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Authors: Nathan Long

Tags: #Aventuras,Fantástico,Infantil y Juvenil

Mataorcos (3 page)

BOOK: Mataorcos
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Al aproximarse al dique, un diminuto barco de vapor de los enanos, poco más que un chinchorro con caldera, se les acercó y los condujo hasta un amarradero desocupado. En los muelles estallaron aclamaciones cuando la tripulación lanzó las amarras y extendió la plancha lateral. Casi un centenar de individuos se hallaban allí para darles la bienvenida al capitán Doucette y su tripulación cuando bajaran del barco. La mayoría eran enanos, pero también había un buen número de humanos.

El capitán de puerto, un enano gordo que iba vestido con jubón y calzones acuchillados, avanzó pesadamente entre el alboroto general de felicitaciones y saludos.

—Bienvenido, capitán, sed dos veces bienvenido. Sois el primer barco que atraca aquí en tres semanas, desde que los malditos orcos establecieron el bloqueo. Una gran hazaña, señor.

Doucette se volvió a mirar a Gotrek.

—Fue este enano el responsable de la hazaña, señor. Hizo estallar el crucero auxiliar él solo.

—En ese caso, estamos en deuda contigo, Matador —declaró el capitán de puerto al mismo tiempo que hacía una profunda reverencia. A continuación, sin más preámbulos, sacó el libro mayor y volvió al trabajo—. Veamos, señor, ¿qué cargamento traéis? —Se lamió los labios con ansiedad.

—Llevo canela y otras especias de Ind —declaró Doucette con tono imponente—, y aceite de palmera, decoradas alfombras de Arabia y gorritas de puntillas para las damas. Muy bonitas, ¿sí?

La sonrisa del capitán de puerto se desvaneció, y muchos entre la multitud guardaron silencio.

—¿Especias? ¿Lo único que traéis son especias?

—Y alfombras y gorras.

—Especias —gruñó el capitán de puerto—. ¿De qué sirven las especias cuando uno no tiene carne? No puede hacerse una comida sólo con pimienta y sal.

—Monsieur, yo…

—¿Los orcos han estado bloqueando el puerto durante tres semanas? —interrumpió Gotrek—. ¿Qué os pasa? ¿Por qué no los habéis hecho estallar en pedazos?

Antes de que el capitán de puerto pudiera responder, habló un marinero enano que llevaba el pelo y la barba recogidos en trenzas embreadas.

—Los malditos pieles verdes de Grungni tuvieron suerte y hundieron uno de nuestros acorazados, y el otro está transportando enanos hacia la guerra del norte.

—Es verdad —confirmó el capitán de puerto—. Como tantos se han marchado a ayudar al Imperio, apenas tenemos enanos y barcos suficientes para impedir que los orcos entren en el puerto, y no podemos ni pensar en expulsarlos de aquí. También infestan la entrada del lado de tierra firme. Estamos asediados por tierra y mar.

Gotrek y Félix se miraron el uno al otro.

—¿La guerra? —preguntó Gotrek—. ¿Qué guerra?

—¿No sabéis que hay guerra? —preguntó el capitán de puerto—. ¿Dónde habéis estado?

—En Ind y Arabia, perdiendo el tiempo.

—¿Decís que esa guerra tiene lugar en el Imperio? —preguntó Félix.

—Sí —replicó el marinero—. Las hordas del Caos han vuelto a avanzar hacia el sur: la locura habitual. Algún elegido y sus colegas que intentan hacerse con el mundo. Muchas fortalezas han enviado enanos para ayudar a rechazarlos. Nuestros barcos transportan a muchos de ellos.

—El Caos —dijo Gotrek, cuyo único ojo brillaba—. Ése sí que es un reto.

—Sería mejor que dejáramos para los hombres los problemas de los hombres —comentó el capitán de puerto, con amargura—. Los orcos han aprovechado la marcha de los clanes y están poniéndose en pie de guerra por todas las Tierras Yermas. Muchas fortalezas pequeñas y poblaciones humanas han sido pasadas por la espada y el fuego. Incluso se ha perdido Karak-Hirn. Las otras fortalezas se han encerrado hasta que vuelvan a contar con todos sus efectivos.

