Read Caza letal Online

Authors: Jude Watson

Caza letal (5 page)

BOOK: Caza letal
11.56Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

—Nunca ha estado mejor —le garantizó Qui-Gon.

Astri había colocado velas decoradas en las dos largas mesas que había juntado para la cena, intentando iluminar la cafetería. Había puesto manteles grandes de color rosa, y la vajilla y las copas estaban relucientes. Pero no había podido ocultar el aspecto general desastroso del sitio. Las paredes estaban roñosas por los años de humo y suciedad acumulados, y el suelo estaba salpicado de las marcas de miles de botas y peleas.

—No me dio tiempo a pintar dentro —dijo Astri al ver la mirada de Obi-Wan—. Y tampoco a derribar el local y reconstruirlo —dijo con una mueca cómica.

—Seguro que todo sale bien —dijo Qui-Gon—. Sólo hemos venido a hablar con Didi un momento. ¿Está aquí?

—Está en la parte de atrás. Le dije que se quitara de mi vista —Astri sonrió—. Creo que lo he asustado. De hecho, me ha hecho caso —de repente, ladeó la cabeza y miró por la ventana—. ¡Estrellas y planetas, son ellos! —Astri soltó un aullido sorprendentemente agudo—. ¡Renzii! ¡Han llegado los clientes! ¡Renzii!

Seguía gritando cuando la puerta se abrió.

Una mujer alta que llevaba un vestido gris de brilloseda bajo una túnica de color morado oscuro se quedó indecisa en la entrada. Su reluciente cabellera rubia estaba anudada con unos lazos de seda.

—¿Es éste el Café de Didi?

Astri se apresuró a limpiarse las manos en el mugriento delantal y le tendió una a la mujer. Se había frotado con una mancha de mora que tenía en la prenda, así que la mano se le había quedado azul. La mujer la miró y no se la aceptó. Astri escondió rápidamente la mano en la espalda.

—Sí, sí, pasen. Sean bienvenidos. Soy Astri Oddo, la propietaria y la jefe de cocina.

Qui-Gon y Obi-Wan se hicieron a un lado. El grupo con el que había venido la mujer entró tras ella. Miraron la cafetería con expresiones de sorpresa. Era evidente que pensaban que iban a comer en un sitio más elegante. Procedían de varios planetas, pero todos tenían un aspecto próspero. Los hombres llevaban chaquetas y túnicas de calidad, y las mujeres iban ataviadas con conjuntos de brilloseda. Una mujer de aspecto aristocrático llevaba un turbante con piedras preciosas. Sus ojos azul claro expresaron su sorpresa al contemplar el lugar, y se apresuró a recogerse la túnica.

—Debe de haber un error —dijo Jenna Zan Arbor.

En ese momento, Renzii salió corriendo de la cocina y se detuvo abruptamente frente al grupo, abotonándose la túnica.

—Bienvenidos, pasen, por aquí, por favor —balbuceó.

—Creo que será mejor que dejemos a Astri con sus invitados —murmuró Qui-Gon a Obi-Wan—. Ahora no está para otra cosa.

Se dirigieron hacia el despacho de Didi y empujaron la puerta. Didi estaba sentado en una silla de espaldas a la entrada. No se giró.

—¿Didi? ¿Estás bien? —preguntó Qui-Gon.

Lentamente, la silla giró hasta ponerse frente a ellos. Los oscuros ojos de Didi estaban llenos de lágrimas.

—Me temo que es culpa mía —dijo.

—¿Qué es culpa tuya, Didi? —preguntó Qui-Gon con suavidad.

—Fligh —dijo—. Lo han matado.

Capítulo 8

Obi-Wan se había enfrentado antes a la muerte, pero nunca se acostumbraba. El espacio que podía ocupar un alma, la energía de una mirada y, de repente..., nada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Qui-Gon.

—No lo sé —dijo Didi, secándose la cara con una servilleta—. La policía de Coruscant ha contactado conmigo. Saben que Fligh era mi amigo. Lo encontraron en uno de los callejones del Senado. Está tirado como si fuera un animal en la Avenida de Todos los Mundos —el sudor resbalaba por el rostro de Didi—. ¿Creéis que esto tiene algo que ver conmigo? —preguntó. Su expresión denotaba el miedo que le daba oír la respuesta.

