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Authors: Dante Alighieri

Tags: #clásicos

La divina comedia

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Dante Alighieri (1265-1321), padre de la lengua italiana, invirtió doce años de su vida en escribir la Divina Comedia. Dos hechos biográficos -la muerte de su amada Beatriz y el exilio de su ciudad, Florencia- le sumieron en un estado de incertidumbre y desilusión que sólo logró superar a través de una poesía universalizante que dejó a las generaciones venideras una obra plena de belleza e inmortalidad, base de la literatura alegórica medieval. En la Divina Comedia Dante pretende decir "lo que nunca ha sido dicho de mujer alguna": la exaltación del triunfo celestial de la amada, la expresión de un amor que transciende las dimensiones físicas de este mundo y se convierte en pura espiritualidad. El resultado final es un fantástico viajes hacia la redención que abarca todo el argumento existencial, desde la creación del hombre hasta su destino final, la divinidad.

Dante Alighieri

La divina comedia

ePUB v2.0

Johan
07.05.11

Infierno

CANTO I

A mitad del camino de la vida,

en una selva oscura me encontraba

porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era

esta salvaje selva, áspera y fuerte

que me vuelve el temor al pensamiento!

Es tan amarga casi cual la muerte;

mas por tratar del bien que allí encontré,

de otras cosas diré que me ocurrieron.

Yo no sé repetir cómo entré en ella

pues tan dormido me hallaba en el punto

que abandoné la senda verdadera.

Mas cuando hube llegado al pie de un monte,

allí donde aquel valle terminaba

que el corazón habíame aterrado,

hacia lo alto miré, y vi que su cima

ya vestían los rayos del planeta

que lleva recto por cualquier camino.

Entonces se calmó aquel miedo un poco,

que en el lago del alma había entrado

la noche que pasé con tanta angustia.

Y como quien con aliento anhelante,

ya salido del piélago a la orilla,

se vuelve y mira al agua peligrosa,

tal mi ánimo, huyendo todavía,

se volvió por mirar de nuevo el sitio

que a los que viven traspasar no deja.

Repuesto un poco el cuerpo fatigado,

seguí el camino por la yerma loma,

siempre afirmando el pie de más abajo.

Y vi, casi al principio de la cuesta,

una onza ligera y muy veloz,

que de una piel con pintas se cubría;

y de delante no se me apartaba,

mas de tal modo me cortaba el paso,

que muchas veces quise dar la vuelta.

Entonces comenzaba un nuevo día,

y el sol se alzaba al par que las estrellas

que junto a él el gran amor divino

sus bellezas movió por vez primera;

así es que no auguraba nada malo

de aquella fiera de la piel manchada

la hora del día y la dulce estación;

mas no tal que terror no produjese

la imagen de un león que luego vi.

Me pareció que contra mí venía,

con la cabeza erguida y hambre fiera,

y hasta temerle parecia el aire.

Y una loba que todo el apetito

parecía cargar en su flaqueza,

que ha hecho vivir a muchos en desgracia.

Tantos pesares ésta me produjo,

con el pavor que verla me causaba

que perdí la esperanza de la cumbre.

Y como aquel que alegre se hace rico

y llega luego un tiempo en que se arruina,

y en todo pensamiento sufre y llora:

tal la bestia me hacía sin dar tregua,

pues, viniendo hacia mí muy lentamente,

me empujaba hacia allí donde el sol calla.

Mientras que yo bajaba por la cuesta,

se me mostró delante de los ojos

alguien que, en su silencio, creí mudo.

Cuando vi a aquel en ese gran desierto

«Apiádate de mi —yo le grité—,

seas quien seas, sombra a hombre vivo.»

Me dijo: «Hombre no soy, mas hombre fui,

y a mis padres dio cuna Lombardía

pues Mantua fue la patria de los dos.

Nací sub julio César, aunque tarde,

y viví en Roma bajo el buen Augusto:

tiempos de falsos dioses mentirosos.

Poeta fui, y canté de aquel justo

hijo de Anquises que vino de Troya,

cuando Ilión la soberbia fue abrasada.

¿Por qué retornas a tan grande pena,

y no subes al monte deleitoso

que es principio y razón de toda dicha?»

«¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente

de quien mana tal río de elocuencia?

—respondí yo con frente avergonzada—.

Oh luz y honor de todos los poetas,

válgame el gran amor y el gran trabajo

que me han hecho estudiar tu gran volumen.

Eres tú mi modelo y mi maestro;

el único eres tú de quien tomé

el bello estilo que me ha dado honra.

Mira la bestia por la cual me he vuelto:

sabio famoso, de ella ponme a salvo,

pues hace que me tiemblen pulso y venas.»