—Pero ¿cómo va la guerra? —preguntó Félix—. ¿El Imperio resiste aún? ¿Han llegado hasta… Nuln?

El capitán de puerto se encogió de hombros.

—¿Quién puede decirlo? Las caravanas terrestres dejaron de llegar hace más de un mes, y los barcos que atracaron antes de que los orcos situaran las balsas ante la bocana de puerto contaron historias diferentes. Uno dijo que Middenheim había caído, y otro afirmó que Altdorf estaba en llamas. El siguiente aseguró que habían hecho retroceder a las hordas hasta los Desiertos del Caos, y que en ningún momento habían llegado más allá de Praag. Por lo que sabemos, podría haber acabado ya. ¡Que Grimnir haga que así sea! Hay que acabar con esos orcos, o moriremos de hambre.

Gotrek y Félix se volvieron a mirar al capitán Doucette.

—Sacadnos de aquí —dijo Gotrek—. Debemos llegar al norte.

—Sí —convino Félix—. Tenemos que llegar a Nuln. Tengo que ver si aún existe.

Doucette parpadeó.

—Pero…, pero, amigos míos, eso es imposible. Debemos hacer reparaciones, ¿no? Y debo embarcar agua, provisiones y cargamento. Necesitaré al menos una semana. —Hizo un gesto hacia la entrada del puerto, bañada por el resplandor anaranjado del sol poniente—. ¿Y qué hay de los pieles verdes? ¿Vamos a salir del mismo modo que entramos? Podría no ser tan fácil, ¿eh?

—Al diablo con vuestras excusas —dijo Gotrek—. Hay una muerte que me espera. ¡Vámonos!

Doucette se encogió de hombros.

—Amigo mío, no puedo; no antes de una semana. Es imposible.

Gotrek lo miró con ferocidad, y Félix temió que fuese a pillar al capitán por el pescuezo para arrastrarlo de vuelta al barco; pero, al final, el Matador maldijo y dio media vuelta.

—¿Dónde está Makaisson cuando uno lo necesita? —gruñó el enano.

—Disculpadme, capitán —dijo Félix—, ¿podéis decirme dónde podemos encontrar alojamiento durante una semana?

El capitán de puerto lanzó una carcajada.

—Que tengáis suerte. La ciudad está llena a reventar de refugiados de todas las fortalezas y poblaciones humanas de las Tierras Yermas. No hay camas que podáis alquilar a ningún precio, ni tampoco queda mucha comida, pero tenéis canela con la que alimentaros, así que os las apañaréis bien.

Gotrek apretó los puños cuando la multitud se puso a reír. Por una vez, el humor de Félix era el mismo. Quería darle un puñetazo en la nariz a todo aquel que tuviera a su alcance. La situación lo enfurecía. Tenía que llegar al norte. Tenía que averiguar qué le había sucedido a su familia, su padre, su hermano Otto. No quería permanecer en un puerto remoto mientras su hogar, su país, era arrasado por bárbaros sedientos de sangre. Había visto lo que las hordas habían hecho en el territorio de Kislev. Que lo mismo pudiera estar sucediendo en el Imperio, en Reikland y Averland, mientras él se encontraba lejos e incapacitado para impedirlo, era casi más de lo que podía soportar.

—Vamos, humano —dijo Gotrek al fin, mientras giraba hacia la ciudad y cogía el hacha—. Vayamos a desocupar algunas camas.

Capítulo 2

La predicción del capitán de puerto resultó ser cierta. Gotrek y Félix visitaron trece tabernas, y ninguna tenía una cama disponible. La mayoría también había alquilado los establos y heniles a los desesperados refugiados. Otras habían sido confiscadas para usarlas como barracas y hospitales para los enanos y hombres que defendían la población desde el puerto, y desde las murallas del fuerte que protegía la entrada terrestre de la ciudad portuaria de los enanos. Incluso los prostíbulos del barrio humano estaban aceptando huéspedes y obligaban a las muchachas a ejercer su oficio en salones y gabinetes de la planta baja.