—Me temo que sí —dijo Qui-Gon sombrío—. Tenemos que hablar con la policía. Vamos, Didi.

—¿Yo? —gimoteó Didi—. ¿Por qué tengo que ir yo?

—Porque creo que no debes separarte de nosotros de momento —dijo Qui-Gon—. Aquí no estás seguro.

—¡Claro que sí! —protestó Didi—. Astri va a cerrar la puerta principal para que no entre más gente. Y esta cena de gala durará horas. Nadie intentará atacarme con toda esta gente tan distinguida aquí. Además —añadió en voz baja—, estoy demasiado asustado y triste para ir a ningún sitio. No podría ver el cadáver de mi amigo. Lo siento.

Qui-Gon miró a su padawan. Obi-Wan esperaba que su Maestro no le hiciera quedarse con Didi mientras él iba a investigar la muerte de Fligh. No quería quedarse a cuidar de Didi habiendo trabajo que hacer.

—De acuerdo —dijo Qui-Gon reacio—. No tardaremos. Asegúrate de cerrar bien puertas y ventanas, Didi. Esa cazarrecompensas puede colarse por cualquier parte.

Didi asintió vigorosamente.

—Ya lo he hecho, pero volveré a comprobarlo.

—Volveremos pronto —dijo Qui-Gon—. Llamaremos a la puerta de atrás. No quiero estropear la gran velada de Astri.

—Qué considerado por tu parte, Qui-Gon —dijo Didi—. Nadie quiere aguarle la fiesta a Astri. Esperaré aquí. ¿Podéis... podéis ocuparos de Fligh? —a Didi se le llenaron los ojos de lágrimas—. Decidle a la policía que yo pagaré el funeral. Lo pagaré todo.

Qui-Gon le puso una mano en el hombro.

—No es culpa tuya, amigo mío.

—Oigo lo que dices —susurró Didi—, pero no lo comparto.

Qui-Gon comprobó las puertas y ventanas desde el exterior antes de partir. Pensaba que a Astri se le olvidaría que tenía que cerrar la puerta. Pero todo estaba sólidamente cerrado.

Estaba muy oscuro cuando Qui-Gon y Obi-Wan llegaron a la Avenida de Todos los Mundos. No había luna, y el brillo de las farolas proyectaba sombras irregulares.

Los policías de Coruscant, con sus uniformes azul oscuro, rodeaban el cadáver de Fligh, que estaba cubierto por una lona.

—¿Puedo mirar? —preguntó Qui-Gon al oficial al cargo. En su placa se leía: "Capitán Yur T'aug". Era un fornido bothan de larga barba y melena oscura y reluciente que le caía por los hombros.

El capitán frunció el ceño, pero todos los oficiales de las fuerzas de seguridad sabían que las peticiones de los Jedi debían ser admitidas.

—De acuerdo —dijo el capitán Yur T'aug—, pero no es agradable de ver.

—Quédate aquí, padawan —dijo Qui-Gon a Obi-Wan, que obedeció de buena gana. No quería ver el cadáver de Fligh. Quería recordarlo vivo.

Contempló a Qui-Gon, que, de espaldas a él, se agachaba para levantar una esquina de la lona. Aunque su Maestro no se estremeció ni se inmutó, Obi-Wan supo que aquella visión le había afligido. Hubo algo en la quietud que su Maestro mantuvo durante unos segundos y en la forma en la que volvió a depositar la lona con sumo cuidado.

Obi-Wan se dio la vuelta con un escalofrío. Alrededor del cadáver, los policías realizaban los procedimientos habituales: etiquetar cosas, inspeccionar la zona con linternas, introducir información en sus datapad y hablar entre ellos. La identidad de aquel cadáver tumbado en el frío suelo era irrelevante. Fligh había dejado de existir. Lo único que importaba ahora era cómo había muerto.

Obi-Wan contempló el firmamento. Las estrellas brillaban tan intensamente que parecían diamantes. Algunas veces, Obi-Wan sentía que ya había visto demasiada muerte y crueldad. ¿Cómo se sentiría Qui-Gon, que había visto mucha más que él? Enfrentarse a ese tipo de cosas estaba dentro de las labores de los Jedi. Ayudar. Ayudar era fácil comparado con aquello.

