si se llevaban dos años, pero estaba más distante durante la visita de Jamukha. Cuando Khasar pretendía compartir sus momentos, se sentía excluido, como si los otros olvidaran que él estaba allí.
Pensó en la noche anterior, cuando había despertado para oír que Jamukha le susurraba algo a su hermano. Había habido risas ahogadas, seguidas de un suspiro profundo y extraño que lo había alarmado, y después, el silencio.
Khasar no le había preguntado nada a Temujin sobre eso. Si lo hiciera, tal vez Temujin le preguntara a su vez por las cosas que hacía durante la noche, y él nunca había podido mentirle a su hermano mayor. Se le encendieron las mejillas al recordar cómo se tocaba, cómo había descubierto el intenso placer que él mismo podía proporcionarse con la mano.
Era probable que Temujin lo hubiese adivinado. Tal vez Jamukha y su hermano estuvieran riéndose de él. Le dirían que no era mejor que hacerlo con las ovejas. Un hombre debía guardarse para las mujeres y usar su semilla para engendrar hijos. Si seguía con eso, perdería las fuerzas y más tarde sería incapaz de hacerlo con su esposa; a juzgar por los sonidos que había escuchado en la cama de sus padres mucho tiempo atrás, esos actos requerían mucho esfuerzo. Tal vez Temujin y Jamukha se hubiesen reído de lo que él hacía.
Su hermano no podía saberlo. Aunque lo supiera, era posible que él mismo se burlara de Khasar, pero nunca permitiría que otro, ni siquiera su "anda", se riera de su hermano. Khasar tenía de qué avergonzarse, y no estaba bien que se resintiese con Jamukha.
Los dos muchachos se dirigieron a los caballos de Jamukha y se sentaron de espaldas a Khasar. Tal vez podría acercarse sigilosamente y coger por sorpresa a su hermano. Temujin se enfadaría por su propia falta de atención, por no saber qué ocurría a su alrededor, pero no se enojaría con Khasar. Temujin era así. Siempre que se descuidaba, lo cual no ocurría demasiado a menudo, parecía más enfadado consigo mismo que con los demás, a diferencia de Bekter, que de inmediato culpaba a los otros por sus propios errores.
Khasar estaba a punto de acercarse a cuatro patas cuando Temujin giró la cabeza.
—Khasar —dijo—, ya puedes salir. Jamukha se marchará pronto.
Su hermano había sabido todo el tiempo que él estaba allí. Khasar suspiró, se puso de pie y fue hacia ellos. Los ojos negros de Jamukha se entrecerraron cuando lo miró, y después una sonrisa iluminó su bello rostro.
—Ni siquiera te vi —dijo Jamukha—. Pero no conseguiste engañar a tu hermano.
—Casi nada lo consigue.
—Lo sé.
Jamukha y Temujin intercambiaron una intensa mirada; Khasar volvió a sentirse excluido.
—Mira —dijo Temujin extendiendo su mano mientras Khasar se sentaba—. Jamukha me ha dado esto.
Khasar miró la punta de flecha que su hermano le mostraba: dos pedazos de cuerno unidas, con un agujero en el medio.
—Una flecha silbadora —dijo, tocándola y admirando el trabajo.
—El propio Jamukha la hizo —dijo Temujin.
Permanecieron en silencio. Finalmente, Khasar dijo:
—Deberíamos ir a vigilar los caballos; es nuestro turno. —Bekter ya estaría impaciente, pensó.
—No quiero que te vayas —dijo Temujin dirigiéndose a Jamukha cuando todos se pusieron de pie.
—Me gustaría poder quedarme —dijo su amigo y lo abrazó. Regresaré en otoño, cuando mi pueblo se traslade otra vez al sur.
Otra vez al sur. Adiós, mi "anda".
—Buen viaje, Jamukha —dijo Temujin.
Jamukha fue hacia sus caballos, montó y agitó una mano al emprender la marcha. Temujin se quedó mirándolo con expresión solemne.
—Quieres mucho a Jamukha —murmuró Khasar.
—Por supuesto… es mi "anda".
—Parece más cerca de ti que cualquier otra persona.
Temujin puso una mano sobre el hombro de Khasar, lo miró a los ojos y dijo:
—¿Qué ocurre? Te gusta, ¿no es cierto? Él te tiene en gran estima. Tú eres mi hermano.
—Él es tu "anda". Algunos dirían que es más que un hermano.
—Sólo es diferente. —Temujin lo condujo hacia los árboles—. Cuando me pidió que hiciéramos el juramento, supe que sería un verdadero amigo. No tiene nada que ganar uniéndose a un descastado. Yo soy el que gana, ya que algún día será jefe de su clan.
—¿Ese es el único motivo por el que te convertiste en su "anda"?
—No. Habría hecho el mismo juramento aunque él también fuera un descastado. —Se rio—. Sin embargo, no está mal que vaya a ser un jefe Jajirat.
Caminaron hasta llegar al claro donde estaban los caballos. Belgutei se encontraba con su hermano; bajó el arco mientras Bekter se ponía de pie.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —preguntó Bekter, molesto.