Las calles subterráneas de Barak-Varr, iluminadas con faroles, estaban abarrotadas de enanos y hombres de todo tipo: comerciantes, marineros, mercaderes, macilentos campesinos con la familia a remolque y las pertenencias a la espalda, coléricos hombres de armas que hablaban de recuperar sus castillos o vengarse de los orcos, niños perdidos que lloraban por su madre, enfermos, mutilados y agonizantes que gemían, olvidados por todos en callejones y rincones oscuros.

Los residentes permanentes de Barak-Varr, tanto enanos como humanos, que tres semanas antes habían recibido a los refugiados con los brazos abiertos, entonces les lanzaban miradas feroces a la espalda, ya que su paciencia estaba a punto de agotarse. Las reservas de comida y cerveza mermaban rápidamente, y con el bloqueo de los orcos había pocas posibilidades de que llegaran suministros a corto plazo. En cada calle por la que pasaban, Félix oía discusiones y quejas en voz alta.

—Al llegar a la taberna número catorce,
El Arcón
, Gotrek se rindió y pidió una cerveza.

—Si bebo lo suficiente, no me importará dónde duerma —dijo al mismo tiempo que se encogía de hombros.

Félix no era tan fácil de conformar respecto al alojamiento, pero también necesitaba un trago. Había sido un día largo. Lograron encajarse en torno a una mesa circular rodeada por un grupo de enanos y hombres vestidos con el uniforme de la guardia de la ciudad, y permanecieron durante largo rato con la vista fija en las espumosas jarras de cerveza que la camarera les puso delante. Las gotas de condensación corrían por las jarras, y el embriagador aroma del lúpulo ascendía desde ellas como un recuerdo de verano.

Gotrek se lamió los labios, pero no cogió la jarra.

—Auténtica cerveza de enanos —dijo.

Félix asintió con la cabeza. También él estaba hipnotizado por la visión de oro líquido que tenía delante.

—No ese maldito vino de palmera que bebimos en Ind.

—No las lavazas bretonianas que servían en el Reine Celeste de Doucette —añadió Gotrek, que bufó con desprecio—. Cerveza humana.

—Ni el agua azucarada que servían en Arabia —añadió Félix con sentimiento.

Gotrek escupió al suelo una gorda bola de flema a causa del asco.

—Esa porquería era veneno.

Al final, no pudieron resistir por más tiempo. Cogieron las jarras y las vaciaron con largos y ansiosos tragos. Gotrek fue el primero en acabar; dejó la jarra con un pesado golpe y se echó atrás, con los ojos vidriosos, mientras se lamía la espuma del bigote. Félix acabó un momento más tarde, y también se echó atrás. Cerró los ojos.

—Es agradable estar de vuelta —dijo, al fin.

Gotrek asintió con la cabeza y le hizo un gesto a la camarera para que les llevara otra ronda.

—Sí —convino.

* * *

Tras beber la segunda y la tercera en silencio, el rostro de Gotrek comenzó a ensombrecerse y su único ojo quedó fijo en el vacío. Félix conocía las señales, así que no se sorprendió cuando, momentos después, Gotrek gruñó y habló.

—¿Durante cuántos años hemos estado fuera?

Félix se encogió de hombros.

—No recuerdo. Demasiados, en todo caso.

—Y aún estamos vivos.

Gotrek se limpió la espuma de los labios y, distraído, trazó círculos sobre la superficie de la mesa, deslucida por el tiempo.

—He dejado atrás las mejores oportunidades de hallar la muerte, humano. He matado trolls, vampiros, gigantes, dragones, demonios, y cada uno de ellos debía ser mi muerte. Si ésos no pudieron matarme, ¿qué ser lo conseguirá? ¿Voy a tener que pasar los siguientes trescientos años matando skavens y goblins? Un Matador debe morir para realizarse. —Alzó el hacha en alto, sujetándola por el extremo del mango de modo que la hoja afilada como una navaja destellara—. El hacha debe caer.