¿Me acostumbraré a la muerte alguna vez?
, se preguntó Obi-Wan.

Obi-Wan vio un resplandor entre las sombras y se acercó. Era una piedra verde brillante. Se agachó para observarla y se dio cuenta de que era el ojo artificial de Fligh. Se le debía de haber caído. Se lo señaló a Qui-Gon, que asintió.

Qui-Gon se lo mostró al capitán Yur T'aug.

—Pertenecía a la víctima —dijo.

El capitán se agachó para examinarlo.

—¡Sargento! —exclamó—. Etiquete este objeto.

Otro oficial se acercó con una bolsa de muestras y recogió cuidadosamente el ojo con unas pinzas.

—¿Cuál ha sido la causa de la muerte? —preguntó Qui-Gon en voz baja.

—Barajamos la hipótesis del estrangulamiento —dijo rápidamente el capitán Yur T'aug.

—He visto las marcas —dijo Qui-Gon—. Parecen de algún tipo de cuerda, no de manos.

El capitán asintió.

—¿Y esa inusual... palidez? —preguntó Qui-Gon.

—El cuerpo fue desangrado —dijo el capitán Yur T'aug—. Lo mataron en otra parte y después lo trajeron hasta aquí.

Obi-Wan volvió a mirar la lona y se estremeció de nuevo.

Qui-Gon habló con calma.

—¿Algún sospechoso?

El capitán suspiró, tamborileando impaciente con los dedos en su intercomunicador.

—Debería estar investigando, no informándoles a ustedes. Lean el informe cuando lo acabe.

Qui-Gon no mostró su impaciencia, pero Obi-Wan pudo percibirla.

—No tengo tiempo de leer su informe —dijo con un tono tan cortante como el hielo.

El capitán Yur T'aug dudó un momento y habló.

—Todavía no tenemos sospechosos. Nadie vio nada. Pero sabemos quién es este Fligh. Es un informador muy conocido y un ladrón de poca monta. Seguro que tenía cientos de enemigos. Por no mencionar que le debe dinero a toda la ciudad. He oído que tiene una deuda cuantiosa con los Tecnosaqueadores.

Qui-Gon contempló al oficial un instante.

—Hay algo más —dijo.

—No es el primer cadáver desangrado que nos encontramos —dijo indeciso el capitán Yur T'aug—. Descarriados, vagabundos... gente a la que nadie echaría de menos. En el último año hemos hallado media docena. Y quizás haya más que no hemos encontrado. ¿Quién sabe? Coruscant puede ser un lugar muy duro. Mucha gente viene aquí a ganarse la vida como puede.

—En ese caso, no creo que el asesino de Fligh fuera uno de sus acreedores —dijo Qui-Gon.

El capitán Yur T'aug se encogió de hombros.

—O puede que el asesino haya plagiado el método para despistarnos. Nuestro trabajo consiste en averiguarlo.

—Quizá quieran comprobar los datos de cierta cazarrecompensas —dijo Qui-Gon—. Es una sorrusiana que podría tener razones para asesinar a Fligh. Se aloja en el Hostal Aterrizajes Suaves.

—Claro —dijo el capitán Yur T'aug—. Gracias por la información —su falta de interés era evidente.

—Buena suerte —dijo Qui-Gon—. Ha de saber que Didi Oddo correrá con los gastos del funeral. Fligh no carecía de amigos. Hay gente que le echará de menos.

Qui-Gon se dirigió hacia Obi-Wan, y ambos dejaron atrás a los policías mientras se adentraban en la avenida principal que rodeaba al Senado.

—¿Estás bien, padawan? —le preguntó Qui-Gon.

—Fligh no era amigo mío —dijo Obi-Wan—. Apenas pasé unos minutos con él. Había algo agradable en él, aunque no puedo decir que me cayera bien. Y casi me siento tan mal como Didi.

—A mí me pasa lo mismo —dijo Qui-Gon.

Caminaron un rato en silencio.

—¿Llegas a acostumbrarte a la muerte? —preguntó Obi-Wan.