—Los llevaremos a pastar a la llanura —dijo Temujin—, y tampoco tendrás que abrevarlos. Además, te prometí que cumpliría tu turno esta noche. Saliste ganando con nuestro trato.
—Lástima que tu amigo tuviera que marcharse tan pronto —dijo Bekter—. Aunque mientras estuvo aquí no te dejó un momento solo.
Temujin no respondió. Khasar miró con desagrado a Bekter, pues sabía que intentaría provocar otra pelea ahora que Jamukha no estaba para ponerse de parte de Temujin.
—Pobre Temujin —dijo Bekter con una mueca burlona—. Tal vez nunca vuelvas a verlo.
—Cállate —dijo Temujin.
—Él volverá —dijo Khasar—. Hablas así porque no tienes ningún amigo… porque nadie quiere ser amigo tuyo.
—No necesito esa clase de amigos.
—No te preocupes —dijo Khasar apretando los dientes—. Nunca tendrás uno.
Bekter se paró delante de ellos. Belgutei se puso a su lado mientras observaba cautelosamente a su hermano.
—Has sido descuidado, Temujin— masculló Bekter—. Sé lo que ocurrió cuando creíais que todos dormíamos. Hoelun-eke debe de tener el sueño más pesado, pues de lo contrario se habría enterado. Se enfadaría si supiera lo que hiciste.
Temujin estaba lívido.
—No digas ni una palabra más, Bekter.
—No es raro que te guste tanto —dijo Bekter—. Vi que los dos os movíais debajo de la piel. ¿Le permitiste que te tocara? Tal vez hizo algo más.
Temuiin se lanzó sobre Bekter. El pie de éste le alcanzó con fuerza en la ingle. Temujin cayó de bruces; Bekter volvió a patearlo.
Khasar se lanzó sobre Belgutei y lo golpeó en el pecho, después se desprendió de sus armas y arrojó a su medio hermano al suelo. La sangre latía con fuerza en sus oídos. Pensó que, como Bekter, tal vez Belgutei conociera también sus actos secretos. Apretó la rodilla contra el pecho del muchacho, deseando que fuera Bekter para poder dejarlo sin aire. Sus manos rodeaban el cuello de Belgutei cuando algo duro lo golpeó en un lado de la cabeza.
Yacía boca abajo. Unas chispas brillantes bailaban dentro de sus ojos cerrados; oyó un gemido. Khasar abrió los ojos y vio a Temujin de rodillas, vomitando; después una bota lo pateó en el trasero. La tierra empezó a girar a su alrededor y el muchacho volvió a cerrar los ojos.
—Eso les enseñará —dijo Bekter.
—Khasar no se mueve —dijo la voz de Belgutei—. No deberías haberlo golpeado con esa piedra.
—Se recobrará.
—Pero ¿y si realmente está herido?
Khasar oyó el ruido de una bofetada.
—No te preocupes por él. Recoge ese pájaro que cazó.
Khasar permaneció inmóvil hasta que los otros dos se marcharon, después abrió los ojos. Temujin se limpió la boca y gateó hasta donde estaba su hermano.
—Khasar.
—Estoy bien.
Khasar se puso boca arriba; la tierra volvía a girar. Tragó con dificultad y se sentó, después se palpó la cabeza. Todavía tenía puesto el gorro, y aparentemente eso le había servido de protección.
Temujin hizo una mueca de disgusto, mientras se ponía en cuclillas.
—Esto tiene que acabar —dijo.
—Hablaremos con madre —dijo Khasar—. Cuando sepa lo que hicieron esta vez…
La mano de Temujin se cerró sobre la muñeca de Khasar.
—No se lo diremos.
—No podemos dejarlo pasar —respondió Khasar, que se sentía más despejado—. ¿Qué quiso decir Bekter sobre Jamukha y tú?
—Es una mentira. —Temujin le apretó el brazo con más fuerza—. No vuelvas a hablar de ello.
Khasar lamentaba haberlo mencionado. Pensó en su propio secreto, y juró en silencio que nunca volvería a tocarse.
—Te prometo —dijo Temujin—que Bekter no nos volverá a hacer algo así.—Se puso de pie con esfuerzo y ayudó a Khasar a hacer lo propio. Ahora apacentaremos los caballos.
Por la mañana Khasar y Temujin volvieron al bosque con los caballos. Sus dos hermanos menores los esperaban en el claro.
—Bekter cazó un pájaro ayer —dijo Khachigun mientras Temujin llevaba los caballos al improvisado corral—. Nosotros comimos el último pato, y madre no le dio nada. Dijo que el pájaro sería suficiente comida para él.
—Era mío —dijo Khasar—. Yo lo cacé.
Temuge se puso en cuclillas cerca de los caballos, sosteniendo el pequeño arco que había usado Khasar de pequeño. El niño de cinco años ya tenía una expresión dura y cautelosa.
—Odio a Bekter —masculló Temuge.
—Yo también —dijo Khasar.