—Gotrek… —dijo Félix, inquieto.

Gotrek contempló con ojos vacuos la destellante hoja, y luego la dejó caer.

»¡Gotrek! —chilló Félix.

Gotrek detuvo la hoja del arma a un pelo de su nariz, y después la dejó a su lado como si no hubiese hecho nada indebido.

—Imagina a un Matador que muriera de viejo. Patético. —Suspiró, y bebió otro largo trago.

El corazón de Félix latía con fuerza a causa de la impresión. Tenía ganas de chillarle al enano que era un estúpido, pero tras los años pasados junto a él, sabía que cualquier protesta sólo haría que Gotrek se pusiera testarudo e hiciera algo aún más estúpido.

—Debemos ir al norte —continuó Gotrek, pasado un momento—. Aquel demonio fue la bestia que más cerca estuvo de matarme. Quiero probar otra vez…

—Disculpa, Matador —dijo una voz detrás de ellos—. ¿Eres Gotrek, hijo de Gurni?

Gotrek y Félix se volvieron al mismo tiempo que movían las manos hacia las armas. Dos enanos jóvenes, ataviados con jubones y botas sucios del polvo del camino, se encontraban de pie a respetuosa distancia.

Gotrek los miró a los ojos.

—¿Quién quiere saberlo?

El que se hallaba más cerca, cuyo cabello color arena estaba recogido en un moño aplastado, inclinó la cabeza.

—Soy Thorgig Helmgard, hijo del noble Kirhaz Helmgard, del clan Diamantista de Karak-Hirn, para serviros a ti y a tu clan. Éste es mi amigo y hermano de clan, Kagrin Montañaprofunda.

El segundo enano, un joven de cara redonda que lucía una barba aún más corta que la de Thorgig, inclinó la cabeza, pero no dijo nada. Mantenía los ojos fijos en el suelo.

—Nosotros… reconocimos tu hacha cuando la alzaste —continuó Thorgig—, aunque sólo conocíamos su descripción.

Gotrek frunció el ceño al oír el nombre de la fortaleza.

—¿Y ésa es excusa suficiente para interrumpir a un enano que está bebiendo, barbanueva?

Félix miró a Gotrek. Se mostraba insólitamente brusco, incluso para él.

Thorgig enrojeció un poco, pero se controló.

—Perdóname, maese Matador. Sólo quería preguntarte si habías acudido a Barak-Varr para ayudar a tu viejo amigo, mi señor, el príncipe Hamnir Ranulfsson, a recobrar Karak-Hirn, que fue tomada por los pieles verdes hace menos de tres semanas. Está organizando un ejército entre los refugiados.

—¿Viejo amigo, dices? —replicó Gotrek—. No ayudaría a Hamnir ni a acabar un barrilete de cerveza. Si ha perdido la fortaleza de su padre, no es más que lo que yo habría esperado. —Se volvió hacia la jarra—. Largaos.

Thorgig apretó los puños.

—Rozas el insulto, Matador.

—¿Sólo lo rozo? —preguntó Gotrek—. En ese caso, me he quedado corto. Hamnir Ranulfsson es un perro perjuro que no sirve ni para dar forma a la hojalata o cavar en el estiércol.

Félix se apartó ligeramente.

—En pie, Matador —dijo Thorgig con voz temblorosa—. No golpearé a un enano que está sentado.

—Así pues, me quedaré sentado. No quiero tener que cargar con tu muerte sobre mi conciencia.

Thorgig tenía la cara tan roja y jaspeada como la capa de Félix.

—¿No te pondrás de pie? ¿Eres cobarde, además de mentiroso?

Las manos de Gotrek se inmovilizaron en torno a la jarra, y por un momento, los músculos de sus enormes brazos se contrajeron, pero luego se relajaron.

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