—No —dijo Qui-Gon—. Y así es como debe ser.

—¿Por qué crees que mataron a Fligh? —preguntó Obi-Wan—. ¿Crees que, como Didi, sabía algo importante y no se daba cuenta?

—Puede —dijo Qui-Gon—. Y recuerda que Fligh nos dijo que intentaría ayudar a Didi. Me pregunto si llegó a intentarlo siquiera. Seguro que no le hubiera sido difícil averiguar el paradero de la cazarrecompensas.

—¿Crees que pasó eso? —preguntó Obi-Wan.

—Vamos a pasar por el hostal de vuelta a la cafetería —sugirió Qui-Gon—. Tenemos que tener otra charla con la cazarrecompensas.

Caminaron deprisa por las calles hasta que llegaron al Hostal Aterrizajes Suaves. Esta vez la puerta estaba ligeramente abierta, así que pudieron entrar sin llamar a la encargada. Subieron rápidamente las escaleras hasta el tercer piso. Qui-Gon llamó a la puerta y ésta se abrió. La habitación estaba vacía.

—Se ha ido —la togoriana estaba detrás de ellos con un cubo y una vibrofregona en las manos—. Ya no se aloja aquí. Tengo que limpiar. Largo de aquí.

Bajaron por las escaleras.

—Esto no me gusta —murmuró Qui-Gon—. Volvamos a la cafetería.

Apretaron el paso y echaron a correr. La cafetería no estaba muy lejos.

Doblaron la esquina. Frente a ellos estaba el café. No había luz en el interior y la puerta estaba completamente cerrada.

—Hemos llegado tarde —dijo Qui-Gon.

Capítulo 9

Desenfundaron los sables láser y entraron en la cafetería. Comprobaron a simple vista que estaba desierta. Los platos a medio terminar estaban en las mesas. Qui-Gon se apresuró a entrar en la cocina. Había cacharros tirados por el suelo y con el contenido vertido, las bolsas de harina y cereales estaban derramadas por la encimera y la puerta de la cámara frigorífica estaba abierta.

Corrieron al despacho de Didi. Los papeles y los archivos estaban tirados por el suelo, y los cubos de duracero habían sido derribados y pateados. Todo lo que había estado en las estanterías yacía ahora en el suelo.

—Subamos —dijo Qui-Gon.

El Maestro Jedi subió al piso superior con Obi-Wan detrás. Entraron en el dormitorio de Didi.

En los momentos de peligro, los sentidos de Qui-Gon ralentizaban el tiempo. Percibió todo lo que había en la habitación en lo que parecieron ser segundos, pero no fue más que un pestañeo. Astri estaba en el suelo, inconsciente o muerta; Didi, de pie y envuelto en el látigo de la cazarrecompensas con una mirada aterrorizada y una herida en la frente; y la cazarrecompensas se daba la vuelta y se detenía un instante al verles. Su mirada carente de expresión no demostró ni sorpresa ni miedo.

El tiempo reanudó su marcha. Qui-Gon se anticipó al movimiento de la cazarrecompensas, que se llevó la mano a la cintura en busca de la pistola láser. El Jedi se abalanzó para contraatacar, pero no supo adivinar que ella iba a apuntar a Astri y no a él. Sus reflejos Jedi eran tan rápidos que pudo dar la vuelta, lanzando un barrido circular con el sable láser. Perdió ligeramente el equilibrio, pero consiguió rechazar el disparo.

Astri se estremeció. Qui-Gon sintió una oleada de alivio. Seguía viva.

Un ataque perfecto que mezclaba el engaño con la velocidad y la estrategia. Qui-Gon fintó a la izquierda y se abalanzó hacia la cazarrecompensas. Ella no respondió a la estocada, sino que disparó y dio un gran salto hacia la izquierda para esquivarle. Su sable láser atravesó el espacio que ella ocupaba un instante antes.

BOOK: Caza letal
11.56Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Persuaded by Jenni James
DarykRogue by Denise A. Agnew
Time's Legacy by Barbara Erskine
Bureau Under Siege by A K Michaels
Too Near the Fire by Lindsay McKenna
Puppet on a Chain by Alistair MacLean
Swords Over Fireshore by Pati Nagle