Siguió a Temujin al "yurt", preguntándose qué haría ahora su hermano. Cuando entraron vieron que su madre y Sochigil estaban solas con Temulun. Hoelun los saludó, después les sirvió unos trozos de pato y caldo de corteza.
—¿Dónde están los hijos de Sochigil-eke? —preguntó Khasar, deseando que estuvieran lejos de la tienda.
—Fueron al río a pescar con la red.
—Entonces creo que iré a cazar.
—Tal vez tengamos más suerte pescando —dijo Temujin—. El Onon debe de estar lleno de peces en esta época.
Khasar miró a su hermano sin comprender.
—Podéis hacer lo que queráis —dijo Hoelun—, siempre y cuando traigáis comida.
Khasar se mordió los labios. Recoger bayas y plantas no era tarea de hombres, y pescar no era mucho mejor. Haría esas cosas para sobrevivir, pero las despreciaba.
Sochigil salió del "yurt". Khasar se quitó el gorro y bebió su infusión de corteza. Su madre extendió la mano y le acarició la mejilla. Él la miró con sorpresa, pues Hoelun ya no los acariciaba tanto como antes ni les cantaba. Los bellos ojos de Hoelun eran amables mientras le alisaba el pelo a Khasar; sus dedos tocaron el chichón encima de la oreja. Khasar hizo un gesto de dolor.
—Te has lastimado —dijo Hoelun.
—Se cayó —explicó Temujin rápidamente.
—Ten más cuidado.
Hoelun dio unas palmadas en el hombro de Temujin, después alzó a Temulun y la sentó sobre su cadera mientras recogía su canasta.
—No quiero ir a pescar —dijo Khasar una vez que su madre hubo salido.
—Hoy pescaremos —dijo Temujin—. Da menos trabajo que cazar.
—No quiero estar cerca de Bekter y Belgutei.
Temujin terminó de comer y se puso de pie. Sus ojos tenían una expresión distante, como si estuviera pensando en otra cosa.
—Te dije que Bekter no volvería a molestarnos. Busca tu anzuelo, Khasar… veremos qué podemos pescar.
Los hijos de Sochigil estaban en la orilla; varios pescados destripados se secaban sobre unas rocas, cerca de ellos. Belgutei estaba limpiando otro mientras Bekter revisaba la red hecha con pelo de caballo; el muchacho más grande levantó la vista cuando se acercaron Temujin y Khasar.
—Necesitamos carnada —dijo Temujin.
—Llévate lo que quieras —replicó Belgutei.
Bekter frunció el entrecejo y dirigió a su hermano una mirada de furia.
—Con la red no necesitamos carnada —agregó Belgutei.
Khasar recogió unas vísceras de pescado, después siguió a Temujin río arriba. Para poner los peces habían llevado uno de los cubos de su madre, hecho con corteza y sellado con arcilla.
Khasar se sentó, puso carnada en el anzuelo y arrojó la línea al río.
—Bekter se enfadó con Belgutei porque nos dio carnada. No sé por qué vinimos. Madre se ocupará de que tengamos una parte de lo que ellos pesquen, y no hay motivo para estar pescando mucho rato en el mismo lugar.
Temujin se encogió de hombros. La luz del sol danzaba sobre la corriente de agua. Ellos atraparían más peces con la red, pero a Khasar no le importaba pescar con anzuelo. Del otro modo él o Temujin habrían tenido que vadear el río para sostener la red del otro lado y después volver a vadear para recoger la pesca, y el Onon era más profundo durante la primavera. Khasar odiaba estar en el agua; empaparse si
Lo has hecho bien —dijo Temujin.
—Es enorme. Bekter no pescó ninguno tan grande.
Khasar miró río abajo. Los otros dos muchachos los observaban; aún no habían vuelto a echar la red al agua. Bekter se puso de pie, hizo un gesto a Belgutei y empezó a caminar hacia ellos.
—Creo que tendremos problemas —añadió Khasar.
—Ignóralos.
Khasar estaba poniendo otra vez carnada en el anzuelo cuando una sombra cayó sobre él.
—Veo que habéis pescado algo —dijo Bekter.
—Uno solo, hasta ahora.
—Ese pez nos pertenece.
Khasar lanzó su línea.
—Tú no lo pescaste.
—La carnada era nuestra, y lo habríamos atrapado con la red si vosotros no hubierais venido aquí.
Khasar se incorporó lentamente. Temujin colgó los pulgares de su cinturón.
—Atraparéis bastantes con la red —dijo el muchacho—. Nuestros anzuelos no os robarán tantos.
—Pero yo quiero éste. ¿Qué haréis… iréis a contárselo a vuestra madre?
Khasar no soportó más. Se lanzó sobre Bekter. Un puño lo golpeó justo sobre la oreja dolorida, otro le dio en el abdomen. Se dobló, mareado.
—Deja que se queden con el pez —dijo Belgutei.
—Tú cierra la boca. Así —le espetó Bekter a su hermano—aprenderán a darme todo lo que quiero.