«Es menester que sigas otra ruta

—me repuso después que vio mi llanto—,

si quieres irte del lugar salvaje;

pues esta bestia, que gritar te hace,

no deja a nadie andar por su camino,

mas tanto se lo impide que los mata;

y es su instinto tan cruel y tan malvado,

que nunca sacia su ansia codiciosa

y después de comer más hambre aún tiene.

Con muchos animales se amanceba,

y serán muchos más hasta que venga

el Lebrel que la hará morir con duelo.

Éste no comerá tierra ni peltre,

sino virtud, amor, sabiduría,

y su cuna estará entre Fieltro y Fieltro.

Ha de salvar a aquella humilde Italia

por quien murió Camila, la doncella,

Turno, Euríalo y Niso con heridas.

Éste la arrojará de pueblo en pueblo,

hasta que dé con ella en el abismo,

del que la hizo salir el Envidioso.

Por lo que, por tu bien, pienso y decido

que vengas tras de mí, y seré tu guía,

y he de llevarte por lugar eterno,

donde oirás el aullar desesperado,

verás, dolientes, las antiguas sombras,

gritando todas la segunda muerte;

y podrás ver a aquellas que contenta

el fuego, pues confían en llegar

a bienaventuras cualquier día;

y si ascender deseas junto a éstas,

más digna que la mía allí hay un alma:

te dejaré con ella cuando marche;

que aquel Emperador que arriba reina,

puesto que yo a sus leyes fui rebelde,

no quiere que por mí a su reino subas.

En toda parte impera y allí rige;

allí está su ciudad y su alto trono.

¡Cuán feliz es quien él allí destina!»

Yo contesté: «Poeta, te requiero

por aquel Dios que tú no conociste,

para huir de éste o de otro mal más grande,

que me lleves allí donde me has dicho,

y pueda ver la puerta de San Pedro

y aquellos infelices de que me hablas.»

Entonces se echó a andar, y yo tras él.

CANTO II

El día se marchaba, el aire oscuro

a los seres que habitan en la tierra

quitaba sus fatigas; y yo sólo

me disponía a sostener la guerra,

contra el camino y contra el sufrimiento

que sin errar evocará mi mente.

¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme!

¡Memoria que escribiste lo que vi,

aquí se advertirá tu gran nobleza!

Yo comencé: «Poeta que me guías,

mira si mi virtud es suficiente

antes de comenzar tan ardua empresa.

Tú nos contaste que el padre de Silvio,

sin estar aún corrupto, al inmortal

reino llegó, y lo hizo en cuerpo y alma.

Pero si el adversario del pecado

le hizo el favor, pensando el gran efecto

que de aquello saldría, el qué y el cuál,

no le parece indigno al hombre sabio;

pues fue de la alma Roma y de su imperio

escogido por padre en el Empíreo.

La cual y el cual, a decir la verdad,

como el lugar sagrado fue elegida,

que habita el sucesor del mayor Pedro.

En el viaje por el cual le alabas

escuchó cosas que fueron motivo

de su triunfo y del manto de los papas.

Alli fue luego el Vaso de Elección,

para llevar conforto a aquella fe

que de la salvación es el principio.

Mas yo, ¿por qué he de ir? ¿quién me lo otorga?

Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas:

y ni yo ni los otros me creen digno.

Pues temo, si me entrego a ese viaje,

que ese camino sea una locura;

eres sabio; ya entiendes lo que callo.»

Y cual quien ya no quiere lo que quiso

cambiando el parecer por otro nuevo,

y deja a un lado aquello que ha empezado,

así hice yo en aquella cuesta oscura:

porque, al pensarlo, abandoné la empresa

que tan aprisa había comenzado.

«Si he comprendido bien lo que me has dicho

—respondió del magnánimo la sombra

la cobardía te ha atacado el alma;

la cual estorba al hombre muchas veces,

y de empresas honradas le desvía,

cual reses que ven cosas en la sombra.

A fin de que te libres de este miedo,

te diré por qué vine y qué entendí

desde el punto en que lástima te tuve.

Me hallaba entre las almas suspendidas

y me llamó una dama santa y bella,

de forma que a sus órdenes me puse.

Brillaban sus pupilas más que estrellas;

y a hablarme comenzó, clara y suave,

angélica voz, en este modo:

"Alma cortés de Mantua, de la cual

aún en el mundo dura la memoria,

y ha de durar a lo largo del tiempo:

mi amigo, pero no de la ventura,

tal obstáculo encuentra en su camino

por la montaña, que asustado vuelve:

y temo que se encuentre tan perdido

que tarde me haya dispuesto al socorro,

según lo que escuché de él en el cielo.

Ve pues, y con palabras elocuentes,

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